Memoria amarga

ALFONSO ARRIBAS

S ALUDABLE costumbre ésta de recuperar las representaciones de 'Don Juan Tenorio' el 1 de noviembre como una celebración teatral en torno a un personaje que ha trascendido, que ha tornado en mito, y que es una de las aportaciones patrias a la cultura universal.

La creación de Zorrilla resiste el paso de los siglos a pesar de que hoy en día sólo pervive alguna faceta residual del Tenorio y desterrado queda cualquier atisbo de doña Inés. Resiste y engancha, ya que a pesar de la emigración típica de los días de fiesta encadenados, el Juan Bravo presentó un buen aspecto para saludar esta enésima propuesta del clásico que mezcla ortodoxia y riesgo, que actualiza la pieza arqueológica simplemente ubicándola en una urna más moderna, pero sin tocar el tesoro.

Los recitados son rigurosos y no hay pretensión argumental lejana al origen, aunque ha mediado la lógica tijera. El atrevimiento es formal, con una puesta en escena que coloca en el primer nivel de protagonismo una enorme pantalla que casi todo el tiempo retrata al cielo. Crepuscular cuando se cierne la muerte, tormentoso en el duelo, anaranjado en las transiciones.

Es el fondo de decorado delante del que se desarrolla la trama, bien conocida y respetada en esta versión, que también juega con la música para dar empaque al drama amoroso y ritual, con moraleja religiosa y momentos de capa y espada.

Música y proyección son los dos rasgos singulares del montaje visto en el Juan Bravo, y uno de sus atractivos la mezcla de actores populares en los papeles de menor edad y veteranos hombres de teatro en los mayores.

Un 'Don Juan' siempre es un reto, sobe todo para la pareja protagonista. Jesús Cisneros está correcto, voluntarioso y entregado, aunque en ocasiones enfatiza demasiado la tensión personal con un tono muy elevado de voz en continuo desgarro. Savitri Ceballos es una Inés tan candorosa y pía como esperamos, creíble en su capacidad para enamorar al desvariado. Su vestuario, por cierto, resulta espectacular, enfundada en mil capas de ropaje de novicia, como un enfoscado espeso para ocultar la hermosura que se intuye y que probó Don Juan.

Aunque alguna entrada fue defectuosa y hubo ciertas escenas resueltas a medias, el director logra imágenes muy poderosas, como la exhibición entre penumbras de las efigies de los difuntos, una suerte de bosque de los recuerdos que castiga la conciencia de Don Juan con apelaciones fantasmales.

La versión de Pedro G. de las Heras tiene ritmo y pulso, si bien se echa de menos algún gesto más de autor, algo que justifique, además de lo evidente, la oportunidad de rescatar al clásico y enseñarlo de nuevo. Visto así, a mí me sigue pareciendo un personaje repudiable, sin más virtud que la de saber vender la impiedad por un trocito de cielo. Memoria amarga la que deja siempre Don Juan a pesar del artificio casi póstumo. A todo esto, el público dedicó al elenco encendidos aplausos, hasta el punto de precipitar el final de la obra. Un tanto por el resultado de la producción y seguramente otro tanto por el buen sabor que provoca la recuperación de una tradición.

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