¡Qué viene el lobo!

Más allá de los cuentos, el lobo se ha convertido en la peor pesadilla para los ganaderos abulenses. Mientras tanto, sus defensores insisten en que la población no ha aumentado

ICALÁVILA

Siempre ha sido el más temido en los cuentos. Ningún otro animal ha sido retratado en tantas ocasiones como el malo de la película y el culpable de las desgracias ocurridas a los más diversos personajes. Desde pequeños se le ha temido y sigue siendo un animal que inspira más que respeto, a pesar de los esfuerzos de naturalistas como Félix Rodríguez de la Fuente que trabajó para mostrar una cara del lobo desconocida y alejada del mito de animal cruel, de alimaña.

Sin embargo, como todo en la vida, la percepción del lobo cambia radicalmente en función de los ojos que lo miren: los del ganadero que ha encontrado una novilla muerta en su explotación o el ecologista que recuerda que se trata de una especie protegida fundamental para mantener la biodiversidad de los ecosistemas. Posiciones que parecen irreconciliables y un problema para el que hasta ahora no se atisba una solución eficaz y factible.

Según los datos de denuncias recogidas por la Junta de Castilla y León y facilitados por UCCL, el número de ataques en la provincia de Ávila ha aumentado progresivamente en los últimos años. En 2007 se registraron 45; en 2009 fueron 59 y en 2010, un centenar. A la vista de estas cifras y haciendo un cálculo rápido de lo ocurrido en 2011, el presidente de UCCL- Ávila, Jesús Muñoz, se muestra convencido de que cuando se haga público el balance del año pasado, no habrá sorpresas.

A la espera de los datos oficiales, la percepción de Muñoz se cumple con la información que maneja la Alianza por la Unidad del Campo, integrada por UPA y COAG, y el sindicato ASAJA. En 2011, se denunciaron ante la Alianza 138 ataques, con el resultado de 276 animales muertos. Unas cifras que en realidad podrían ser incluso mayores ya que, explican dichas organizaciones, muchos de los ataques no son denunciados por los afectados, bien por desconocimiento o bien por la carencia de seguro, según comunicaron a Ical. A estas cifras se suman las registradas por ASAJA, que en la provincia contabilizó 40 ataques, con 47 cabezas de ganado muertas. En total, 178 ataques y 323 animales perdidos.

Por este motivo, Jesús Muñoz insiste en que la población de lobos ha aumentado y ha derivado en la proliferación de los ataques. Ante la posibilidad de que no siempre sea el lobo el culpable y pueda tratarse de perros salvajes, Muñoz asegura que la inmensa mayoría corresponden al gran depredador como puede comprobarse por el tipo de mordedura y por las zonas del animal sobre las que clavan sus colmillos.

Sin embargo, el primer estudio no invasivo de lobos realizado en la Península Ibérica (País Vasco y Burgos) demostró que los perros consumen habitualmente ganado doméstico en zonas con elevados ataques al ganado doméstico, únicamente achacados a los lobos, y pone en entredicho si el volumen de daños atribuido al lobo se ajusta a la realidad, según puntualizan desde la Estación Biológica de Doñana, EBD- CSIC.

Población de lobos

Los datos recogidos en la reunión de 2008 de la Large Carnivores Iniciative for Europe, organizada por la Comisión Europea y el Ministerio de Medio Ambiente en Segovia, reflejan que el futuro de los lobos ibéricos depende de 500-650 individuos reproductores distribuidos al menos en 254 manadas. Estas cifras, a juicio de Jorge Echegaray, de la Estación Biológica de Doñana, indican la precariedad poblacional de esta especie, por lo que su conservación a largo plazo está en entredicho por la elevada mortalidad no natural inducida por el ser humano, y por la disparidad de la gestión practicada en las diferentes regiones, subraya.

El estudioso y experto en el lobo Ramón Grande del Brío, incansable observador de este carnívoro, insiste en que la población del lobo en Castilla y León se mantiene estable desde hace diez años e incluso se ha resentido en provincias como Burgos y Soria. El problema, sostiene, es que se confunden los conceptos de dispersión e incremento poblacional. Es mentira que el lobo se haya extendido, lo que sí es cierto es que se ha dispersado y esto lo hace más dañino en cuanto a los ataques, explica Grande del Brío. Y es que cuando el lobo se dispersa, los individuos más jóvenes escapan del control de los adultos y se rompe la jerarquía en la manada.

Según las estimaciones de Grande del Brío, en la provincia de Ávila se contabilizan, como máximo, entre seis y ocho parejas reproductoras, a las que hay que sumar los individuos de camadas anteriores y también los nuevos cachorros. Echegaray insiste en que en España se carece de un censo global de lobos desde 1988, por lo que es tendencioso considerar a las poblaciones de lobos en Iberia en expansión permanente, a lo que añade que el lobo se encuentra actualmente en menos del 25 por ciento de su distribución original ibérica.

Después de estos datos, la solución al problema parece aún más compleja. De un lado, aparece una especie protegida, en concreto una Especie de Interés Comunitaria y un taxón catalogado como Casi Amenazado, según el Atlas y Libro Rojo de Mamíferos de España. De otro, ganaderos asfixiados por la amenaza que constituye el lobo para su ganadería extensiva y que, según las estimaciones de UPA y COAG, causa daños económicos por valor de 165.600 euros (por las 276 cabezas muertas en 2011) y 40.000 por los 47 animales muertos contabilizados por ASAJA. En total, las pérdidas ocasionadas por el lobo en la ganadería abulense superaron los 200.000 euros durante el pasado año.

Desde las organizaciones agrarias añaden que la peculiaridad de la provincia de Ávila es que un elevado porcentaje de los animales que han sido víctimas del lobo es ganado vacuno extensivo de alta calidad genética, en muchos casos raza avileña pura, por lo que las pérdidas económicas cada vez que se produce un ataque son mucho más elevadas que en otras zonas de la región. El coste en este caso puede alcanzar los 1.000 euros o incluso los 1.500 euros por cabeza. Además, al valor de los animales muertos hay que sumar las pérdidas económicas en concepto de abortos, tratamiento veterinario, lucro cesante y reposición de animales.

Consecuencias y soluciones

Salvador Costumero, uno de los últimos ganaderos abulenses que ha sufrido el ataque de los cánidos, perdió dos novillas durante la madrugada del pasado 2 de enero. Asegura que si no se frenan los ataques, la continuidad de su explotación está seriamente comprometida. Como él, los ganaderos que en los últimos meses han denunciado ataques se sienten desamparados e insisten en la necesidad de que la Junta establezca indemnizaciones inmediatas que reparen de manera efectiva el daño infringido por el lobo. También, apuestan por la eliminación del seguro que deben suscribir y que consideran un parche.

Las reivindicaciones no paran ahí y algunos de ellos han manifestado en reiteradas ocasiones la necesidad de matar lobos para controlar la población y alertando del peligro de que las manadas se estén multiplicando exponencialmente, un argumento que ante la falta de un censo oficial de lobos en la Península no puede comprobarse.

La Alianza por la Unidad del Campo también ha mostrado su preocupación porque los ataques cada vez se producen en explotaciones más cercanas a los núcleos de población de pequeños municipios e incluso de grandes capitales, como los ocurridos en noviembre y primeros de diciembre en Tornadizos de Ávila, a apenas ocho kilómetros de la capital.

La idea de matar al lobo nos demuestra que la actitud del hombre no ha cambiado desde la Prehistoria, denuncia Grande del Brío, quien propone como solución promover el aumento de las reses salvajes, como corzos o ciervos, en las zonas que habita el lobo, de manera que se le proporcione alimento y no se vea obligado a atacar a la ganadería. Una opción que se ha puesto en práctica en la provincia de Zamora donde, asegura, el 90 por ciento de la alimentación del lobo es fauna salvaje.

Tampoco ve viable Grande del Brío la creación de reservas, como han propuesto organizaciones como UCCL, ya que los territorios definidos de manera natural por los animales no suelen coincidir con los ue determinan los estudios para ser acotados. Esto crearía pautas de comportamiento anómalas, advierte, además de las dificultades para establecer el equilibrio entre depredadores y fauna. En definitiva, un prisma con muchas caras que debe abordarse teniendo en cuenta todas y cada una de ellas.

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