El nacimiento del hornija

JORGE PRAGA

En un rincón bien cuidado de La Mudarra, fuente Porras, sale el río Hornija a la vida de su curso. El pueblo le agradece el agua que alimenta sus parquecillos y sus sotos, y le ha construido un buen marco para su nacimiento, con el aviso de los 64 kilómetros que le quedan por navegar. ¡Qué limpia nace el agua! Acabado el pueblo, el río, más bien el arroyo que es, se queda en soledad, sin posibilidad de acompañarlo más que por la carretera que baja aprovechando su huella de siglos, perfecta para el disfrute en un vehículo lento, en una bicicleta. Rara es la vez que no se cruza en el camino un conejo asustado. Lo ideal sería recorrer el cauce a pie, disfrutar de la arboleda de chopos y fresnos al lado del agua y de los pinos que la flanquean, entre el silencio roto por los pájaros y sobrevolados por las rapaces. Pero no hay camino ni senda que lo permita. A Valladolid no le sobran los espacios verdes y atractivos, y para poner éste al pie de los caminantes habría que desbrozar un poco la maleza de siglos. ¿Se leerán estas líneas en los despachos de la Diputación o de la Junta? Son unos 8 kilómetros hasta que aparece la cima de Peñaflor, y luego el Hornija se pierde en una vaguada descarnada que resucita tras la vista mágica de Torrelobatón con su castillo al frente.

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