Peripecias de la Historia

Nieves Concostrina presenta 'Se armó la de San Quintín', una colección de sucesos, pifias y barrabasadas de los personajes más famosos

ALFREDO J. GÓMEZVALLADOLID

No importa que sean santos, políticos, escritores o reyes: algunos personajes no descansan ni después de muertos. La historia universal es sin duda el mejor anecdotario que existe. El devenir de la humanidad es un continuo filón de despropósitos, coincidencias, exageraciones, curiosidades y difamaciones. Nieves Concostrina pasea con mucho humor en un sorprendente viaje por algunos de los hechos más curiosos que han moldeado nuestra historia en 'Se armó la de San Quintín', su quinto libro que ayer presentó en la Librería Oletvm.

Nieves Concostrina agudiza su ingenio para regalar más de trescientas nuevas historias, tan menudas y divertidas como la primera vez. Una colección de sucesos, pifias y barrabasadas que ha rastreado siglo tras siglo y que no deja a nadie libre de alguna insólita peripecia: políticos, militares, reyes, artistas, obispos, inventores

«Cuento las peripecias y las mamarrachadas que le sigue pasando a la humanidad. El libro es una especie de continuación de 'Menudas historias'. La historia de la humanidad no se acaba nunca y hay tanto mamarracho suelto que merece la pena recordarlo», manifiesta la autora.

A lo largo de su trayectoria literaria, ha dejado claro que narrar las historias de los muertos es una de sus especialidades, como hizo en la serie 'Polvo eres'. «Los muertos también son historia. Siempre me ha llamado la atención que la biografía de un gran personaje terminara... y tal día murió. Hay gente a la que le sucede más cosas después de muerta que de viva, como a Evita que se pasó 25 años dando tumbos, de tumba en tumba».

Lo que busca Nieves Concostrina con cada uno de sus libros es deleitar con una miscelánea de aventuras asombrosas, gazapos funerarios y divorcios póstumos. «Sólo pretendo demostrar que la muerte (de otros) puede llegar a ser tan interesante, extravagante o divertida como la propia vida».

Y con un epitafio que se toma con sentido del humor. «Al final de la vida, que Dios nos pille confesados. Es un consuelo para los que creen. Lo malo es para los que no creemos en nada».

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