Las monjas de Santa Catalina ponen a la venta su edificio del centro de Valladolid

Las monjas de Santa Catalina ponen a la venta su edificio del centro de Valladolid

JAVIER BURRIEZAVALLADOLID
Sillería de nogal, con 49 sitiales, en el coro bajo del monasterio de Santa Catalina./ R. Gómez/
Sillería de nogal, con 49 sitiales, en el coro bajo del monasterio de Santa Catalina./ R. Gómez

Una de las calles más encantadoras de la ciudad es la de Santo Domingo de Guzmán. En ella se conserva el gusto por lo angosto, entre edificios históricos, mayoritariamente conventuales, acompañados de viviendas de estrecha fachada y escasa altura. En la misma se encuentra el monasterio de Santa Catalina de Siena, habitado hasta 2009 por las monjas dominicas, tras una fundación de cinco siglos, iniciada en 1488. Las religiosas fueron contemplando el deterioro de un edificio escasamente adaptado a las necesidades vitales actuales, por muy austeras que estas se planteasen. El diagnóstico se veía especialmente agudizado por la presencia de termitas que podían afectar a su estructura, sustentada por un esqueleto de madera. El conjunto monástico, amplísimo con una huerta histórica, está declarado Bien de Interés Cultural, gozando de las pertinentes protecciones. La Junta de Castilla y León intervino en las cubiertas de la zona de la iglesia, aunque la inversión no fue suficiente para atajar la totalidad de los problemas del conjunto.

Residencia provisional

Inicialmente, las monjas consideraron la posibilidad de construir en la huerta un edificio conventual adaptado a las necesidades de un grupo de mujeres que habrían de cumplir años. Ellas podrían continuar utilizando el templo. Para eso, era menester vender otra parte. El claustro renacentista podría presentarse como eje de un parador que aprovechase como reclamo un edificio de gran belleza y en pleno centro histórico de Valladolid. Así lo reflejó la prensa. Mientras, las monjas se establecieron provisionalmente en el monasterio de dominicas del Corpus Christi en el Prado de la Magdalena. Su patrimonio artístico, abultado y de gran calidad, fue depositado legalmente y confiado, en sus piezas más importantes, a los frailes dominicos de Valladolid, en su iglesia de San Pablo, donde han situado y expuesto en las distintas capillas estos bienes artísticos de gran interés: estamos hablando de esculturas de Juan de Juni y Gregorio Fernández o de lienzos de Diego Valentín Díaz. Asimismo, distintos bienes fueron depositados en otras casas de la orden, dentro y fuera de Valladolid, aunque en los límites de la comunidad autónoma, tal y como se establece con todos los bienes inventariados, en este caso de origen eclesiástico.

El tiempo ha pasado. Los edificios que no se habitan se van muriendo. Las monjas lo han cuidado como si se tratase de un enfermo postrado en una cama. Han reparado goteras, han envuelto el claustro con redes para evitar la entrada de palomas, han barrido sus suelos periódicamente. Con todo, la iglesia ya no ha vuelto abrir para la misa de una y cuarto. Nadie ha admirado el Crucificado que talló Juan de Juni y el lugar donde decían estaba enterrado, aunque en realidad la tumba del imaginero y de sus esposas e hijos se halla en otra parte del templo, oculta por el entarimado. En el coro ya no se han podido escuchar sus rezos, sentadas las monjas en una singular sillería a la que se accedía desde la clausura. Tampoco los clientes habituales de la repostería han llamado al torno de históricos azulejos, ni han solicitado aquellos pastelitos que por fuera parecían una cosa y por dentro otra, los llamados jesuitas.

Expectativa de destino

Cuando las monjas ya llevaban dos años en su casa provisional, llegaron las licencias oportunas de Patrimonio y el Ayuntamiento para construir ese pequeño monasterio en una parte de la huerta. Pero para poder culminar ellas ese objetivo es necesario un comprador que ya tarda mucho en llegar. Actualmente, como se dice en el ejército, las monjas se encuentran en expectativa de destino, para que su futura ubicación la confirme o decida Roma. «Las personas están por encima de los lugares, yo tengo que velar por que mis hermanas vivan dignamente», indica la madre priora. El edificio parece tener un destino menos esperanzador. Se ofrece ya la venta completa del conjunto, con las mencionadas licencias conseguidas. Ya no estamos en el tiempo de la piqueta bajo el cual padecieron numerosos edificios históricos de Valladolid. Existen leyes protectoras pero la actual situación económica, la falta de propuestas, pueden alargar el vacío de soluciones hasta circunstancias que hagan temer por la conservación del edificio. El olvido pueden ser termitas más peligrosas, incluso, que aquellas que atacaron las vigas que sujetaban el refectorio construido por el dinero de los entonces reyes de España del siglo XVII.

Existen muchas razones del por qué se debe conservar la integridad del monasterio de Santa Catalina. Es verdad que muchas de sus obras de arte necesitarían aquel contexto para ser leídas correctamente. No es menos cierto que es lastimoso entrar en la iglesia y contemplar las sombras de lo que antes se realizó para ser allí ubicado, en medio de bultos funerarios que rezan a la nada. Sin embargo, su claustro singular y de gran valor, los mencionados espacios litúrgicos, incluso la contemplación de un coro armonioso, junto con las capillas que rodean al claustro, el refectorio con la bella tribuna de azulejos desde la cual se leía hasta hace tres cuaresmas o la disposición del viejo dormitorio con celdas seculares, además de una amplísima huerta donde crece un moral de cuatrocientos años todos estos espacios únicos obligan a pensar a los que tienen capacidad de decisión qué se debe y puede hacer, qué es menester impulsar para el monasterio de Santa Catalina. En ello, sería deseable una implicación de todas las administraciones, además de la diócesis, junto con una Orden de Predicadores que no desea poner sal donde moraron durante siglos. Es cuestión de dignidad histórica y ciudadana y de evitar crear antecedentes para un camino incierto.

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