La mata de San Cristóbal

Algunos restos certifican que Villaconancio estuvo amurallado y que hasta tuvo una fortaleza

GONZALO ALCALDE CRESPO| VILLACONANCIO
Torre y cabeceras románicas de la iglesia de San Julián y Santa Basilisa./
Torre y cabeceras románicas de la iglesia de San Julián y Santa Basilisa.

Antes de entrar en Villaconancio, y por hacernos una idea de cómo era el pueblo casi a vista de pájaro, nos fuimos hasta la Mata de San Cristóbal al encuentro con un roble centenario que desde una cuesta próxima vigila y cuida la villa hace ya muchos años. Y digo cuida, porque por mucho tiempo la Mata de San Cristóbal ha ejercido de pararrayos. Pero no hace mucho una chispa la atizó de lleno, tronzándole uno de sus poderosos brazos, por lo que hoy allí la veremos manca, aunque erguida y sobreviviendo.

Villaconancio es lugar antiguo, asociándose su nombre a uno de los primeros prelados que tuvo la diócesis palentina. Se asegura que fue repoblado en el siglo X por mozárabes huidos del Al Andalus, a quienes se les permitió ocupar estas tierras, entonces fronteras, del Cerrato castellano.

El casar de la villa se instala en la margen derecha del arroyo Valdefranco, al que un kilómetro más adelante, después de haber sobrepasado el pueblo, se le une el de la Fuente de Corrales, conformando entre ambos el arroyo Maderano o del Cerrato, uno de los ríos más autóctonos del Cerrato palentino.

Algunos restos certifican que el pueblo estuvo murado y que hasta pudo tener una pequeña fortaleza o torre fuerte. De esos tiempos medievales, el mejor recuerdo que nos ha quedado en Villaconancio es su iglesia parroquial de San Julián y Santa Basilisa, que conserva su bella cabecera románica con doble ábside, en el que se aprecian influencias artísticas del románico lombardo.

Es, junto con la iglesia parroquial de Villamuriel de Cerrato, uno de los mejores ejemplos del buen románico que hubo por el Cerrato castellano antes de que muchas de sus iglesias se fueran a la ruina. A esta misma le ocurrió a mediados del siglo XIX, por lo que tuvo que ser utilizada como parroquia la ermita de Nuestra Señora de Mediavilla, hasta que a principios de del siglo XX se reconstruyó casi en su totalidad, respetando, eso sí, su artística cabecera.

Otro edificio singular de Villaconancio es su magnífica casa consistorial, rehabilitada recientemente, cuyo reloj de concejo con campanil sigue marcando los 'tempos' de esta pequeña y acogedora villa cerrateña. Quisimos visitar a su alcalde, Teófilo González, pero nos dijeron que estaba convaleciente de una reciente intervención quirúrgica, por lo que decidimos no molestarle y tan sólo desearle una pronta recuperación.

Por conocer algo más del pueblo nos fuimos hasta el teleclub y allí nos atendió amablemente Faustino Diez Frías, un villaconanciero abierto y simpático que nos preparó unos buenos cafés acompañados con unas mejores pastas de la tierra. Del precio no les digo nada, por no hacer un favor al presidente del Gobierno.

Hablando con Faustino, nos dijo que había estado trabajando muchos años en Cataluña y en el País Vasco, y que hace no muchos volvió al pueblo para cuidar de sus padres hasta que fallecieron. A partir de entonces, decidió quedarse, y está encantado de la vida que lleva, pues atiende el teleclub todos los días y hasta ejerce de juez de paz.

Mientras en éstas estábamos, se nos unieron a la improvisada tertulia que teníamos montada en la terraza de la calle Carnicerías de Villaconancio dos mujeres jóvenes del vecino pueblo de Cevico Navero (Elena Fombellida y Ruth Pasamón), que también van por allí aunque residen fuera, así como Arturo Lerena, otro villaconanciero que se viene todos los fines de semana desde Madrid para estar en su pueblo, pues dice que es donde mejor lo pasa.

Una animada peña

Entre todos, y algunos más, conforman una peña de más de veinte personas a la cual se unen vecinos de otros pueblos cercanos, llegando algunos fines de semana a juntarse más de cien personas en Villaconancio. Y no exageraban, pues mientras estuvimos con ellos llegaron más jóvenes a la terraza, incluidos dos simpáticos locos de los deportes de inercia de Cevico Navero, que ya les diré en qué consisten cuando visitemos esa otra localidad cerrateña.