Biografía de un periodista de raza

Ignacio Carral murió en 1935, cuando estaba a punto de cumplir 38 años y tenía por delante una prometedora carrera profesional de la que sólo había consumido una primera pero brillante etapa

CARLOS ÁLVAROSEGOVIA.
Carral vivió un mes entre rateros y mendigos para hacer su célebre serie de reportajes sobre los bajos fondos madrileños. Esta fotografía, cedida por su hija, fue portada de 'Estampa' en 1930. ::                             EL NORTE/
Carral vivió un mes entre rateros y mendigos para hacer su célebre serie de reportajes sobre los bajos fondos madrileños. Esta fotografía, cedida por su hija, fue portada de 'Estampa' en 1930. :: EL NORTE

Era el primer día del mes de octubre. Se levantó temprano, cogió el tranvía y llegó al periódico. Poco después, cuando estaba preparando la primera emisión de la jornada -todavía no eran las ocho de la mañana-, sintió unas molestias en el pecho que le impidieron continuar. Pidió un médico, pero el galeno no llegó a tiempo. Una angina de pecho había segado la vida de un hombre joven -Ignacio Carral iba a cumplir los 38 años- y una trayectoria profesional consolidada a la par que prometedora. Dice su hija Carmen que la muerte natural, aunque prematura, le libró de asistir al doloroso trance de la guerra civil española -su compromiso republicano le hubiera acarreado verdaderos problemas y seguramente determinado su final-, pero esta suposición no es más que un triste consuelo. Carmina era muy pequeñita cuando su padre murió, aunque recuerda el trajín de la casa familiar aquel primero de octubre en que alguien llamó por teléfono para comunicarle a Adela, su madre, que algo muy malo acababa de suceder.

Ignacio Carral murió en Madrid, en la redacción del periódico hablado 'La Palabra', el 1 de octubre de 1935. Lo hizo con las botas puestas, como buen trabajador, con la máquina de escribir delante y pensando en las noticias del día. Era un periodista de raza. Su buen hacer duerme en las hemerotecas. A pesar de su corta existencia, dominó el oficio como nadie y se anticipó a las nuevas corrientes, tal y como puede comprobarse en las entrevistas, crónicas y reportajes que firmó a comienzos de los años treinta en la revista madrileña 'Estampa', en cuyas páginas dejó sobradas muestras de su talento y maestría. Carral fue capaz de transformarse en un hampón para narrarles a sus lectores cómo era la vida cotidiana en los bajos fondos de un Madrid «absurdo, brillante y hambriento», como ya por aquel entonces lo había retratado Valle-Inclán. 'Los otros', una serie de reportajes sobre la realidad social más descarnada de la Villa y Corte, causó verdadero impacto en la opinión pública española, que devoraba el 'Estampa' para enterarse de aquellas cosas que nunca se contaban.

Carral era segoviano. Sin embargo, ¿se le conoce hoy, cuando ya han transcurrido casi 75 años de su repentino fallecimiento? Quizá no lo suficiente tratándose de uno de los elementos intelectualmente más preparados que dio Segovia a comienzos del siglo XX, cuando una generación irrepetible de nuevos valores aglutinó las fuerzas renovadoras surgidas de la depresión y el desencanto. Efectivamente, Ignacio Carral de la Torre nació en Segovia, en la plazuela de San Facundo, el 8 de octubre de 1897, unos meses antes de lo de Cuba. Era hijo de Fernando Carral Romero, natural de La Granja y funcionario de la Diputación Provincial, y de Manuela de la Torre Bartolomé, nacida en Cuéllar. Sus abuelos paterno y materno, Ignacio Carral Zorrilla y Mariano de la Torre Agero, fueron alcaldes de San Ildefonso y Segovia, respectivamente. El joven Ignacio acabó el bachillerato en 1913 y durante dos años se preparó en Madrid para ingresar en la Escuela de Ingenieros de Montes. Sin embargo, no aprobó los exámenes y regresó a Segovia con la firme intención de estudiar Derecho por libre. Son años especialmente intensos en la pequeña ciudad provinciana porque está emergiendo un grupo de jóvenes paladines de las letras que apunta alto. Son años de inquietudes literarias, artísticas, de tertulias en el café Suizo y en el Casino de la Unión, de lecturas y discusiones apasionadas. Carral, Llovet, Mariano Quintanilla, Juanito Cáceres, Blas Zambrano, Machado...

La tertulia de Arranz

Carral se afinca nuevamente en Madrid y prueba suerte con la carrera de Filosofía y Letras, pero no pierde el contacto con el nido y envía artículos, muy buenos artículos, al recién nacido diario 'La Tierra de Segovia', que empieza a dar cabida a las promesas. Finalmente se licencia en 1920 y logra una plaza de ayudante del catedrático del Instituto Cardenal Cisneros de Madrid Eloy Luis André. Siente una gran vocación pedagógica, pero el periodismo ejerce sobre él una atracción irresistible. En Segovia, siempre que regresa, asiste a la tertulia en el taller del ceramista Fernando Arranz junto a los Zambrano, Machado, Julián María Otero, Emiliano Barral -su gran amigo- o Agapito Marazuela, un virtuoso de la guitarra que deja boquiabierto al público. Arte, literatura, política... todo en torno a un buen puchero de café. Esta tertulia dio pie a la fundación, en el verano de 1923, de 'Segovia', un semanario delicioso, valiente y combativo dirigido por el propio Carral, pero la experiencia duró poco, apenas dos meses. Después llegó la estancia en Sicilia, donde ejerció unos meses como lector de español. El inquieto Carral conoce toda Italia: Roma, Florencia, Nápoles... es un periodo riquísimo que aprovecha para formarse y escribir febrilmente: «Llevo escritos tres kilos y medio de papel (...) escribo artículos, cartas a la chica de Rodao...», le cuenta a Barral en una carta.

En efecto, al volver de Italia, contrajo matrimonio con Adela, 'la chica de Rodao', el célebre poeta segoviano. El pintor Ignacio Zuloaga, íntimo amigo de Rodao, ejerció de padrino. Era el 15 de diciembre de 1926. Unas semanas después, el 24 de enero, el laureado escritor cantalejano moría repentinamente, sumiendo en un profundo duelo a toda la familia.

Adela e Ignacio se instalaron en Madrid y nació Carmen, su única hija. El escritor estaba a punto de iniciar su época dorada. Colaboró en numerosas publicaciones de la capital, y su firma adquirió un gran prestigio, sobre todo desde las páginas de 'Estampa', revista en la que destacó como entrevistador y autor de crónicas y reportajes que acabaron impresionando sobremanera a los lectores. En 'Estampa' abordó el periodista todo tipo de asuntos. Ejemplo de reporterismo que hoy merecería premios y distinciones es la serie 'Los otros', sobre la vida en el Madrid más sórdido. El segoviano llegó a vivir un mes entre mendigos, miserables y rateros, haciéndose pasar por uno de ellos, y firmó piezas de extraordinaria calidad periodística.

Obra

Ignacio Carral dejó una extensa obra, parte de la cual permanece inédita, porque escribió novelas y cuentos -'Las Memorias de Pedro Herráez', sobre la vida del escultor Emiliano Barral es una de las mejores-, opúsculos como 'Juan Bravo en la plaza de las Sirenas', un alegato contra el emplazamiento de la estatua de Aniceto Marinas, y escritos de contenido político y castellanista. Fue asimismo un republicano entusiasta, optimista y desinteresado, según Quintanilla. En 1926 se afilió a un partido republicano de izquierdas y días antes de morir publicó un folleto elogioso sobre la figura de Manuel Azaña. Segovia fue su otra pasión. Influido por Luis Carretero Nieva, Carral militó en el regionalismo castellano más puro. Ambos, en unión de Celso Arévalo, y aprovechando el advenimiento de la II República, trataron de dar a la tierra segoviana un órgano propio de gobierno, cuestión que volvería al primer plano de la actualidad tras el franquismo, aunque con otros actores. La muerte temprana e inesperada acabó con un individuo de altura. Lo expresó Mariano Quintanilla mejor que nadie unos meses después del fallecimiento de su primo y amigo: «Quedarán sus novelas y muchas de sus crónicas, y quedará el recuerdo amable de un hombre sin acritud ni odio, prematuramente desaparecido, fijos siempre los ojos en su tierra segoviana».

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