El tiempo del placer

Una antología de relatos acerca al lector la literatura libertina, que tuvo su máxima expresión en el XVIII, siglo que marcó la pauta

PABLO MARTÍNEZ ZARRACIN
Fragmento de 'Susana saliendo del baño', de Jean Jacques Henner./ EL NORTE/
Fragmento de 'Susana saliendo del baño', de Jean Jacques Henner./ EL NORTE

A comienzos del siglo XVIII París era la capital del mundo. En sus salones se cocinaban las ideas que estaban a punto de cambiar la Historia y en sus calles recién iluminadas el filósofo convivía con el libertino, dos categorías que muchas veces terminaban confundiéndose en una sola. El Antiguo Régimen se venía abajo y su deterioro se aceleraba definitivamente tras la muerte de Luis XIV, cuyo cadáver fue llevado al cementerio de Saint Denis entre la algarabía del pueblo. Su sucesor, Felipe de Orleans, no tardó en restablecer el derroche económico más disparatado y en reanimar el espíritu festivo de la capital, volviendo a permitir los bailes, recuperando el interés por la moda y la gastronomía, favoreciendo la apertura de óperas, cafés y teatros.

Consciente de que entre las responsabilidades de un gobernante está la de dar ejemplo, el Regente se dedicó a organizar en el Palacio Real algunas de las francachelas más salvajes que vio el siglo. Siempre con la bendición del famoso Abad Dubois -que ya había recibido el palio arzobispal-, Felipe de Orleans fue durante algunos años el mayor pecador de Francia. Mundano e insaciable, el gobernante estaba dominado por una naturaleza que, como se anota en la entrada de 'La Enciclopedia' correspondiente a 'libertinaje', estaba «a medio camino entre la voluptuosidad y la depravación».

Si antes del XVIII el término libertino se reservaba para ateos y librepensadores, el Siglo de las Luces lo emparentará definitivamente con la sensualidad. El libertino ilustrado es un hedonista que no reconoce más moral que la natural: un caballero elegante, cínico y materialista que colecciona engaños y amoríos y trata de no desaprovechar ninguno de los placeres que el mundo oferta a su alrededor. Para él no hay normas, ni tampoco un cielo o un infierno en el que pasar la eternidad. Así, en lugar de controlar sus pasiones, las satisface.

Pensemos en el duque de Richelieu, sobrino del célebre cardenal, íntimo amigo de Voltaire y mariscal de Francia. Siendo un niño fue encarcelado en la Bastilla por espiar a la duquesa de Borgoña mientras se cambiaba de ropa. Poco después, cruzaba apuestas con su amigo Crecoveur sobre cuánto tiempo emplearía en seducir a la amante de éste. No tardó mucho en hacerlo. En la edad adulta acumulaba romances y citaba a varias mujeres en casas cercanas para poder ir visitándolas alternativamente. También se sabe que organizaba veladas en las que los comensales cenaban desnudos e intercambiaban sus parejas con la naturalidad con las que otros intercambiaban opiniones. Incluso está documentado que instaló un fondo corredizo en la chimenea de la alcoba de madame de La Popelinière para poder visitarla con discreción, sin molestar demasiado a su marido. Atendiendo a los recuerdos de su confidente Rulhière, el señor de Richelieu era el hombre del momento: «Era el oráculo de la juventud brillante; aunque uno hubiera nacido constante; aunque se estuviese satisfecho con la propia amante, siempre se deseaba imitar a aquel al que todos miraban como el héroe de la galantería».

Galante y realista

Como Richelieu, el libertino no respetaba ninguna barrera que le separase de su propia felicidad. Su aspiración era llevar una vida excesiva y novelesca y sus deseos encontraron reflejo e inspiración en un género literario que nació y creció con el siglo. Si en el XVI y el XVII la literatura francesa había producido algunos cancioneros burlones y subidos de tono, en el XVIII triunfó la narrativa realista y licenciosa, es decir, la libertina. 'Las amistades peligrosas' de Laclos, 'La joyas indiscretas' de Diderot o 'Justine' del Marqués de Sade son algunos de los títulos libertinos que han llegado hasta nosotros con mejor salud. Sin embargo, la producción fue enorme y variada. Quien desee intensificar los rigores del verano curioseando entre algunas de las páginas más tórridas escritas en el Siglo de las Luces, pueden hacerlo ahora acercándose a una antología editada por Siruela titulada 'Cuentos y relatos libertinos'. El libro está al cuidado de Mauro Armiño y propone un ilustrativo itinerario que va desde Voltaire a Sade, es decir, desde el surgimiento del género hasta su último y más violento eslabón.

La antología recoge relatos de autores como Godard de Beauchamps, Stanislas de Boufflers -al que un abrumado Rousseau elogió diciendo que era «tan brillante como se puede ser»-, Guillard de Servigné, Claude-Henri de Fusée de Voisenon -otro amigo de Voltaire-, Charles Pigault-Lebrun o Godard d'Aucour. Todos ellos atraparon en sus ficciones la melodía alegre y excesiva de su época y lo hicieron mostrando el cuidado formal que distingue lo literario de lo pornográfico. En la antología hay lugar para las fábulas más o menos exóticas, para el realismo trepidante, para la narración cínica y picante, para el humor (en uno de los relatos quien habla es un canapé que ha soportado el peso de más de un lance amoroso) y también para el relato filosófico.

Como recuerda Mauro Armiño en su prólogo, la literatura libertina suele dividirse en dos grupos. El primero correspondería a aquellos relatos de corte costumbrista y refinado, en los que los personajes suelen ser diletantes que combinan las labores propias de la seducción con largas reflexiones sobre la nueva moral. El segundo estaría compuesto por las ficciones más descarnadas, aquellas en las que el negocio de la pasión está visto con los ojos de quienes salen peor parados: prostitutas, mendigos, hijos de burdel, adolescentes que caen en las redes de adinerados calaveras sin escrúpulos.

Ambas visiones nos ofrecen la cara y la cruz de una única moneda forjada en el noble material del realismo. Si en el París del XVIII los aristócratas dedicaban gran parte de su energía a satisfacer sus deseos, los burgueses entraban en ese juego por acercarse a los círculos del poder y las clases bajas hacían lo mismo para mitigar en lo posible su miseria. Al final, toda la sociedad se veía involucrada en un teatrillo carnal que los nuevos novelistas trataban de reproducir con verosimilitud. En un breve ensayo titulado 'Idea sobre las novelas' el Marqués de Sade defendía el realismo y reaccionaba contra las novelas almibaradas: «No es pintando las fastidiosas languideces del amor o las aburridas conversaciones de alcoba como se puede obtener éxitos en este género; sino trazando caracteres vigorosos que, juguetes y víctimas de esa efervescencia del corazón conocida bajo el nombre de amor, nos muestren a la vez tanto los peligros como las desgracias».

Una casa en las afueras

Aunque haya llegado hasta nosotros como una miniatura adornada con el encanto de lo pecaminoso, la literatura libertina cumplió una función importante en su época: la de retratar al hombre nuevo, aquel que había aprendido a vivir sin las ataduras de la moral religiosa. El éxito -muchas veces clandestino- del género fue fulminante. Novelas como 'Teresa filósofa' de Boyer d'Argens o 'El portero de los cartujos' de Gervaise de Latouche circularon de mano en mano, conocieron reimpresiones y burlaron una y otra vez la censura para llegar a todos los rincones, desde los palacios a las casas modestas.

Eran libros que servían como crónica y como inspiración. También como tesoros de lujuria y como auténticos manuales de formación, especialmente para los jóvenes. Lo explica Mauro Armiño: «Todos ellos pretendían educar, en el fondo tanto de las novelas galantes como de las tenidas por obscenas había o una educación teórica materialista o una puramente sexual, una iniciación a los modos y maneras del arte de amar».

La academia en la que se enseñaba ese arte de amar era la 'petit-maison', es decir, la casita que los nobles y los adinerados burgueses tenían preparada en las afueras para consumar sus conquistas con discreción y comodidad. Ellos y ellas. Aunque en la literatura libertina la mujer suele ser un trofeo a conseguir, París vio como algunas damas adaptaban su conducta al exigente espíritu de la época. Mujeres como la duquesa de Boufflers o la brillante Madame du Deffand medían su ingenio con los filósofos y, como lo más avezados seductores, disponían de su propias 'petites-maisons'.

Las pequeñas fincas dedicadas al amor clandestino están muy bien descritas por el protagonista del relato de Godard d'Aucour que se incluye en la antología de Siruela: «Las 'petites-maisons' son una idea encantadora, su inventor es el misterio, las construye el gusto, las dispone la comodidad y la elegancia amuebla los gabinetes. En ellas sólo se encuentra lo necesario, pero eso necesario es veces más delicioso que todo lo superfluo. Jamás hay en ellas ningún pariente de grado prohibido, y por eso nunca hay jaleo. La prudencia está inscrita en la puerta, y el secreto que hace de centinela sólo permite la entrada al placer y al amable libertinaje».

Como se ve, los libertinos eran gente propensa a la retórica y el sibaritismo. Al lector contemporáneo no dejará de sorprenderle la facilidad con que su discurso asciende y estalla en vistosas pirotecnias que rebotan contra unas paredes atiborradas de cuadros de motivos mitológicos y espejos grandilocuentes. Antes que para besar, los casanovas ilustrados utilizaban los labios para encadenar frases y razonamientos airosos. «entre los verdaderos libertinos», escribió Sade, «se acepta que las sensaciones más vivas son las que se comunican por el oído, porque el goce procede de la cabeza, de la imaginación. No es la desnudez lo que excita al libertino, sino las palabras, que calientan la cabeza e incendian los sentidos».

La fiesta terminó con la Revolución. No quedaba sitio para el héroe libertino en una sociedad que aspiraba a la igualdad y a la fraternidad y se olvidaba de la felicidad y el placer. El rastro de los autores mundanos se diluyó en la Historia para reaparecer en rincones poco iluminados del Romanticismo, como el de la novela gótica, en la que suele darse un erotismo larvado, idealizado y sufriente. Sin embargo, la herencia es débil y no soporta demasiadas comparaciones: mientras que el romántico es un personaje idealista y atormentado, el libertino es un cínico festivo y epicúreo. Según algunos autores, habrá que esperar hasta los surrealistas para encontrar otro grupo de artistas que viera así la vida.