Nacionalismo catalán o religión laica

Albert Boadella cree que la vía secesionista catalana incluye talibanes y fantasías sobre cómo sería un futuro fuera de España

A. G. ENCINASValladolid
Albert Boadella, antes de comenzar su conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid. / GABRIEL VILLAMIL/
Albert Boadella, antes de comenzar su conferencia en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid. / GABRIEL VILLAMIL

Murió Paco de Lucía. Un genio de la guitarra. De la guitarra andaluza, claro. Así al menos fue para los informativos de TV3. ¿Un error? ¿Un desliz? ¿O algo más sibilino? Pues si se escucha a Albert Boadella , catalán de nacimiento y rebelde oficial contra la causa nacionalista, se llega a la conclusión de que es un símbolo más de que algo no funciona como debería.

Así de claro lo tiene Boadella, fundador de Els Joglars, que califica el nacionalismo catalán como «una religión laica» y, como tal, «peligrosa». Pero todo lleva un proceso, y como tal proceso tiene un principio que Boadella sitúa en la transición. Más concretamente, en el momento en el que se decide traspasar a las autonomías las competencias en Educación. «Los nacionalistas tuvieron las armas para adoctrinar y han conseguido que haya dos generaciones de catalanes que odien todo lo español».

Ese odio que Boadella asegura haber padecido en sus propias carnes hasta que en el 2006 decidió no volver a estrenar una obra en Cataluña, ni conceder una entrevista a ningún medio de comunicación catalán, es nuevo. Según él, se han creado problemas que nunca existieron.Como, por ejemplo, los lingüísticos. «Mi abuelo era de un pueblo de Huesca y mi abuela de una zona que se habla catalán pero que es aragonesa, al lado del Ebro. Durante 45 años que vivieron juntos uno habló catalán y otro en español, y solo se intercambiaban las lenguas cuando querian decir algo desagradable, porque les parecía que sonaba más fuerte en el idioma del otro. Y nosotros les hablábamos indistintamente, y en muchos otros hogares pasaba igual. No había un conflicto lingüístico. Esta sociedad funcionaba fantásticamente así», comentaba el dramaturgo catalán.

Por la educación, según el dramaturgo catalán, se llegó a la creación de «una religión laica». Y argumenta que cumple algunos requisitos indispensables para serlo. Por ejemplo. «Tenemos la fe en vez de la razón», asegura. «Los catalanes tienen una enorme fe en algo que no saben exactamente lo que es pero que creen que es muy importante. Nadie entra en Internet y ve qué pone que pasaría si una región de una nación de Europa se va, qué dice Europa sobre eso».

Luego también tiene fantasía. Tergiversando, según él, algunas circunstancias históricas. «Para una religión se necesita la fantasía. La guerra de los segadors nada tiene que ver con el nacionalismo. Si algo tiene que ver con Cataluña es que gracias a aquella guerra perdimos el Rosellón», explica por ejemplo.

La misma forma de actuar del Gobierno catalán tiene, a juicio de Boadella, un componente teocrático. «No al servicio de los ciudadanos, sino de los principios fundamentales del movimiento, la separación de Cataluña». Y como religión que es, alberga en su seno un grupúsculo de fanáticos que puede ser más o menos numeroso. «En toda religión aparece una colección de talibanes, incluso en el mundo de la prensa está el CAC Consejo Audiovisual de Cataluña, que se dedica a ver quiénes son los buenos y los malos periodistas. En el mundo del teatro, si te enfrentabas a ellos, se acababa la subvención. Talibanes hay a punta pala», asegura.

¿Qué ocurre con los disidentes? Pues Boadella lo narra desde su propia experiencia como rebelde a ese sentimiento nacionalista. «Son los infieles internos, gente que cada día más empieza a ser minoría, que se ha intentado enfrentar a esta idea totalitaria y ha sufrido la marginación, la muerte civil», explica. Y se presenta ante el auditorio del Paraninfo: «Aquí tienen a un muerto civil catalán».

La religión nacionalista promete, además, un fin con recompensa, la de «un futuro excelso». Y Boadella se pone sarcástico.«Esa Cataluña fantástica, fuera de España, a la que la UE le abrirá los brazos enseguida será la nación económicamente más importante de Europa... ¡Y se lo creen!».

Paradójicamente, ese podría ser el fin del nacionalismo, siguiendo la línea argumental de Boadella. «El día que desapareciera esta paranoia, ¿qué sucedería? Que vendría una depresión general. Porque toda la fuerza está en el revanchismo, en pasar cuentas. Cuando dejen de pasarlas, tendremos que enviar tráilers de prozac, de antidepresivos, porque la depresión va a ser brutal. Y después sucederá otra cosa, la pelea entre ellos. Por tanto, el futuro de la independencia es un futuro absolutamente negro».

Así de desolador es el panorama que escenificó Albert Boadella en el Paraninfo de la Universidad, dentro del Congreso Nación y nacionalismos organizado por la Delegación de Alumnos de Derecho. «Les parecerá que estoy exagerando. Me gustaría que así fuera».

¿No hay, por tanto, salidas? Pues ahí sí que el dramaturgo concede un pequeño respiro, un resquicio para quienes piensan que el nacionalismo excluyente nunca puede ser una buena fórmula. «Soy optimista y encontraremos soluciones, no las que nos parecen obvias en estos momentos, pero tengo la impresión de que sucederá algo. Y creo que la sociead civil responderá. En el sentido de que se organizarán partidos, movimientos ciudadanos con una idea constructiva de España».

Paco de Lucía tocaba, y de qué manera, la guitarra española. Igual que el inventor de la sardana, cuenta Boadella, «era un compositor de Figueras venido de Andalucía, Pepe Ventura». Aunque para algunos sea simplemente Pep.