El hombre que soñó con la libertad

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Mariano Quintanilla, ya en su madurez. / ESTUDIOS SEGOVIANOS/
Mariano Quintanilla, ya en su madurez. / ESTUDIOS SEGOVIANOS

«En Segovia -una de las ciudades españolas y aun europeas más personales, por eso, tal vez, de más difícil manejo por los poderes externos- ha habido siempre una ventana muy abierta y unos hombres muy despiertos, atentos al paisaje del mundo, al vuelo de la idea, y que -hoy como ayer- no se asombran fácilmente de novedades o contestaciones».

Manuel González Herrero (1924-2006) pronuncia estas palabras en 1969 refiriéndose a Mariano Quintanilla, que acababa de fallecer. Ante la Academia de San Quirce, el intelectual glosa la vida de un hombre con el que se sintió muy identificado. A juicio de don Manuel, Mariano Quintanilla es la proa de una generación de intelectuales que hizo saltar por los aires esa concepción de Segovia como ciudad levítica, conservadora e inmóvil que siempre han defendido quienes no la conocen.

La democracia que trajo la Constitución de 1978 está en deuda con individuos de la talla moral de Quintanilla. Quizá porque quiso nacer sin traumas, el nuevo régimen de libertades que siguió a la dictadura del general Franco se olvidó de los hombres que, con sus aportaciones intelectuales, supieron ver más allá de la triste y patética realidad que les rodeaba. Consiguieron traer la República, sí, pero España nunca ha hecho mucho caso de sus pensadores. Después, el franquismo les condenó al ostracismo en medio de una persecución implacable contra la inteligencia que resucitó los tiempos más oscuros de la Inquisición. De Quintanilla me quedo con la primera etapa de su vida, sencillamente, porque es cuando su pensamiento fluye libre y auténtico.

Mariano Quintanilla Romero nació en Segovia el 22 de noviembre de 1896 -esta semana hubiera cumplido, pues, 111 años-, en el seno de una familia acomodada y de noble estirpe. Era hijo de Mariano Quintanilla y Martínez, médico y concejal del Ayuntamiento, y de Ricarda Romero y Gilsanz. La familia siempre residió en el número 1 de la Plaza Mayor, esquina con Marqués del Arco (antes Los Leones), donde el pequeño Mariano creció rodeado de libros y conocimientos.

El muchacho cursó con brillantez la enseñanza primaria en la escuela pública de San Esteban y el bachillerato en el Instituto General y Técnico, el mismo que desde 1977 lleva su nombre. Dice González Herrero que, ya en sus primeros estudios, Quintanilla se forma en los principios que defenderá durante toda su vida: pensamiento riguroso, amor al trabajo, espíritu de tolerancia, sentido acendrado del deber, de la moderación, de la sencillez y del respeto a las opiniones de los demás. Con idéntico éxito acabó licenciándose y doctorándose en las facultades de Derecho y Filosofía y Letras, de manera que ya en 1920 consiguió una plaza de profesor-ayudante de Letras en el instituto de Segovia, donde coincidió varios cursos con Antonio Machado, con quien entabló una muy sincera amistad.

Quintanilla fue un joven con inquietudes intelectuales muy precoces, una inteligencia fuera de lo común y un espíritu dinámico que le convirtió en todo un referente para sus propios compañeros. En 1916, a punto de cumplir los veinte años de edad, obtuvo una mención honorífica en el certamen literario organizado por la Asociación de la Prensa con motivo de la coronación canónica de la Virgen de la Fuencisla. Su poema titulado 'La Elegía del Profeta' cosechó el aplauso unánime del jurado.

Prensa y tertulia

También desde temprana edad publicó el intelectual en ciernes artículos en la prensa, pues formó parte de la redacción de 'La Tierra de Segovia', el diario que se editó entre 1919 y 1922, y firmó infinidad de artículos en el 'Heraldo Segoviano' de Carlos Martín, de tendencia progresista, que salió a la calle en dos etapas, entre 1926 y 1931 y entre 1935 y 1936.

El inicio de los años veinte se corresponde con la edad de plata de las letras y las artes segovianas. El joven Mariano se siente identificado con sus compañeros de generación -los Ignacio Carral, Fernando Arranz, Agapito Marazuela, Emiliano Barral, Juan José Llovet, Julián María Otero, Pablo de Andrés Cobos, Marceliano Álvarez Cerón - y es uno de los promotores de la tertulia en la que también toman parte Blas Zambrano y Antonio Machado, que llegó a Segovia en diciembre de 1919 para asumir su cátedra de Francés en el Instituto General y Técnico.

Según Pablo de Andrés Cobos, «Mariano Quintanilla, en los mismos o muy pocos años más, aparecía siempre ante nosotros, los demás de la tertulia, como respetable y respetado, por la gravedad de su conducta y por su mucho y bien articulado saber. Todos le mirábamos siempre como fuente de seguros conocimientos y todos hemos parasitado más o menos en torno a sus saberes garantizados», apunta.

Años convulsos

El 14 de abril de 1931 sorprende a nuestro protagonista en Zamora, en cuyo instituto ejerce su cátedra en aquella hora crucial de España. Quintanilla no permanece ajeno a la explosión de júbilo que invade al pueblo al proclamarse la II República y personifica en el balcón del Ayuntamiento zamorano la instauración del nuevo régimen entre vivas a España y banderas republicanas. Fiel a sus principios y valores, recomienda «el orden más perfecto, el respeto más absoluto a cosas y a personas -aun a los adversarios-» y pide que todos los afiliados y simpatizantes se conviertan desde este histórico momento «en los defensores y guardadores más celosos del orden, del respeto, de la ley y de la justicia», según narra el 'Heraldo de Zamora' del día siguiente.

Meses después, en octubre, el ministro de Gobernación de la República, Miguel Maura, nombra a Mariano Quintanilla gobernador civil de la provincia de Zamora, cargo que nunca le resultó cómodo; de hecho, no permaneció en él mucho tiempo y pronto retomó su actividad docente. Su designación política le obligó a aplazar su boda con Elena García Fresnedo, su futura esposa.

Cuando estalla la guerra civil, el catedrático imparte clases en el instituto Calderón de la Barca de Madrid, donde vuelve a formar claustro con Antonio Machado. Después, la represión y el silencio. El fascismo nunca le perdonó ni sus ideas liberales ni los servicios prestados a la causa republicana como gobernador de Zamora, a pesar de su talante moderado y racional. En 1939, al regresar a Segovia, fue detenido, encarcelado y despojado de su cátedra. Al parecer, la intercesión del marqués de Lozoya, hombre de gran influencia durante la dictadura franquista, le libró de males mayores. Cuenta su amigo Juan de Vera que, falto de medios económicos propios para el sostenimiento de una familia con cuatro hijos, aceptó el cargo de profesor en un colegio particular de Olmedo, donde residió durante varios años. En 1949 reingresó en el cuerpo de catedráticos y pudo volver a ocupar su puesto en Ávila. Finalmente acabó jubilándose en el instituto Cisneros de la capital madrileña.

Mariano Quintanilla Romero vivió los últimos años de su vida volcado en la investigación de la historia local, que dominaba con precisión, y en la edición de 'Estudios Segovianos', la publicación de la Academia de Historia y Arte de San Quirce, heredera de la Universidad Popular, que él impulsó. Murió a los 72 años. Como subraya Mariano Gómez de Caso, su legado es inmarcesible.