Cristóbal Halffter: "La crisis económica que estamos viviendo se fundamenta en una crisis moral y ética"

El compositor y director de orquesta, afincado en Villafranca del Bierzo (León) ha sido galardonado con el premio Ical al Comprimiso Humano por la provincia de León

CÉSAR COMBARROS , ICALLEÓN
El compositor y director de orquesta Cristóbal Halffter en su estudio en Villafranca del Bierzo./ Fotos de Eduardo Margareto Ical/
El compositor y director de orquesta Cristóbal Halffter en su estudio en Villafranca del Bierzo./ Fotos de Eduardo Margareto Ical

En plena adolescencia, Cristóbal Halffter (Madrid, 1930) decidió que quería hacer de la música su vida: ¿Para qué voy a hacer otra cosa si esto me gusta y me divierte?, reflexionó entonces. Comenzaba así a concretarse un camino iniciado en su más tierna infancia de la mano de su madre, una apasionada del piano y el canto que le contagió un amor que desde hace casi medio siglo despliega hacia todo el mundo desde su residencia en el Castillo de la localidad leonesa de Villafranca del Bierzo, donde vive con su esposa, la pianista María Manuela Caro y Carvajal. Aquí nacieron mi mujer, mi suegro... Su familia lo ocupó desde su construcción, a comienzos del siglo XVI, aclara a la vez que reconoce que ahora les gustaría dejárselo preparado a sus hijos para el futuro. Este silencio ayuda a crear. El silencio hay que llenarlo, porque si no, dominaría la muerte, ¿no?, cuestiona el compositor, Premio Ical al Compromiso Humano por la provincia de León.

Los Premios Ical resaltan el Compromiso Humano de una serie de profesionales de esta tierra desde diferentes ámbitos. ¿En su opinión vivimos en una sociedad comprometida?

Parte de la sociedad sí, pero otra parte... Yo creo que vivimos en una sociedad muy egoísta, donde a cada uno le importa casi exclusivamente su patio. Creo que falta un compromiso serio con la evolución de la sociedad. Hay muchas personas e instituciones que trabajan en ello, pero no son suficientes.

¿Cómo puede ayudar la música a la sociedad?

La música sobre todo la música seria o culta, donde hay una cultura y una tradición detrás puede ayudar porque establece una comunicación sensible entre las personas. La literatura, por ejemplo, nos cuenta o nos malcuenta una historia, mientras que la música es pura sensibilidad acústica, de tiempo y de forma, y eso une mucho porque carece de las barreras del significado que tiene lenguaje. Un Do es un Do, pero no significa algo concreto; la combinación de las notas y del silencio produce una sensación de belleza y esa belleza crea comunicación y sensibilidad.

Antes del estreno de su última ópera, 'Partida de ajedrez' recordaba un par de libros sobre Gandhi que cayeron en sus manos durante su juventud, que le hicieron ser consciente de la importancia del respeto al prójimo y a sus derechos.

Yo tenía catorce años cuando los leí, y me conmovió aquel ser humano delgadito, tan poca cosa, que decidió hacer una huelga de hambre y fue capaz de deshacer el imperio inglés a través de la no violencia y de no aceptar ciertas cosas. Si todos actuásemos así en lo pequeño, las cosas podrían cambiar. Desde mi punto de vista, en este momento el Gobierno está haciendo las cosas no demasiado bien. Si tuviésemos una actitud no de ir allí a pegar bofetadas y gritos, sino de decir esto no lo admito y no participo, yo creo que reaccionaría.

Hace unos días Zubin Mehta aseguraba que los políticos que nos quitan la cultura son criminales. ¿Comparte la apreciación?

¿Es un poco exagerado, no? La palabra 'criminal' es un poco excesiva (sonríe). El problema en mi opinión es que la mayor parte de los políticos no tiene sensibilidad artística. Yo conozco a muchos que jamás han ido a un concierto y que no saben lo que es esa experiencia. Al político hay que exigirle que tenga una preparación de todo tipo, pero sobre todo humanística, respondiendo a la tradición cultural de Occidente.

Uno de los valores que se ha destacado siempre en su obra es su multidisciplinaridad, ya que intenta abarcar a través de la música todas las artes. ¿Esa opción está relacionada con su concepción de la cultura como un todo?

Sí, la cultura es un todo. La civilización occidental está basada en cuatro columnas: tres son la filosofía griega, el cristianismo y el derecho romano, y luego hay una cuarta sin la cual no se sustentaría bien el edificio: la evolución del pensamiento, de la ciencia, de las artes... que se produce siempre a la par, no de forma independiente. Si vamos al Barroco, al Romanticismo o a otro periodo, en la música del momento escuchamos lo que estamos viendo en una iglesia o leyendo en un poemario. Esa evolución, esa frontera que se va desplazando constantemente, es lo que caracteriza la cultura occidental, y no la podemos perder.

¿Actualmente está en riesgo?

Puede estar en riesgo por falta de conocimiento. Lo he dicho muchas veces y me discuten mucho, pero para mí la crisis económica que estamos viviendo se fundamenta, antes que nada, en una crisis moral y ética. Lo que estamos viendo a nuestro alrededor es moral y éticamente inaceptable. Siempre habrá gente corrupta o que malverse fondos, pero el bloque central tiene que estar firme, y ahí pertenece la cultura.

Hace una década vaticinaba usted que este milenio tendría que ser profundamente cultural y espiritual o simplemente no sería. ¿Cómo ve el momento en que nos encontramos?

Han pasado trece años del nuevo siglo y lo sigo manteniendo. Hay brotes en los que parece que va a haber una evolución cultural o espiritual. El Papa está revolucionando muchas cosas y hay todo un grupo de científicos que está protagonizando un avance muy grande, que no se olvida de introducir la belleza en la ciencia que están preparando, y eso es importantísimo. Luego están los medios de comunicación, que realmente hacen mucho daño.

¿En qué sentido?

El dicho de que no permitas que la verdad te estropee un buen titular sigue por desgracia en boga. Y luego están los periódicos gratuitos que viven de la publicidad y que son peligrosísimos. Gran parte de los medios de comunicación lo primero que buscan es dinero, y ésa es de antemano una premisa errónea.

Pero esa situación también se produce con la cultura, que en muchas ocasiones se intenta cuantificar o traducir en números y beneficios.

Ahora se habla la industria cultural y eso es un disparate. La industria está hecha para sacar beneficio a un objeto: zapatos, corbatas o lo que sea... mientras que la cultura no está hecha para sacar beneficio cuantificable. Cuando la industria deja de sacar beneficio de su producto, deja de ser industria, y cuando la cultura pretende sacar un beneficio, ya no es cultura. Intentar unir las dos cosas es algo catastrófico.

¿Somos en Castilla y León conscientes de nuestra gran riqueza cultural?

Yo creo que sí, pero luego no encontramos los medios para defenderla.

¿Qué se podría hacer al respecto?

Quizá lo que se hace en Italia: concienciar más a las personas, sobre todo en las pequeñas aldeas que tienen una ermita maravillosa, de que eso es un tesoro, lo mejor del mundo; y de que lo tienen que defender por encima de todo, y no permitir que se estropee, ni que lo cambien, ni que lo tiren.

Usted que tiene un espíritu profundamente paneuropeo, ¿qué traería a España de toda su experiencia vital?

Cultura... Las Matemáticas, el Latín, la propia Lengua, las Artes, la Música... Se habla porque se oye; el niño pequeño escucha y empieza a hablar por imitación. Lo que hay que cultivar es el oído, que el niño oiga belleza, porque eso a la larga le beneficiará.

Ahí juega un papel decisivo el sistema ducativo. ¿Cree que la música tiene suficiente protagonismo en la actualidad?

No, y además la música no está bien orientada. Hay profesores dignísimos que lo hacen muy bien, pero en la mayoría de los casos no se trabaja bien con ella. Lo primero que hay que hacer con los niños es tratarlos en serio. Los niños están todos locos y son bajitos, pero son una gente impresionante, que si se les sabe llevar hacen cosas increíbles. Lo primero es que aprendan a convivir con el silencio, y que si quieren romper ese silencio lo hagan con categoría. Después, aprender a escuchar. Si escuchan con cuatro o cinco años dos minutos de una sinfonía de Mozart, de una cantata de Bach, o de una sinfonía de Beethoven, llega un momento que captan todo lo que hay detrás. La música nos enseña a estar con nosotros mismos, profundizando; no hace falta estar todo el día así, pero sí es preciso tener consciencia de que son necesarios momentos de soledad.

¿Cree que con la situación actual de España y de Europa es momento de que se produzca una cierta catarsis? ¿Cómo podría ayudar la cultura a eso?

Yo creo que es posible que se produzca esa catarsis siempre que los medios de comunicación no nos abrumen. Es muy difícil porque no solamente es un problema español, sino que es un problema europeo. La desventaja española es que nosotros hemos ido con retraso, y ellos empiezan a estar de vuelta y nosotros todavía no hemos llegado. Por eso tardaremos todavía más.

¿Es optimista al respecto? ¿Cree que la situación puede cambiar?

Sí, soy un optimista compulsivo. Yo creo en el ser humano. Creo que el ser humano nace bueno, lo hacemos malo pero nace bueno. No he visto nunca a un niño con año y medio o dos años que sea malo. Será travieso, ¿pero malo? Somos nosotros, la sociedad, quienes le hacemos malo después, y eso tendríamos que corregirlo.

Ha llegado a decir que su gran ambición era escribir algún día una obra buena, y que cuando lo lograra dejaría de componer. ¿Cómo convive con esa insatisfacción permanente?

Yo creo que es lo que me hace andar. Me estimula. Ahora estoy empezando una nueva obra sinfónica y estoy preparando mi cuarta ópera, que se estrenará en la Ópera de Kiel. Siempre sientes que puedes hacer algo mejor. Cada autor conoce mejor que nadie su obra, y siempre piensas que algo se podría haber mejorado; y eso que sientes que podrías haber hecho mejor es siempre el punto de partida para tu siguiente trabajo.

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