Juan Panero vuelve de la sombra

JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ
Juan Panero vuelve de la sombra

EL 2 de abril de hace un siglo (1908), surgía a la luz de la vida el primer literato de una 'dinastía' marcada por el fatalismo: Juan Panero Torbado. Un año mayor que su famoso hermano Leopoldo Panero -tantas veces estigmatizado como poeta oficial del franquismo, cuando a punto estuvo de ser una de las tempranas víctimas del Alzamiento del 18 de julio del lado rebelde, ya que entre las imputaciones que recaían sobre él estaba la de haber pertenecido al Socorro Rojo, que era pasaporte seguro al paredón de fusilamientos-, y tío de los no menos conocidos escritores Michi, Juan Luis y Leopoldo María, inmortalizados, más que por sus obras, por una desapacible peripecia vital trasvasada a los docudramas de Jaime Chávarri y Ricardo Franco. Juan Panero inauguró, con su verbo pulcro de hondura machadiana y preocupación formal para transmitir su queja amorosa, una estirpe de la que resultó, a su vez, la primera baja, que se produjo cuando apenas llevaba un lustro dedicado a la poesía. Murió en accidente de tráfico el 7 de agosto de 1937 cuando se desplazaba de León a Astorga. Panero, para entonces, y aunque dos años antes había publicado su único libro unitario, 'Cantos del ofrecimiento', en la colección Héroe, dirigida por el republicano Manuel Altolaguirre, se había alistado como alférez provisional en el bando nacional.

Juan y Leopoldo Panero fueron forjándose como poetas sin estridencias en la casona familiar de Astorga, próxima al palacio episcopal y que su tío Leoncio Núñez había adquirido a su vuelta de América. Juntos pero no revueltos, mientras Leopoldo hacía uso de la parte superior, a la que bautizaron como 'el Palomar', Juan empleaba la planta baja de un palacete de casi un millar de metros cuadrados. Años después de desaparecido Juan, Leopoldo confesaría que «había vivido conmigo las más puras y nobles ilusiones del alma». Lejos de ser estéril, el mazazo que constituyó la repentina muerte de Juan Panero impulsó, como ha advertido el profesor Francisco Martínez García, la vocación del hermano, todavía no completamente definida: «El torbellino de su inspiración lírica, grave, leve, transparente, sombría, pasó (...) a sacudir los arraigados versos, aún no nacidos, de Leopoldo. Y la herencia poética de Juan no se perdió... del todo». Póstumamente se reunió la obra dispersa, y no dispuesta para la imprenta, de Juan Panero en antologías como la 'Selección poética' que en 1942 acogió el semanario 'Sí' o la edición en 1986, por parte del Centro de Estudios Astorganos, de la 'Obra poética', aunque los textos que se recogen en este libro han suscitado censuras como la de J. A. Carro, al declarar que «repite poemas en diversas fases de composición» o que incluye «versos sueltos que no son sino apuntes, puro material poético no elaborado».

Del sacudimiento doloroso que invadió el ánimo de Leopoldo Panero dejó testimonio la sentida elegía 'Adolescente en sombra', en la que, con versos «lacerados por la tristeza», según sus palabras, se dirige al hermano-compañero malogrado: «A ti, que fuiste reciamente / hecho de dolor como el roble; / siempre pura y alta la frente, / y la mirada limpia y noble; // a ti nacido en la costumbre / de ser bueno como la encina; / de ser como el agua en la cumbre, / que alegra el cauce y lo ilumina; // a ti que llenas de abundancia / la memoria del corazón; / a ti ceniza de mi infancia / en las llanuras de León». El tronco sesgado en plena juventud también movió a otro amigo, el poeta Luis Rosales, a referirse en 'La casa encendida' a su armoniosidad: «Siempre era puntual. Hablaba poco; hablaba muy despacio, / (...) parecía como un niño que pensaba escribiendo. / (...) Era proporcionado de sueño y de estatura, / y no podía cambiar, / porque estrenaba su vigoroso corazón a todas horas».

En 'Cantos del ofrecimiento' -título más afortunado que el barajado en principio por el autor, 'Pasión y gloria del hombre'- reunió Juan Panero su cosecha ya en sazón, después de las adolescentes tentativas como caricaturista en revistas estudiantiles como 'La Saeta' (1925) o 'Humo' (1928), donde compartió inquietudes con su hermano Leopoldo o con Luis Alonso Luengo, el mismo que habría de reconocer cómo el contacto del autor en ciernes con el ambiente madrileño que conformaría la denominada Generación de 1935 fue el detonante de su línea creadora, ya que «encendió su alma, cargada como estaba de ocultos e inflamables lirismos», afirma Alonso en 1944. Tras unos inicios en los que se alimentó de la herencia becqueriana y del neopopularismo del 27, se estrena con un poemario del que habló con esplendidez, en las páginas de 'ABC', Gerardo Diego, para quien el astorgano era «poeta altísimo, ya en la eminencia de la plenitud», y el fruto de su escritura nada menos que «pura, ingenua, transparente, sosegada, hermosa poesía (...), poemas mansos, estremecidos, horizontales».

Las insistencias temáticas sobre las que gira Juan Panero son el binomio amor-muerte, aliado a las notas de «angustia, dolor, pena y nostalgia», según Santos Alonso, y marcado por el estilizado uso del verso blanco. El paisaje castellano pulula por sus textos, pero no en forma toponímica, sino «sentido con el estremecimiento de quien lo percibe y vive en sus más pequeños detalles», como ha dicho Cano Ballesta. La emotividad idealista, casi mística como la llamó Luis Felipe Vivanco, con que Juan Panero aborda el tema amoroso va asociada al recogimiento y la soledad de elevadas miras; la realidad inmediata se le queda pequeña, y escribe: «Sólo quiero la voz entera de los hombres. / La voz que se levanta en la serenidad augusta del silencio. / (...) Sólo la voz del hombre que, solo, en soledad, le rebosa su hombría / y sabe de la voz callada de la muerte». Juan Panero no esquiva la muerte, sino que la acaricia como razón de la existencia: «Morir es consagrar el fervor de la sangre como la flor de harina consagra la blancura», afirma uno de sus versos maduros.

De la capacidad de Juan Panero para levantar edificios de robustez lírica no exenta de calor nos dan fe poemas como el que cierra la serie de 'Sonetos amorosos' que, a modo de tributo póstumo, ofreció en su primer número (noviembre de 1940, pp. 79-80) la revista de Falange 'Escorial' y que dice así: «Del Tajo, en su ribera transparente, / subió la dulce voz de tu garganta. / Un sauce en primavera se levanta, / celebrando tu voz adolescente. // Memoria de sus aguas es tu fuente; / onda al rubor del cisne que la canta. / Milagro del color, tu carne santa / sonrosa tus mejillas débilmente. // Das al río temblor con tu cintura / que amenaza quebrarse en dulce brisa / como en guijos se quiebra el agua oscura. // Del Tajo hoy eres tú la fuente pura, / sus aguas enclaustrando en tu sonrisa. / Bautismo de Toledo es tu dulzura».

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