El poeta que se enamoró de Segovia

«Como un desvaído cinematográfico acuden a mi mente las escenas lejanas de mi niñez. Barrio de San Esteban... No hay en toda su extensión una pulgada de terreno que no ponga en mí la lírica espuma de la nostalgia... Aún recuerdo aquel enorme vallado gris, donde mis mandiles de niño ondearon en trágicos jirones, aquel laberinto de sillares y capiteles, la torre arruinada, dentro del embalaje de los andamios. Yo la vi crecer codo a codo. Esta torre fina, aérea, vibrante, buen rompeolas de todos los vientos, clavada como un florete en la comba azul del espacio».

Cuando Mariano Grau escribe estas líneas, apenas tiene 28 años. El escritor y poeta describe en su obra 'Segovia en tecnicolor' (1930) el barrio de San Esteban de su niñez, cuando la vida cotidiana de la zona giraba en torno a la reconstrucción de la torre de la iglesia, herida de muerte por una rayo en 1894. Su testimonio tiene un valor histórico, además de literario, porque hace referencia a uno de los episodios más comentados de la Segovia contemporánea: la reedificación del campanario de San Esteban, que hubo que volver a levantar entero. Por eso dice que vio crecer la torre «codo a codo».

Mariano Grau (1902-1986) llevó siempre el barrio de San Esteban en su corazón, pero también la ciudad. Segoviano por la rama materna, a ella llegó con tres años de edad. El chiquillo creció correteando entre sillares y capiteles románicos y en las aulas de la escuelita pública del maestro Martín Chico, situada a escasos metros de la malograda iglesia.

Apenas existen reseñas biográficas de este caballero de aspecto triste que los segovianos de hoy aún recuerdan caminar, meditabundo, por la Calle Real. El abogado e historiador Manuel González Herrero sí se interesó por su vida y su obra en el libro 'Cinco cronistas para un pueblo', publicada tan sólo unos meses después de la muerte de Grau. Cuenta don Manuel que Mariano, que acabó sus estudios de Magisterio en la Normal de Maestros de Segovia y ganó una plaza de funcionario administrativo en el Ayuntamiento, evidenció desde muy joven una decidida vocación por el cultivo de las letras, especialmente de la poesía, así como una dedicación entusiasta por los estudios históricos de Segovia y su tierra.

Fue, a su vez, un hombre de su tiempo, pues si le interesó el siglo XV y contó de primera mano la proclamación de Isabel la Católica como reina de Castilla -él fue quien encontró en el Archivo Municipal de Segovia el documento redactado por el escribano del cabildo en el que se relata el hecho histórico acaecido en 1474-, también se sintió fascinado por el cine, el gran invento del siglo XX. El título de su librito, 'Segovia en tecnicolor', es un guiño a la modernidad en un momento en que los segovianos todavía no conocen el cine sonoro. Grau leyó ésta, su primera obra, en la Universidad Popular Segoviana, la noche del 1 de diciembre de 1930. Todavía no había cumplido los 28 años, pero su prosa lírica reflejaba ya la madurez del escritor reconocido, del escritor laureado.

Tertulia con Machado

Grau tuvo el privilegio de vivir en primera persona la ebullición cultural que Segovia experimentó durante la tercera década del siglo. En 1919 era todavía muy joven, pero vio nacer la Universidad Popular Segoviana, de cuya biblioteca circulante se ocupó muchos años. También fue amigo de Antonio Machado y tomó parte en la tertulia que a comienzos de los años veinte reunía al elemento intelectual y artístico local tanto en los cafés como en el taller que el ceramista Fernando Arranz tenía en la antigua capilla de San Gregorio, próxima a la Casa del Sol. Allí estaban los consagrados Blas Zambrano, Antonio Machado, Julián María Otero o Mariano Quintanilla, pero también los noveles Juan Zuloaga, Juan de Contreras, Luis Martín García-Marcos, Jesús Unturbe, Eugenio de la Torre, Juanito Cáceres, Emiliano Barral, Ignacio Carral y por supuesto Grau. Muchos de ellos reanudaron los contactos tras la guerra y asistieron a las tertulias que siguieron organizando en el mesón El Abuelo.

«Por las tardes, algunas veces, don Antonio solía concurrir a una tertulia literaria que, primero en el café Juan Bravo y después en el de la Unión, habíamos constituido el grupo de amigos que entonces nos adiestrábamos en el martirio de la pluma, víctimas del morbo literario. Machado gustaba de escuchar a todos y reía de buena gana las ocurrencias o los donaires de los más agudos, si bien su risa nunca fue estridente ni ruidosa». Grau tenía veintiocho años menos que Machado, pero hicieron buenas migas. Don Mariano lo contó en su conferencia 'Antonio Machado en Segovia', que pronunció en San Quirce en 1951, ponencia de corte autobiográfico en la que dejó testimonio de sus caminatas literarias con el maestro.

Mariano Grau siempre consideró una suerte haber conocido a Machado. Sentía auténtica admiración por el poeta sevillano, como todos los jóvenes escritores de la época. Éstos no dudaron en homenajear a don Antonio un día primaveral del mes de mayo de 1923 con una comida íntima que celebraron en El Pinarillo, en el bar-restaurante que en la misma ladera regentaba Mariano Gutiérrez, el de Los Gabrieles. Antonio Machado, que incluso recitó poemas, estuvo acompañado de gente de la talla de José Rodao, Mariano Quintanilla, Mauricio Bacarisse, Emiliano Barral, Ignacio Carral, Juan de Contreras y Mariano Grau, entre otros.

Difusor de la cultura

Los años republicanos fueron proclives al florecimiento de la cultura. En 1934, Mariano Grau ingresa como profesor en la Universidad Popular, pero antes había tenido oportunidad de participar en las Misiones Pedagógicas, iniciativa educativa que la II República impulsó para llevar la cultura a las aldeas más atrasadas. El poeta ejerció como anfitrión junto a Agapito Marazuela, en los pueblos de La Cuesta y Carrascal, cerca de Turégano, donde los misioneros culturales desplegaron una intensa labor entre los días 9 y 19 de diciembre de 1932.

Antes de la tragedia de la guerra civil, Mariano Grau publicó un libro de poemas, 'Dintel', una recopilación de los versos que ya habían visto la luz en la revista 'Universidad y Tierra', de la que fue asiduo colaborador, pero su labor literaria se intensificó tras la contienda. En los años de la posguerra, creó tres piezas de teatro en verso y de tema segoviano: 'María del Salto, poema dramático en tres estampas', 'Milagro en la sinagoga' y 'Puente del Diablo'. Las dos primeras llegaron a representarse en Segovia con verdadero éxito. Eran obras de contenido religioso que encajaban muy bien con los gustos de aquellos años cuarenta. También hizo una incursión Grau en el género de la novela con 'Yermo florido', texto que publicó en 1943. Cuatro años después, en 1947, escribió 'La Ciudad de Segovia. Itinerario-guía', que volvió a editarse en 1951. Buen conocedor de la ciudad, Grau fue durante treinta años guía de las personalidades que llegaban a Segovia tanto en viajes oficiales como privados. ¿Quién mejor que él, que además era empleado municipal, para mostrar la Segovia que tanto quiso?

También de 1951 es 'Polvo de Archivos', que tendría una segunda parte en 1967. En ambas obras incluyó numerosos trabajos históricos fruto de sus investigaciones en el Archivo Municipal. El día 1 de enero de 1960, Grau fue investido académico numerario de la Academia de Historia y Arte de San Quirce, heredera de la Universidad Popular, en cuyo seno trató todo tipo de asuntos y desveló infinidad de historias curiosas acontecidas en el pasado.

El Ayuntamiento le otorgó aquel año la Medalla de Plata de la Ciudad, y en octubre de 1979 le nombró cronista oficial de la misma. Unos meses antes de su muerte, el Consistorio acordaba declararle hijo adoptivo -el poeta había nacido en Madrid- y predilecto de Segovia. También tiene dedicada una calle en el barrio de San Millán.

Domingo, 29 de marzo:

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