El día D de Garoña

Los empleados de la nuclear viven «con incertidumbre» la jornada previa a la decisión sobre el futuro de la planta

VÍCTOR M. VELA| SANTA MARÍA DE GAROÑA (BURGOS)
Javier López de Arroyabe camina por la sala de control./
Javier López de Arroyabe camina por la sala de control.

Aquí, en el comedor, entre la ensalada y el lenguado que Inmaculada y Rosa han elegido hoy para comer (tres primeros y cuatro segundos platos en el menú), se instalan las dudas que asaltan la rutina de los empleados de la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos). «Trabajamos mucha gente. Y como esto se cierre, la zona se queda muerta. Está la agricultura, las casas rurales... pero poco más», explica Inmaculada Urízar, carnicera en el vecino municipio de Trespaderne y limpiadora -«por temporadas»- del vestíbulo que recibe a los visitantes y trabajadores de Garoña.

A la puerta y a pie de carretera, un control de la Guardia Civil. Después, dos líneas de arcos de seguridad y una tarjeta personal con la que hay que fichar cada vez que se entra o sale de una estancia. «Es para que, si ocurre algo, sepamos en todo momento dónde está cada persona». Sí, también hay que hacerlo cuando se llega al comedor. Y al dejarlo, como muy tarde, tres cuartos de hora después. El tiempo suficiente para dar cuenta de la comida que ha preparado Almudena Fernández, responsable del restaurante de la central, en el que trabajan 20 personas. 450 almuerzos y una veintena de cenas. Todos los días. Los 365. Incluidos festivos porque el reactor -salvo parada prevista para la recarga o incidente indeseado- no se detiene.

Hoy -aquí es jueves- los trabajadores viven la víspera del día del juicio. «Esperemos que no sea el final», bromean. Y Almudena -que estudió peluquería, pero se enroló en el restaurante que su padre, ya jubilado, tenía en la central- resume con una frase incompleta, rematada por puntos suspensivos, los «sentimientos» de los trabajadores. «Miedo, incertidumbre, pero también confianza para que nos den la renovación...» Así, con la primera del plural. Que nos den la renovación. Nuclenor, la empresa titular de Garoña (50% de Endesa, otro tanto de Iberdrola) ha pedido prolongar su actividad durante 10 años más. El Consejo de Seguridad Nuclear anunciará -tiene de plazo hasta las 23.59 horas, a un suspiro del sábado- su decisión, basada en criterios estrictamente técnicos. La última palabra -deberá decirla antes del 5 de julio- la tiene el Gobierno de Rodríguez Zapatero. «Total, que al final esto es una cuestión política», lamenta Feliciano de la Fuente, que remata en el torno unos cojinetes de repuesto para las bombas de servicio. Feliciano lleva 35 años trabajando en Garoña. Media hora de camino todos los días desde Miranda de Ebro y una agenda donde, a diario, apunta con letras mayúsculas y bolígrafo azul su actividad en la empresa y los cumpleaños de los compañeros del taller de mantenimiento «para que no se me olvide ninguno». Feliciano está a puntito de jubilarse. «Tres años me quedan, así que lo de la prórroga a mí no me afectará mucho, pero está claro que tienen que darla». ¿Por qué? «Pues porque hace falta energía. Y si esto lo cierran, que miren a ver de dónde la sacan», concluye.

Elías Fernández, jefe de relaciones externas y comunicación, responde con datos. «Garoña produce al año el 30% del consumo eléctrico de Castilla y León, el 12,7% de la producción eólica española, el 19% de la hidráulica». Es uno de los veteranos del lugar. 40 años en las tripas de la central y a tan sólo unos pasitos del reactor, protegido por mil procedimientos de seguridad y barreras de hormigón de tres metros de grosor. «Esto es un búnker», asegura equipado con una bata blanca, guantes de látex, fundas en los zapatos y un dosímetro (el aparato que mide la dosis de radiactividad). Seguridad obliga. Mientras los responsables del CSN deciden el futuro de la planta, Garoña recibirá una inspección rutinaria de la Comunidad Europea de la Energía Atómica, que inspeccionará la piscina -hasta 16 metros de profundidad- donde se almacenan los «residuos de alta actividad» (radioactivos).

Si éste, el reactor, es el corazón de la central, su cerebro se encuentra en la sala de control, supervisada y vigilada -siempre y en todo momento- por cuatro personas en turnos de 8 horas. «Aquí lo controlamos todo, hacemos los chequeos rutinarios, vigilamos los indicadores, coordinamos los procedimientos», explica Javier López de Arroyabe, «y todo está aquí», dice mientras señala una carpeta de anillas amarilla colocada en la mesa más accesible. Ahí dentro está la normativa, la ley, los procedimientos obligados de funcionamiento. La biblia de la central. Javier ha elegido hoy, la víspera del día D, para venir a trabajar con una camisa de estampado chirriscante que no ha pasado desapercibida entre los compañeros, «ya se han reído un poco durante la reunión de la mañana», asegura este santanderino, 32 años en Garoña, ahora vecino de Miranda de Ebro, y que hoy comparte turno con Rubén, Santiago y Olga, una de las tres mujeres (el resto son hombres) que trabajan en el cerebro de la central.

En otras partes del cuerpo, en pasillos y escaleras, hay carteles con advertencias: «Cultura es seguridad», «Detente, analiza, trabaja, observa». Consignas para que Garoña funcione hoy, y confían que también durante los próximos 10 años. A ver qué dice el CSN.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos