Fútbol para el teletexto

JOAQUÍN ROBLEDO
Fútbol para el teletexto

H abrá quien justifique un estilo con un resultado, habrá quien defienda que lo único valioso tras un partido son los guarismos dibujados en el marcador. No me apunten en esa lista. Si el fútbol no pudiera ofrecer más que lo que ayer vimos en Zorrilla, nunca me habría acercado a un estadio. Desde niño ya sabría que eso no me gustaba y habría buscado otras alternativas para disfrutar de mi tiempo de ocio. De la misma forma que dos no se pelean si uno no quiere, no habrá un buen encuentro futbolístico si un contendiente decide que no lo haya. El Real Valladolid no cejó en su empeño de crear fútbol pero todos los caminos se anegaron en las turbias aguas racinguistas. Los cántabros no vinieron a jugar, el ¿fútbol? que mostraron porta en sus entrañas a su propio asesino. Probablemente muchos aficionados del Racing sentirán un remusguillo de satisfacción pero la reiteración de bodrios semejantes desertizaría, a medio plazo, los estadios. En principio consultaríamos el resultado en el teletexto y después la nada. Es el fútbol que mata al fútbol. El año pasado, el Racing ganó en Pucela dejando un aire de superioridad insultante. Comprendimos el estado de felicidad que se había decretado en El Sardinero. Lo de este año es una afrenta al buen gusto. Vimos a un equipo 'piraña' que vive de la sangre ajena. Se llevaron los tres puntos pero la victoria -toda victoria- es efímera. Este juego despojado de los triunfos, hecho que más temprano que tarde habrá de suceder, soliviantará a los que hoy sonríen al recordar, con gafas de cerca, el resultado.

Tácticamente mostraron muy pocos recursos, en realidad uno sólo. El regreso de Zigic impone esa insistencia ya que, por sus características, mediatiza las opciones ofensivas que se circunscriben al envío de balones en largo hacia la cabeza del serbio y, a partir de ahí, el resto se aprovecha del caos generado en su entorno. El plan B consiste en aprovechar cualquier error del rival. Y ese error se produjo. Un centro blandito no lo pudo atajar Justo Villar y un remate sin oposición certificó el resultado. Pero culpar al buen portero paraguayo de la derrota sería mendaz e injusto. Parece obvio que la labor de un portero es parar pero hay una que le precede: evitar tener que hacerlo. Su arrojo libra de muchos peligros a la portería vallisoletana, manda y domina en el área, sale e impide muchos remates. Otros porteros, que se cobijan bajo el larguero y luego lucen sus palomitas, cuando encajan un gol se escudan en que el disparo era imparable. El trabajo de Villar es menos lucido pero más lúcido. El árbol del fallo no debe tapar el bosque de una buena actuación. Estamos en buenas manos.