Un republicano con sotana

Jerónimo García Gallego, hacia 1929. / 'EL AVANCE SOCIAL'/
Jerónimo García Gallego, hacia 1929. / 'EL AVANCE SOCIAL'

«Soy republicano, y lo soy porque debo serlo, pues un acatamiento actual a la República no es sino la deducción de un amor inextinguible hacia la soberanía nacional, pues, aunque como todo poder procede de Dios, éste no lo delega en ninguna familia ni en individuo determinado, sino que lo transmite al pueblo para que éste se dé el régimen que se acomode a su voluntad».

Las palabras del doctor García Gallego atruenan en el coso del teatro Cervantes, lleno hasta la bandera. Faltan unas horas para las elecciones a las Cortes Constituyentes, convocadas para el día 28 de junio de 1931. El mitin ha sido organizado por un grupo de seguidores del sacerdote procedentes de Turégano, su patria chica. Las palabras de don Jerónimo, que a pesar de su edad -sólo tiene 38 años- posee un prestigio intelectual reconocido, descienden sobre el patio de butacas del teatro y penetran en los asistentes, entusiasmados con la oratoria del cura metido a político.

«Tengo más derecho -prosigue- a llamarme republicano, que los que han izado la bandera tricolor en sus barcos mercantes o en sus barcas de pesca, pues pedí Cortes Constituyentes que resolvieran el problema del régimen de nuestra patria cuando quien tal hacía era tachado de hombre perturbador y peligroso, y los verdaderamente perturbadores eran quienes a tales ideas se oponían. Dije entonces también que la monarquía no era necesaria para la existencia de la religión y del orden social, y, como sacerdote y católico protesté contra esas patrañas considerando que la religión está por encima de toda consideración humana».

Los aplausos atruenan, y don Jerónimo, sin renunciar a su catolicismo, continúa esbozando un discurso que se aproxima a las tesis de la izquierda: «Hay que mejorar el salario -sentencia- y darle carácter familiar, llegar hasta la participación en los beneficios, hermanando capital y trabajo, y conceder a los obreros lo que se debe conceder según un amplio espíritu de justicia cristina social».

Las elecciones legislativas se dirimen por listas abiertas, y el pueblo de Segovia, que en los comicios municipales del 12 de abril se había decantado claramente por la coalición republicana, socialista y obrera, apuesta en esta ocasión por el canónigo de El Burgo de Osma, que recibe 14.573 votos en toda la provincia y supera a su más directo rival, el monárquico Rufino Cano de Rueda, que obtiene 12.512. García Gallego, que concurría como «católico, republicano y demócrata», pero independiente de los grandes bloques políticos, fue el candidato más votado en Segovia, y la provincia aportó al Congreso cuatro diputados: el independiente García Gallego, los republicanos Cayetano Redondo Aceña y Pedro Romero Rodríguez, y Rufino Cano de Rueda, abogado, propietario de 'El Adelantado', representante de una derecha muy desorganizada y figura señera del caciquismo rural que tanto peso había tenido durante la monarquía corrupta de la Restauración.

La euforia se desbordó en Turégano -los vivas a España, a la República y a don Jerónimo se mezclaron en la plaza con los compases del himno de Riego-. Genoveva Sanz de Pablos, maestra nacional, subraya en un artículo publicado en el diario 'Segovia Republicana', el 1 de julio de 1931, la victoria de «un hombre grande sin pretender serlo», que «ha triunfado siendo pobre, porque el dinero, sin el trabajo, no vale de nada, y en cambio la voluntad y el trabajo pueden realizar, y de hecho lo realizan, el milagro de suplir la falta de medios económicos». Don Jerónimo era en verdad el candidato con más adversidades. No tenía prensa aduladora, ni medios económicos para hacer propaganda, pero las palabras que pronunció en los pueblos que visitó le valieron para lograr un escaño en las Cortes más trepidantes de la todavía breve historia democrática española.

Orador brillante

El sacerdote segoviano no pasó desapercibido porque acudía al Congreso de los Diputados con sotana y todo; pero no tardó en darse a conocer por su oratoria brillante, su mensaje directo y su defensa de la democracia. Ignacio Carral, cronista en aquellas sesiones memorables que protagonizaron hombres de la talla de Azaña, Alcalá Zamora, Prieto, De los Ríos o Lerroux, dejó constancia de ello: «Los periodistas que atisbamos el hemiciclo desde la tribuna de prensa hemos seguido durante media hora las frases elocuentísimas del señor García Gallego, sus bellas imágenes retóricas, sus apóstrofes enérgicos, todo envuelto en el revolar continuo de sus brazos».

Jerónimo García Gallego no se achanta y vive con entusiasmo los debates que acabarán dando cuerpo a la Constitución de 1931, la misma que él vota a pesar de que transforma España en un Estado laico. Para sorpresa de muchos, en sus intervenciones, el cura elogia la labor del Gobierno de la República, de signo progresista, invoca la democracia, fustiga a los «falsos dirigentes del clero» y censura la monarquía borbónica.

El 15 de agosto de 1931, el novel

pero talentoso parlamentario concede una entrevista al periódico local 'Segovia Republicana':

«-¿Cómo le va el cargo, don Jerónimo?» -le pregunta el periodista.

«-Hasta ahora ni bien ni mal, porque apenas he tenido ocasión de ejercerle ( )

-¿El ambiente en las Cortes?

-Radicalísimo. No ha habido jamás un parlamento tan de izquierda como este. La actuación de los escasísimos elementos de derecha que existen será dificilísima y tropezará siempre con obstáculos insuperables si no se modifica la tónica actual de la Cámara ( )

-¿Cómo cree que debe elegirse el presidente de la República?

-Por el pueblo. Directamente por los ciudadanos que tienen voto. En una palabra, por sufragio universal. Esta es la verdadera democracia. Si le nombrasen las Cortes, la suprema jefatura del Estado se convertiría en un botín de guerra de las oligarquías políticas, con sus pasiones desatadas y con sus caudillajes irresistibles »

Ataques

El canónigo de El Burgo de Osma no concurrió a las elecciones de 1933, que ganaron las derechas, pero volvió a la carga en un momento todavía más delicado, en 1936, cuando España estaba al borde del abismo. García Gallego ya tenía a la derecha segoviana en contra, y por ende, a los sectores católicos más recalcitrantes, que no soportaban sus críticas a José María Gil Robles, jefe de la CEDA. Desde 'El Adelantado', el periódico de Cano de Rueda, y 'La Ciudad y los Campos', el semanario de Acción Popular, el partido del marqués de Lozoya, se le lanzaron ataques furibundos que él no dudaba en replicar, aunque era la prensa progresista, sobre todo el 'Heraldo Segoviano', la que canalizaba sus argumentos. En abril de 1935, este semanario, dirigido por Carlos Martín Crespo, sale en defensa del sacerdote en medio de un clima especialmente crispado tras los sucesos de Asturias en octubre del año anterior: «Es verdaderamente bochornoso que seamos las personas de izquierdas las que tengamos que salir en defensa de un hombre de integridad indiscutible a quien la intransigencia de las derechas, que no toleran que se discuta su labor ( ), ha colocado en situación indefensa, viéndose imposibilitado para desvirtuar el falso concepto que de él han formado con sus órganos de prensa, enrareciéndole el ambiente desde el momento en que se destacó como persona capaz de eclipsar a muchos que se juzgan insustituibles».

Suspendido 'ad divinis'

El sacerdote decide volver a presentarse a las legislativas del 16 de febrero de 1936, las del triunfo del Frente Popular de izquierdas, y la campaña en su contra se radicaliza, como la vida española en sí. La prensa local derechista consigue poner en el disparadero al clérigo de Turégano, presentándolo ante sus electores como baldón de la Iglesia y un rebelde a la disciplina eclesiástica.

Las maniobras del clero y la derecha local para menguar las posibilidades de García Gallego no cesaron en los días previos a la contienda electoral. En realidad, temían que el liberal «disfrazado de cura» acabara recabando sufragios que consideraban suyos, y el peligro de perder votos femeninos pesaba en el ánimo de los ultraconservadores. Días antes de las elecciones, el obispo de Segovia, Luciano Pérez Platero, beligerante como pocos contra las reformas republicanas, suspendía al sacerdote de dar misa y ejercer los actos divinos por haberse proclamado candidato a diputado y hacer propaganda política sin su autorización ni la del prelado de El Burgo de Osma.

La prensa de Acción Popular, feliz ante la medida, propagó que García Gallego era un sacerdote destituido por el obispo en sus funciones presbiteriales, sin duda para restarle votos. Pérez Platero nunca perdonó a quien pensaba distinto y representaba un obstáculo para el triunfo de sus amigos monárquicos y agrarios. Hubo muchas personas católicas que, indignadas por el proceder del prelado, dejaron de ir a la iglesia, pero la decisión estaba tomada y acabó perjudicando electoralmente al sacerdote independiente, pues García Gallego sólo obtuvo 9.602 votos frente a los 38.041 de Juan de Contreras, marqués de Lozoya; los 38.640 de Jiménez Fernández y los 29.864 de Cano de Rueda, los candidatos derechistas, que lograron entrar en el Congreso junto al aspirante del Frente Popular de izquierdas Arturo Martín de Nicolás, que sumó 25.853 sufragios. Turégano se volcó en una masiva manifestación de cariño en desagravio de la afrenta del obispo.

Días después, un artículo publicado en el 'Heraldo' por el abogado republicano Bernaldo de Quirós celebra el triunfo de la izquierda en el conjunto del Estado, pero critica la actitud del clero antes de la consulta electoral: «Se decían católicos y, con irreverencia de blasfemos, metieron a Dios en la contienda electoral y quisieron convertir a Cristo en agente electorero, enfrentándole con el pueblo al utilizar su santo nombre para propagar las candidaturas del bloque derechista ( ) sin pararse a pensar en su ceguera que podía ocurrir que las elecciones las perdieran. Y eso es lo que ha ocurrido, que las elecciones las ha ganado el pueblo, cuya voz es la voz de Dios, según las Sagradas Escrituras».

Ni que decir tiene que el doctor Jerónimo García Gallego hubo de exiliarse de España cuando comenzó la guerra civil, y un manto de silencio cubrió su vida y su obra. De las aulas de las escuelas de Turégano fueron retirados los retratos del canónigo que el Ayuntamiento había ordenado colgar en 1929, a raíz del homenaje que el pueblo tributó al religioso con motivo de su nombramiento como Hijo Predilecto de la villa.

García Gallego se refugió en Cuba, donde permaneció hasta su muerte, ocurrida en 1960. La democracia española actual tiene una deuda con él.

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