Nervios, silencio, tanques y un bando de guerra en Valladolid

ENRIQUE BERZAL
Vídeo de Rodrigo Ucero/
Vídeo de Rodrigo Ucero

Odiaba a Suárez como solo sabían hacerlo aquellos militares a quienes había tocado en desgracia luchar contra sus hermanos de patria; aunque compartía con él una afición que suele anudar complicidades: el póquer. Ángel Campano López, máxima autoridad militar de Valladolid y enemigo acérrimo de la política llevada a cabo desde 1977 por el presidente del Gobierno, juega al póquer en su despacho de Capitanía, frente a la iglesia de San Pablo.

La partida de esta tarde de lunes, 23 de febrero de 1981, no es una novedad. Lo suele hacer siempre que regresa de cacería, después de un desfile o tras haber presidido el correspondiente acto militar.

Ufano y distendido, el capitán general anima la jornada con tragos de alta graduación mientras intercambia expresiones coloquiales con dos viejos amigos, Antonio Quintero y Juan García Cortés. También está al tanto de la segunda vuelta de la votación que está teniendo lugar en el Congreso para la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo, radiada en directo por la SER.

Son las 18:20 horas. La voz del secretario, Víctor Carrascal, desgrana con parsimonia los nombres. «¡Manuel Núñez Encabo!». El diputado, que representa a la provincia de Soria junto a Gabriel Cisneros y Juan Ignacio Sáenz-Díez de la Gándara, vota 'no'. Pero su voz apenas puede oírse, un ruido sospechoso irrumpe en la Cámara. Botas, uniformes, galones, pistolas El grito es marcial, seco, desafiante: «!Quieto todo el mundo¡», «¡Al suelo!».

Entre la maraña de uniformes que acaba de asaltar el Congreso sobresale un teniente coronel que tres años antes había cumplido condena por urdir en la cafetería 'Galaxia' el secuestro del Gobierno. «Es Tejero», le confía a Núñez Encabo, en voz baja y a ras de suelo, un compañero de escaño. «¡Un golpe de Estado!». Presagia lo peor mientras Tejero y sus edecanes disparan al techo y el miedo se apodera de su ánimo, piensa en su hijo de apenas un año y le vienen a la cabeza aquellos versos de Antonio Machado, fallecido un 22 de febrero pero de 1939: «Españolito que vienes/ al mundo te guarde Dios./ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón».

Segundos después, un subordinado irrumpe en el despacho de la sede de la VII Región Militar. «Han tomado el Congreso. Ha habido disparos». «Señores, la partida se interrumpe»: Campano se sacude la pereza y se incorpora con celeridad. Permanece un instante pensativo. Descuelga el teléfono y emite, taxativo, órdenes precisas: «Soy Campano. Hazte cargo de la situación y me tienes al tanto».

Campano espera

Su interlocutor acata la orden sin intercambiar una frase más. Es el estilo de Manuel María Mejías, gobernador militar de la ciudad y hombre adictísimo al Rey. Es su hora. En breve contactará con el jefe de Estado Mayor, Rafael Gómez Rico, para poner en marcha la 'Operación Diana Alerta 2'. Todo lo contrario que Campano, que en ese mismo momento decide aislarse en su despacho y sumirse en un misterioso silencio; queda la luz de su lámpara, visible a través de la ventana, como único y preocupante testigo de su presencia.

Los teléfonos de las 'fuerzas vivas' hierven sin cesar. El del alcalde Tomás Rodríguez Bolaños lleva descolgado desde las 18:15 horas. Mantiene el transistor encendido mientras concierta una comida para el día siguiente, en Madrid, con el alcalde de Valencia, pues antes debe entrevistarse con el ministro de Hacienda. Paradoja trágica de la historia, el edil de la ciudad que será tomada por los tanques se entera de todo a través de la radio que suena al otro lado del micrófono.

«Nos llamamos». Rodríguez Bolaños sale a la antesala y suspende las visitas. Vuelve a descolgar el teléfono y habla con el gobernador civil, Román Ledesma Rodríguez, hombre cordial y moderado. Comentan la situación y coinciden en un diagnóstico preocupante: ninguno sabe nada de Campano, le han llamado a su despacho pero está ilocalizable, no responde al teléfono.

Ledesma intuye las razones de Campano. Así que despacha directamente con el gobernador militar, contacta en Madrid con el gobierno de urgencia formado por los secretarios de Estado y convoca a la Junta de Seguridad, formada por los responsables de orden público, en su propio despacho.

Entretanto, los concejales Manuel Vidal y Ovidio Fernández Carnero, que tampoco saben nada de Campano, se ofrecen para esconder al alcalde y a su segundo de entonces, Manuel González López. Ambos agradecen el gesto pero declinan el ofrecimiento. Antes de refugiarse en casa de su amigo Ángel Puertas, Rodríguez Bolaños regresa al despacho y ordena a la policía cerrar las puertas del Consistorio en prevención de un posible ataque de los ultras; y vuelve a descolgar el teléfono. «Todo está en calma», es la respuesta tranquilizadora de Manuel María Mejías, el hombre más activo del momento.

La misma que transmite al presidente de la Diputación Provincial, el centrista Federico Sáez Vera, a quien el golpe acaba de sorprender en plena reunión con el interventor Teodoro Merino y el diputado y alcalde de Muriel de Zapardiel, Ruperto Martín García, en su despacho de la Granja-Escuela 'José Antonio', sede de la institución en ese momento.

El Rey

Todo en calma, en efecto; pero en una calma tensa, electrizante. En Valencia, el capitán general Milans del Bosch, líder de los golpistas junto a Armada y Tejero, no solo ha sacado los tanques a la calle, sino que ha publicado un Bando decretando el estado de excepción. Y no cesa de repetir lo mismo: «Conmigo están los capitanes generales de la II, IV, V y VII Región».

También Don Juan Carlos estaba al tanto de la actitud de Campano: «El Rey me pidió que le informase de todo lo que supiera. Así lo hice. Le informé con todo detalle del malestar que había en las Fuerzas Armadas y de que se estaba preparando algo, un movimiento fuerte de generales y que tan pronto como se produjera se iban a sumar al mismo varias capitanías generales, como la III de Milans, la II de Merry Gordon, la IV de Pascual Galmes, la VII de Campano López y alguna otra más». Es el testimonio manuscrito del general Armada, reproducido por Jesús Palacios.

Pero no solo Campano aguarda; en la Academia de Caballería tiene lugar una escena sorprendente -según ha narrado Julio Martínez-: el general director, José María Álvarez de Toledo y Mencos, está terminando de vestirse para iniciar su tradicional paseo vespertino por el Paseo Zorrilla. Es su costumbre terminar en el bar 'La Fragua', donde remata la jornada con una animada tertulia. Aún no se ha calzado cuando escucha los disparos de Tejero a través del transistor. En zapatillas, como una exhalación, baja las escaleras y se dirige al comandante que escucha la radio: «¿Han dicho ya algo del general Armada?» Premonitorio.

Pero nada comparado con lo que ocurre en la Brigada Acorazada, donde la llamada de Mejías es recibida con cierto desdén por el general jefe, Manuel Engo Morgado. Aunque la orden es no moverse y defender la lealtad constitucional, Engo contesta de malos modos. Nada más finalizar la conversación, telefonea al jefe del Regimiento de Farnesio, Gonzalo Navarro Figueroa, y le comunica su incomodidad.

Un comandante del Servicio de Información, que prefiere mantenerse en el anonimato, es testigo de la conversación. También de las intensas y numerosas reuniones que se suceden entre mandos de conocida tendencia involucionista. De inmediato, Navarro Figueroa llama al jefe de información y municiones y le da la orden: «Repostar todos los vehículos y municionar cada una de las unidades. Y esperar acontecimientos». Así se hace.

Los cuatro escuadrones, uno de carros, otro acorazado, uno ligero y otro de plana mayor, son repostados y municionados. En el destacamento del Pinar de Antequera permanecen preparados los tanques, y en el de la carretera de Madrid, los vehículos ligeros. «Quienes tengan teléfono pueden irse a su casa; los que no, se quedarán a dormir aquí». Listos para tomar la ciudad, listos para esperar la orden.

Ésta debe proceder, por supuesto, del capitán general, que aún aguarda en su despacho. Pero no está quieto. Desculga el teléfono y habla con Milans: «Envíame el Bando», es su contestación a las presiones del de Valencia, que le anima a emularle.

A Campano lo devoran las dudas hasta que, por fin, se decide a dar el paso: llama al coronel auditor, Virgilio Peña, y le pide información sobre el Bando que acaba de recibir de Valencia. Peña, que junto a Mejías y Gómez Rico se mantiene fiel al orden constitucional, advierte a su superior de las gravísimas consecuencias jurídicas que concurren en él y se detiene en los obstáculos técnicos que lo hacen inviable. Inteligente estrategia. Campano se arredra. «Lo mejor es aguardar el pronunciamiento del Rey y escuchar a Gabeiras», le aconseja Peña. «¡Los jurídicos no hacéis más que joder!», responde Campano, tal como ha escrito en este periódico Carlos Gallego.

Es consciente de que sus inmediatos inferiores no están por la labor anticonstitucional y tampoco cuenta con el número suficiente de subordinados. La influencia de su familia, en especial de sus hijos, ha ido atemperando sus ínfulas pasadas, el auditor le aconseja que no se involucre y, para rematar, en septiembre pasará a la situación B. Lo tiene decidido: si el golpe triunfa, contarán con él; pero si fracasa, ¿para qué moverse?

Y no se movió. Fue el último en descolgar el teléfono y manifestar al Rey su adhesión. Su orden, por suerte, nunca llegó a Farnesio.

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