Poética industrial

JESÚS MAZARIEGOS

E S muy cierto que Claude Lorena pintaba unas magníficas puestas de sol en dársenas portuarias con princesas y santas embarcando y desembarcando, y que más tarde William Turner añadió tormentas a los crepúsculos y agitó los cielos dejando ver que todo ello no era sino pintura. Y no es menos cierto que Caspar David Friedrich hacía unos insuperables amaneceres brumosos en bosques de robles con cementerio al fondo, atardeceres ambarinos y melancólicos, y ocasos verdaderamente religiosos tras el bosque anochecido. Todo eso está muy bien, pero Lorena pintó en el siglo XVII, Turner en el XVIII y Friedrich en el XIX. Y no cabe duda de que en el siglo XX se han pintado suficientes puestas de sol como para superar el cupo de las fáciles emociones románticas degeneradas en tópico turístico, hortera y simplicísimo.

De modo que tenía toda la razón Fernand Léger cuando prefería un trozo de chatarra a una puesta de sol. Y cuando yo explicaba esto mis alumnos, a continuación, decía con vehemencia: «abajo las puestas de sol». Y me miraban en silencio. Y yo insistía: «Si eliges la puesta de sol vas hacia el siglo XIX, hacia en pasado. Si consigues sentir emoción delante de un trozo de hierro oxidado, estás en el buen camino». Y después de cargar las tintas contra las puestas de sol, una vez ganados para la causa de la chatarra, redimía, con alguna reserva, a los denostados ocasos.

José Ignacio Agorreta (Pamplona, 1963) pinta, con sabiduría y delicadeza, fragmentos de máquinas y trozos de chatarra que me emocionan mucho más que una manida y estereotipada puesta de sol. Las protagonistas de su obra son las instalaciones industriales fuera de uso, las fábricas obsoletas, abandonadas y no reconvertidas. Del mismo modo que los grabados de Piranesi no son un acta de los restos antiguos sino un canto emocionado y nostálgico a la Antigüedad, las viejas fábricas que pinta Juan Ignacio Agorreta son como las ruinas de los antiguos templos, y tienen mucho de imagen mental del recuerdo en la neblina que las envuelve, desdibujando alguna de sus líneas y haciéndolas como más distantes y difusas, y en la monocromía sepia de las viejas fotografías y de los recuerdos que se confunden con los sueños.

El trabajo de Agorreta no es el cómputo de decesos de la de la tecnología industrial del pasado inmediato sino la mirada poética que devuelve la dignidad a objetos o artefactos que nunca creyeron poder emocionar a nadie. Las máquinas mutiladas, los depósitos elevados de las estaciones, las grúas paralizadas, las sirenas mudas, las inmensas tolvas huecas y sonoras, las chimeneas testimoniales, han pasado de forma definitiva del mundo de la producción al mundo del arte, de la actividad al recuerdo, del trabajo a la gloria, de sentirse sólo materia a notar que José Ignacio Agorreta los ha dotado de alma.

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