Aizpurúa: «En música todo vale»

La OSCyL y el Coro de la UVA interpretan su 'Cantata' el viernes en el Miguel Delibes

VICTORIA M. NIÑOVALLADOLID
El músico Pedro Aizpurúa. / H. SASTRE/
El músico Pedro Aizpurúa. / H. SASTRE

Ese hombre que camina despacio, de la calle Angustias al Arzobispado y vuelta, sostiene un globo invisible en su mano. Pedro Aizpurúa (Andoain, 1924), que lleva más de medio siglo en Valladolid, es un compositor que lee su nombre con caracteres cirílicos o griegos en los carteles, un organista que ha dado conciertos por media Europa y un profesor y tratadista del canto. Aún hoy, cuando dice que su vida musical es ya memoria en el inconsciente, cuando décadas de escenarios, discos y estrenos viven condensados en el helio del citado globo como un anexo de su persona, sigue ejerciendo su magisterio. Aizpurúa enseña canto en varios monasterios de Castilla y León, en alguno de Corea del Sur y en breve vuelve a Grecia, a su visita anual.

Mañana sonará en el concierto de celebración de los 25 años de Las Edades del Hombre la 'Cantata' que le encargó José Velicia, una obra profana sobre el texto de José Jiménez Lozano. «Me inspiré en la palabra. Hice una obra para orquesta, coro y electroacústica que era moderna para el momento. Cuando callan orquesta y coro, se oye un sonido del que no sabemos la procedencia, solo por los altavoces, como del más allá. Estudié la música electroacústica, la transformación que vivió la composición en el siglo XX, seguí el trabajo de alemanes, franceses e italianos», explica el maestro de capilla de la Catedral de Valladolid.

Entre su correspondencia, una carta de su amigo Luis de Pablo que en 1967 desde Berlín resolvía sus dudas sobre el dodecafonismo. «Luego cuando estaba en Madrid, iba los fines de semana para que me explicara las nuevas corrientes. Él me inició en la música contemporánea. Pero en realidad la música siempre ha estado en constante cambio y transformación, desde el canto gregoriano hace 1.500 años hasta hoy. Entonces no había notación, sino transmisión oral entre los monjes. Luego una incipiente indicación, se tardó mucho en crear el lenguaje musical escrito». Y el organista que ha tocado en todas las catedrales de la comunidad ha dedicado su vida sobre todo a la música vocal, «la más antigua y especial».

Director de coros, en algún momento llevaba tres en la ciudad, maravilló a algún turista que pasaba por la Catedral. Guarda otra carta de 1973, en la que un profesor catalán le felicita, en términos que resultarían insólitos hoy, por el magnífico coro de la Seo. Aizpurúa, probablemente el mejor conocedor del archivo musical catedralicio, dedicó su discurso de entrada en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción de Valladolid a la 'Música y los músicos de la Catedral'. Corría 1988 y advertía que «los músicos de la Catedral murieron, ya no existen».

«No me inquietó estrenar»

Comparten sus estanterías libros de teología, filosofía, estética, música y diccionarios. Pocos discos, porque «nunca los escuché demasiado. Solo alguna vez para ver cómo hacían algunas obras otros intérpretes». También él ha dejado huella en vinilos y cds. Grabó un disco de órgano con el dulzainero Joaquín González que les llevó por escenarios desde la Fundación Juan March a varias iglesias, por el curioso maridaje de instrumentos. Otros han grabado su música. El pianista vallisoletano Diego Fernández Magdaleno compiló en 'Soledad sonora' cuatro obras de Aizpurúa para piano. La última, un 'Homenaje al silencio'.

Además del teclado, la voz del compositor citando a Thomas Mann y San Juan de la Cruz, como en otras ocasiones ha seleccionado textos sobre música de Jorge Guillén o San Agustín.

Acercarse al sonido desde la palabra, «apresar la música», dice, «es muy difícil porque a cada uno le puede sugerir cosas distintas, incluso a cada persona le provoca reacciones diferentes según el momento en que se escucha».

El silencio y los místicos son ejes musicales que comparte con Monsalvatge, de quien se interpretará la 'Sinfonía de réquiem', en la segunda parte del concierto en el Miguel Delibes. José Luis Temes, sobre el podio, tiene licencia del compositor para superponer voces y música a la cinta electroacústica grabada. «La música de los altavoces es cuando menos sugerente, inquietante», dice su creador, quien ha compuesto «sin importarme lo que pasara después con las obras. Nunca tuve la pretensión de que me tocaran, si me interpretaban bien y si no, también. Hice mis obras y no me preocupé de más, no soy hombre de ir pidiendo».

Ahora todo eso forma parte de una nebulosa, de un pasado «que nada influye en el presente. Sigo componiendo pero solo encargos que me hacen las monjas a las que enseño canto, me dan letras y escribo la música, o hago los arreglos que necesitan. Voy mucho a enseñar a las dominicas de La Aguilera, donde hay 200 monjas. Antes iba a China, a Corea, pasaba un mes entero fuera enseñando, pero ahora estoy más aquí». Mientras, le vienen las religiosas de Santorini a la cabeza. «¡Ah! El próximo día 25 vuelvo a Grecia», dice sin soltar el globo.

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