La ruina del inmueble obligará al traslado del Paraíso del Plástico y de Casa Juanito

El bazar se muda unos pasos, a San Felipe, en 15 días y la mercería seguirá en su local hasta recibir la orden urbanística

V. M. V.Valladolid
Inmueble del número 10 de Teresa Gil. / A. Quintero/
Inmueble del número 10 de Teresa Gil. / A. Quintero

Estefanía Sánchez estaba de alquiler y fue la última vecina en marcharse. Lo hizo hace cinco años, después de que los problemas sanitarios en las conducciones de agua se convirtieran en la gota que colmó el vaso. Ya sin inquilinos en las viviendas y con la pasividad de los propietarios, el número 10 de la calle Teresa Gil estaba condenado a la ruina. Al menos, eso es lo que buscaba la propiedad. Lo intentó en el año 2007 y el Ayuntamiento se lo denegó, instándoles a acometer mejoras para proteger y reforzar el inmueble. Hoy, cinco años después y sin que se hubiera hecho nada (más que vallar el inmueble para evitar desprendimientos), los propietarios han conseguido su propósito y el Ayuntamiento tiene ya «muy avanzado» el expediente de declaración de ruina, que se aprobará en las próximas semanas, tal y como confirmaron este lunes fuentes municipales.

Este paso obligará a trasladarse a los dos comercios dos históricos de la ciudad que ocupan los bajos del bloque desde hace varios decenios. Uno de ellos, el Paraíso del Plástico, ya ha anunciado que deja el local en el que ha permanecido durante más de 80 años. El próximo 2 de noviembre abrirá sus puertas a unos pasos, en el número 1 de la calle San Felipe, frente a la librería Oletvm. El segundo, Casa Juanito (otro clásico con más de 125 años de historia) no tiene previsto mudarse, de momento. Al menos, «hasta que haya notificación oficial y hablemos con los dueños», aunque ya están buscando por el centro un nuevo espacio, como explica, precisamente, Estefanía Sánchez; sí, la vecina que se fue hace cinco años de una vivienda del bloque y que es hija de los propietarios de Casa Juanito.

En fin, que la inminente ruina del bloque que hace esquinazo en Teresa Gil con Regalado conllevará el forzoso traslado de dos negocios con solera de la capital.

Y no son los únicos. La asociación de comercio Avadeco certifica que esta práctica la de los propietarios que dejan consumirse poco a poco sus propiedades para conseguir la declaración de ruina se produce en varios puntos de la ciudad. «Es 'mobbing (acoso) inmobiliario' aseguran con rotundidad ya que en muchos casos lo que se persigue es forzar al comercio inquilino a marcharse, por ejemplo, provocándole goteras». Hay zonas especialmente señaladas por esta práctica en «Caño Argales, Portugalete o Angustias», explican desde Avadeco, donde recuerdan que el caso de Teresa Gil, 10 es especial porque afecta a dos negocios históricos de la ciudad. El Paraíso del Plástico se muda a principios de noviembre. Casa Juanito, de momento (aunque todo hace pensar que no por mucho tiempo), continúa en un local en el que ofrece más de 18.000 referencias.

El Paraíso del Plástico

El negocio está a puntito de cumplir cien años, aunque claro, lo del plástico todavía tardaría un poco en llegar. Por aquel entonces, en 1915, la tienda se llamaba Droguería A. Frechilla. La A. correspondía a Abraham, el abuelo de José, actual propietario del negocio, y el establecimiento estaba en el número 13 de Cánovas del Castillo. Fue en los años 30 del siglo pasado cuando Abraham se trasladó al local actual, bajo el rótulo de Droguería Madrileña, ocupando lo que hasta ese momento había sido la sombrerería de la vecina Casa Juanito. Lo del cambio de nombre llegaría a principios del decenio de 1950, cuando el plástico comenzó a convertirse en material habitual de numerosos productos. «Mi padre (Miguel Frechilla, el reconocido pianista) comenzó a vender algunos de ellos, como cepillos, pulverizadores para la colonia y algún juguete por Navidad», recuerda José. La apuesta por los productos de plástico se convertiría en la seña de identidad de la casa, que todavía conserva los mostradores originales. Y sobre ellos, numerosos juguetes «para que los niños los vieran mientras la madre compraba el barreño», rememora José.

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