Alan, el hijo de Stan Jones

El australiano Alan Jones fue campeón del Mundo en 1980. Este duro e íntegro piloto esconde una de las más bellas historias de la Fórmula 1

SANTIAGO DE GARNICAVALLADOLID
El Williams FW 07 B que permitió a Alan Jones demostar su valía. / El Norte/
El Williams FW 07 B que permitió a Alan Jones demostar su valía. / El Norte

En el Gran Premio de Australia de 1959 cruzaba la meta en primera posición un piloto llamado Stan Jones. Sus buenas formas en la pista llamaron la atención de Ferrari y BRM, hasta el punto de que ambos equipos le propusieron irse a Europa con ellos. Jones pensó en su familia, en su granja, en el negocio familiar un garaje y venta de coches, y decidió quedarse. La vida familiar se complicó, llegó el divorcio y Stan se fue de casa con su hijo Alan.

Los negocios marchaban bien, Stan participaba en competiciones y su hijo se paseaba en vacaciones por la elegante zona de Surfers Paradise con tan solo 16 años en un precioso MG y participaba con un Mini 1000 en sus primeras carreras. Poco después, su padre le prestó su propio Cooper para correr en plan más serio. Alan ganaba pruebas y la vida le sonreía.

De pronto, el sueño se desvanece. Stan, el padre, no es un buen gestor. Los gastos del divorcio, los coches que se acumulan en el garaje sin vender, un crédito al que no puede hacer frente... y llega la ruina. Ya no hay dinero, ni granja, ni vacaciones, ni coches para correr.

Stan no quiere que su hijo sufra esta situación y le manda con 20 años a Inglaterra con apenas unas monedas en el bolsillo. Alan ya no es el niño malcriado, ha cambiado. Su personalidad ha absorbido el choque entre la riqueza y la necesidad. Quiere la revancha, y hacer realidad el sueño de su padre. ¿Habría sido campeón del mundo, como su compatriota Jack Brabham, si hubiera aceptado la invitación de Ferrari o BRM?

Alan trabaja duro a fin de lograr el dinero necesario para subirse a un coche de carreras. Monta una empresa de camping cars que alquila a sus compatriotas de turismo por el Reino Unido. Al tiempo, su mujer, antigua empleada de la peluquería a la que iba su madre, gestiona una pensión, también para turistas australianos.

Pero el dinero no es suficiente para abrir las puertas de los equipos y eso le producirá un sentimiento que nunca olvidará y que años después le llevará a tomarse la revancha sobre más de un mánager de equipo que llama a su puerta.

Stan sufre una hemiplejía y queda paralizado. Muere en Londres en 1973 y sobre su ataúd, repatriado a Australia, va una corona, la que ha ganado su hijo Alan en una carrera de Fórmula 3 pocos días antes.

En 1975, Alan se sube a un Hesketh de F1 con el que debuta en aquel trágico Gran Premio de España en Montjuich. Ese mismo año, se sube a un Lola. Coches poco competitivos y dos puntos a final de temporada. Al año siguiente, corre con Surtees. En ninguno de los tres equipos se ha entendido con sus responsables: no es fácil convivir con el duro Jones. En 1977 la muerte de Tom Pryce le abre las puertas de Shadow: es 7º del Mundial tras ganar el Gran Premio de Austria. Pero es un triunfo poco valorado pues la carrera se ha visto falseada por la lluvia y al australiano le siguen considerando un piloto útil, pero no puntero. En esa época, Frank Williams tampoco vive días brillantes, y está en el fondo de las parrillas sin una libra hasta el punto de que para pagar a los mecánicos vende sus objetos personales. Pero contacta con los petrodólares y firma un buen contrato con un grupo saudí. Ya tiene el dinero para que su ingeniero, Patrick Head, pueda hacer realidad sus dibujos en el papel, pero no lo bastante para fichar a pilotos punteros, tipo Lauda, y recurre al duro Alan Jones. En realidad, como tantos otros, no cree en ese rudo australiano, pero por el precio que le ha salido... En Long Beach, Jones sale 17º de la parrilla y a media carrera lucha por la cabeza. A final de temporada es undécimo, pero Frank ya confía en él. En 1979 gana cuatro grandes premios y en 1980, con cinco victorias, se proclama campeón del Mundo.

Un día de ese año triunfal recibe una carta en su casa: le ofrecen por 85.000 libras un antiguo Maserati 250 F de colección. El precio es muy caro, pero Alan no duda y lo compra. Era el antiguo coche de su padre.

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