Patente para moverse

Un jubilado zamorano diseña un asiento supletorio para instalar en una silla de ruedas que le vale un premio del Club de Inventores Españoles

M. J. PASCUAL| ZAMORA
Mari Paz Prieto acopla el protototipo, que es muy ligero, a la silla de ruedas de su esposo, Carmelo Ferrero. En cuatro segundos, el asiento está enganchado a la parte posterior. La estabilidad es completa y el acompañante puede incluso pilotar la silla de ruedas eléctrica desde atrás. / NATI HERNÁNDEZ/
Mari Paz Prieto acopla el protototipo, que es muy ligero, a la silla de ruedas de su esposo, Carmelo Ferrero. En cuatro segundos, el asiento está enganchado a la parte posterior. La estabilidad es completa y el acompañante puede incluso pilotar la silla de ruedas eléctrica desde atrás. / NATI HERNÁNDEZ

Es un mecanismo tan sencillo como ingenioso y tan útil como una fregona. Y también es un invento español, aunque éste tiene la patente recién estrenada y todavía no ha llegado a la fase de comercialización, algo que sólo consigue un porcentaje bajísimo de los inventos. Al zamorano Carmelo Ferrero, técnico de televisión durante treinta años y ya jubilado, le encantaría que su creación, que todavía no tiene nombre propio, llegue a ser algún día un accesorio de uso tan corriente y extendido entre las personas que tienen dificultades para moverse como lo es ese palo rematado con tiras de algodón que en los últimos cincuenta años ha contribuido decisivamente a mejorar la calidad de vida de millones de mujeres.

Pero a sus 66 años dice que no se quiere hacer ilusiones para no llevarse una decepción. De momento ya tiene a buen recaudo desde el pasado 16 de febrero la patente de su asiento supletorio para silla de ruedas eléctrica, un accesorio para favorecer el desplazamiento de personas que acompañan a usuarios de sillas de ruedas y que le ha valido un premio del Club de Inventores Españoles, una asociación sin ánimo de lucro radicada en Barcelona que funciona desde hace veinte años y de la que forman parte más de 2.500 creadores y 25.000 inventos.

Un accidente

La feliz idea nació de un disgusto, en octubre del año 2005. Su esposa, Mari Paz Prieto, a quien la polio infantil le dejó secuelas, dio un mal paso y sufrió un esguince grave en la pierna buena. «Le dije a Carmelo: ahora sí que nos tenemos que olvidar de las vacaciones, se han estropeado», relata la mujer. Esa noche, el hombre empezó a darle vueltas a la almohada y al día siguiente empezó a trabajar en el prototipo.

Si el multimillonario Bill Gates inició su emporio informático en un garaje, el modesto inventor zamorano se puso manos a la obra en la casa familiar de Pueblica de Campeán, reajustando el prototipo y probándolo con algún vecino. En una semana tenía hecho el asiento supletorio y el matrimonio se marchó tan contento a veranear a la costa mediterránea con el invento, que levantó auténticas pasiones entre los turistas. «Sobre todo en Benidorm, la gente de las terrazas se daba la vuelta para mirarnos y hacernos fotos, y sobre todo los extrajeros, alemanes e ingleses, que levantaban el pulgar y decían good, good». Allí fue, precisamente, donde aconsejaron al creador zamorano que patentara su artefacto de inmediato, antes de que otro se le adelantara y se apropiara de la idea.

«La sencillez que tiene es lo bueno», señala Carmelo Ferrero. En el entorno de la Vaguada, donde residen, hacen una demostración práctica de lo fácil que se maneja y se acopla el 'gadchet' a la silla eléctrica. «En esencia», explica, «se trata de un chasis de tubo de hierro, con un eje transversal, dos ruedas y un asiento soldado en una barra interior regulable en altura».

A la manera que funcionan los tráiler de los camiones, una rótula permite el desplazamiento en las curvas sin que se desestabilice el asiento del pasajero. «Se adapta a cualquier tipo de silla», resume su creador.

Una de las principales dificultades técnicas que tuvo que salvar el autor era el peso que la silla de ruedas tenía que arrastrar. «Se trata de usar la lógica: hay que poner el eje a una distancia muy precisa de la silla, de manera que cuando se sube una persona su peso quede reducido a la mitad: si pesa 60 kilos, por ejemplo, es como si pesara 30».

El asiento se engancha con facilidad, el acompañante tiene también la posibilidad de conducir cómodamente desde atrás, algo muy útil si quien ocupa la silla de ruedas tiene una discapacidad total que le impide mover las manos, y además se puede replegar si el pasajero decide bajarse del vehículo. La última vez que lo han utilizado ha sido en la pasada Semana Santa, para ir a ver una procesión, ya que el casco antiguo estuvo cerrado al tránsito de los coches, excepto los de residentes que tenían que acceder a los garajes.

Pero hasta que Ferrero ha conseguido obtener la patente sobre su invento han tenido que pasar más de tres años. El proceso ha sido largo, señala, porque la Oficina de Patentes Españolas abre una investigación exhaustiva para comprobar que no existe un invento igual ya registrado aquí y en otros países. Pensar en conseguir una patente internacional es, hoy por hoy, para esta familia, toda una utopía, teniendo en cuenta el elevado coste de garantizar las patentes en Europa (que duran veinte años), y mucho más caro si se trata de un certificado expedido en Estados Unidos.

Ofertas

De momento, han recibido cuatro ofertas de empresas de Barcelona y están sopesándolas. Dice el inventor, por activa y por pasiva, que no quiere hacer negocio, sino que lo que le mueve es un fin social, y que lo que más le gustaría es que las autoridades sanitarias de Castilla y León se interesaran por su idea.

Lo primero que hizo fue poner el invento a disposición de la ONCE, pero no tuvo éxito porque, al tratarse de una organización sin ánimo de lucro, le explicaron en la delegación, no puede fabricar nada, aunque sí adquirir en el caso de que una empresa se haga cargo de la construcción y comercialización. La penúltima puerta a la que ha llamado ha sido la del Hospital de Parapléjicos de Toledo, y ahora espera respuesta. También han asistido a ferias internacionales especializadas en ortopedia en Paterna (Valencia) y Madrid, con el fin de pulsar la opinión de los profesionales del sector y ver su reacción ante su innovación. «Lo que tengo muy claro es que este invento lo hice para arreglarnos nosotros, no con otros fines, y hasta estoy dispuesto a regalar la patente a una oenegé en el caso de que ninguna empresa se interese por fabricarlo y distribuirlo», insiste este inquieto jubilado, que habitualmente se ayuda de bastones para caminar y tiene una desportillada silla eléctrica de cinco años.

Dice el noveno mandamiento del Club de Inventores que «el tiempo juega en contra del valor de la patente y de tu entusiasmo por desarrollarla». Tal vez algún día, como la fregona, y salvando todas las distancias, el asiento acoplable a silla de ruedas contribuya a mejorar la calidad de vida de muchas personas a quienes les cuesta caminar.

Para Zamora, con 52.417 pensionistas por jubilación o incapacidad, es decir, la cuarta parte de la población, el támdem de Ferrero es todo un potencial.