Un parque con corazón

Ocho autores dedican <strong>un libro al jardín con más historia</strong> <strong>y solera</strong> de la capital vallisoletana, una obra que se completa con una exposición de fotografías en la Casa Cervantes

J. ASUAVALLADOLID
Joaquín Díaz, Ramón García, Gustavo Martín Garzo, José Delfín Val y María Antonia Fernández del Hoyo, en Campo Grande. / G. VILLAMIL/
Joaquín Díaz, Ramón García, Gustavo Martín Garzo, José Delfín Val y María Antonia Fernández del Hoyo, en Campo Grande. / G. VILLAMIL

¿Sabían que las estalactitas que revisten la gruta del Campo Grande se trajeron desde Atapuerca? ¿Y que ese traslado provocó un importante revuelo en Burgos, donde se acusó de vandalismo al Ayuntamiento vallisoletano? Aquella bronca, posible génesis de las primeras tensiones interterritoriales en la vieja Castilla, no amainó hasta que el mismísimo ministro de Fomento autorizó la colocación de estos elementos en el parque en 1880. Esta es sólo una de las decenas de historias que se pueden descubrir en el libro 'El Campo Grande. Un espacio para todos', presentado ayer en la Casa Cervantes, a escasos metros del pulmón verde del casco histórico. La glosa la historiadora María Antonia Fernández del Hoyo, una auténtica experta en la evolución de este bosque urbano, que nació como un ejido allá por siglo XIII. Entonces este terreno, con forma de abanico que se abre a la ciudad, era un campo común de todos los vecinos en el que no se labraba y donde solían reunirse los ganados o establecerse las eras, según aclara la especialista.

Otra de las curiosidades que se puede encontrar en este volumen está íntimamente ligada a uno de los referentes de este lugar de recreo, cuyo principal artífice fue el alcalde Miguel Íscar, natural de Matapozuelos y que dirigió la ciudad entre 1877 y 1880. La recuerda Gustavo Martín Garzo y se trata de la primera pareja de pavos reales que habitó este gran jardín. El escritor echa mano de la hemeroteca de EL NORTE DE CASTILLA para rememorar aquel mes de abril de 1930, cuando doña Isabel Aranguren, viuda de Zuazagoitia, regaló al Consistorio vallisoletano dos ejemplares de esta especie, hasta entonces desconocida en la dura meseta castellana.

«Dichas aves -recogía el diario- serán instaladas en cuanto se las disponga el refugio necesario para defenderlas durante la noche, pues no se puede aprovechar el palomar existente porque no tiene la amplitud necesaria», comentaba el redactor de la época. Ochenta años después, los descendientes de aquel matrimonio, de origen indio, son los dueños y el principal espectáculo del Campo Grande.

Símbolo vivo

Joaquín Díaz aseguraba ayer que este parque es, junto con el escritor Miguel Delibes, «uno de los símbolos vivos de la ciudad». El etnógrafo y músico ha sido el encargado de prologar esta obra a la que ha aportado también decenas de fotografías que retratan a la perfección la historia de la capital vallisoletana del XIX con barquilleros, familias, novios, militares, monjas... Precisamente ayer una religiosa se convertía en protagonista de la presentación cuando abordaba a los autores en su posado para los fotógrafos. María Antonia Fernández del Hoyo terminó regalándole un ejemplar del libro a la sor. Los años no pasan para este jardín.

Ordenada en siete capítulos, la obra recorre desde el nacimiento de este corazón natural, pasando por sus personajes, sus conjuntos escultóricos o la estrecha relación que han mantenido desde siempre el parque y uno de sus más ilustres paseantes, Miguel Delibes. La admiración del novelista por este espacio la reproduce Ramón García en el capítulo que dedica al autor de 'El Hereje'.

Cuenta García que en una de sus charlas por las sendas del jardín el escritor le comentó: «Yo creo que hay pocos lugares en el mundo tan apacibles y gustosos como este parque nuestro». García le contestó extrañado: «¿En el mundo has dicho?» A lo que Delibes respondió seguro: «En el mundo he dicho».

Los minuteros

Y es que el Campo Grande es y ha sido lugar de juegos y aventura para los niños, mesa camilla para las tertulias, íntimo refugio de besos y amores furtivos... Todo ello en el centro de la capital y siempre con una sensación de paz, a pesar de lo concurrido. De las miles de personas que han paseado por este bosque dejaron constancia los fotógrafos Marcelino Muñoz, desde finales del XIX, y su hijo Vicente hasta 1981.

José Delfín Val dedica uno de los capítulos del libro a estos reporteros, que recibían el nombre de minuteros porque desde la toma de la imagen hasta la entrega al cliente pasaban muy poco tiempo. Según destaca el escritor, Marcelino, además de retratar militares y familias, tenía un auténtico sentido periodístico. Suya es la instantánea de un accidente aéreo en el Pinar de Antequera cuando un Deperdussin, que participaba en un 'raid' entre Valladolid y Salamanca, cayó a este paraje natural. El minutero se desplazó en bicicleta hasta el Pinar y logró captar la «escena milagrosa» del piloto Pierre Lecombe consolado por su mujer, que le acompañaba desde tierra en coche. Corría el año 1911.

Al libro presentado ayer, en el que se recoge la historia y la intrahistoria del Campo Grande, le acompaña una exposición de fotografías que no tiene desperdicio. Se puede visitar durante todo el mes de octubre en la Casa Cervantes y en la muestra destacan las carrozas con las que se celebraba la fiesta del Coso Blanco, el reloj floral, desfiles militares de la más diversa índole o el guarda del jardín. Siglos de un emblema de la ciudad, nacido y vivido en el mismo corazón de Valladolid.

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