Leticia Rosino nunca se irá de Tábara

Santiago Fresno Andrés, tio carnal de Leticia y Gemma de Dios, alma gemela desde la primera infancia escolar. /Gabriel Villamil
Santiago Fresno Andrés, tio carnal de Leticia y Gemma de Dios, alma gemela desde la primera infancia escolar. / Gabriel Villamil

El pueblo zamorano recuerda a la joven «más brillante de su tiempo», que regresó a su tierra para morir a manos de un chico inadaptado

Antonio Corbillón
ANTONIO CORBILLÓN

«Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo/ Pasar por todo una vez, una vez solo y ligero/ ligero, siempre ligero». Será muy difícil para Tábara hacer caso a esta poesía de León Felipe, su hijo más ilustre y cuya estatua preside la coqueta plaza de este pueblo del Aliste zamorano.

Sus 780 vecinos ni pueden ni quieren olvidar a Leticia Rosino Andrés, que a sus 32 años era probablemente la joven más brillante de su generación. Y estas tierras no están sobradas de savia emprendedora, dispuesta a bajarse de una prometedora carrera en Inglaterra para apostar por su tierra, su familia y su gente.

Se cumplen diez días de su asesinato a golpes en Castrogonzalo, el pueblo donde trabajaba y vivía con su novio, David Alonso. El jueves 3 de mayo tuvo la mala suerte de cruzarse mientras paseaba con Diego C., un adolescente de 16 años inadaptado y conflictivo. Y que ese día estaba ofuscado por la última bronca (al parecer, también hubo palos) de su padre José Ángel Contero, un pastor conocido como 'el Fostrón'.

Dos arquetipos de la Zamora rural frente a frente. Leticia, la joven «decidida, resuelta e incansable» y que «salió del pueblo para volar alto», como recuerda el alcalde de Tábara, José Ramos San Primitivo. Y Diego, un chico que solo conocía la rudeza de un padre colérico y agreste y cuya escuela fue más el monte y las ovejas que las aulas.

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Lamentablemente, esta vez ganó ese trozo de sociedad que no acaba de desterrarse de los pueblos. «Tenemos que apoyarnos unos en otros para que no triunfe el mal», reflexiona Santiago Fresno, tío carnal de Leticia. Ha ejercido la labor de portavoz de una familia tan rota que toda Tábara la protege para evitar el circo mediático que tomó durante días las calles del tranquilo pueblo.

(Arriba) Con su inseparable amiga Gemma en las fiestas. (izq) En defensa de la cultura local y (dcha) De viaje por todo el mundo. / Albúm Familiar

En realidad, roto está todo el pueblo. Gemma de Dios era el alma gemela de Leticia y todavía rompe a llorar y se bloquea cuando se le pide un primer recuerdo. «Este domingo [por hoy] habíamos quedado para inaugurar la casa que se habían arreglado poco a poco», acierta a arrancar. Se llevaban apenas seis meses («Lety de enero, yo de junio»), pero no hay foto del colegio, de las fiestas, de salidas de la pandilla en la que no estén juntas.

La casa era el primer pilar de un futuro en común. «La pareja ya pensaba y preparaba la boda», recuerda Paco Díez, don Paco, el cura que ofició el pasado domingo un funeral que reunió a 2.000 personas. Seguramente, también habría oficiado la boda, ya que conocía a la joven desde los campamentos infantiles. «Nunca se le acababa la pila cuidando a los más pequeños».

Gemma ha vuelto al trabajo en el restaurante familiar de Tábara. «Pasaba todos los domingos en su casa... ¡cuántas veces estuve a punto de perder el bus!... ¡Cuántas conversaciones!... ¡Si hablara ese Ford Scort!». Los recuerdos empiezan a fluirle poco a poco. Rememora a la compañera de clase tan lúcida que «no era la típica alistana convencional», quizás apelando al conformismo heredado por bastantes hijos de esta tierra de futuro incierto. Con la confianza, los recuerdos salen a borbotones. «Siendo muy crías protagonizó la primera obra de teatro del pueblo. Hacía de señorona rica. Después hicimos los '7 enanitos'. ¡Claro, ella era el hada madrina!».

Leticia levantó pronto la vista para mirar más allá de los montes de la cercana Sierra de la Culebra. Con 12 años ya visitó Inglaterra gracias a una beca por sus calificaciones. Aquello le abrió los ojos.

Gen cosmopolita

Porque después llegarían los estudios de ingeniería agrícola en el campus de la Universidad de Salamanca (USAL) en Zamora. Y, por el camino, el regreso a Inglaterra, a Brighton, adonde acudió dos años para cuidar a las dos hijas de una familia hindú. «Se marchó 'a pelo' -dice admirada Gemma-. Pero tenía claro que iba para volver». Dejó tal huella allí que «la familia nos visitó el año pasado y han tratado de venir al funeral», informa su tío Santiago.

Tras la licenciatura llegaron los másteres. De los de verdad. Uno en Seguridad Alimentaria y otro en Enoturismo, donde le dieron clase 50 profesores de toda la comunidad. El alcalde, 23 años en el cargo, recuerda las reuniones del consejo escolar del colegio de Tábara, al que asisten este año 75 niños. «Cuando se hablaba de hacer un seguimiento a los chicos, yo siempre ponía el mismo ejemplo: Leticia era la única que completó estudios».

Pero nada le impedía regresar a Tábara a la mínima oportunidad. Santiago Fresno cree que la joven asesinada «heredó el gen cosmopolita de la familia». También es el suyo, un emigrante en Alemania que se jubiló como jefe de la división de carga de la línea aérea Lufhansa para España y Portugal. El que les llegó de su tío abuelo agustino, que fundó una misión en Iquitos (Perú) y fue beatificado en Roma.

El alcalde de Tábara, José Ramos, en la Casa Consistorial.
El alcalde de Tábara, José Ramos, en la Casa Consistorial. / Gabriel Villamil

Hoy jubilado, Santiago es un «cómplice imprescindible» del alcalde para dinamizar la vida cultural. Publica un diario digital (tuvozdigital.com) y elabora una revista sobre el Camino de Santiago zamorano. «A pesar del ajetreo, mi sobrina siempre me decía 'lo que sea y el día que sea'», la recuerda. José, el alcalde, completa: «Lo mucho que sentimos cuando se fue a Castrogonzalo. Creímos perder a una colaboradora pero siempre estaba para ayudar».

Choni Casado es la vecina, puerta con puerta, solo separadas por la imponente iglesia. Se suma a la conversación e incide en que todo esa labor «la hacía sin enfadarse nunca». «Jamás -añade- he visto a nadie más sonriente». En el álbum de fotos familiar queda el registro de una vida entrega a los suyos: desde los bailes tradicionales del paloteo, las cabalgatas de Reyes, el teatro... «Incluso un concurso de dibujos de los niños que colgaba en el supermercado familiar», recuerda Choni Alonso. Su único hermano, Marcos, cuatro años más joven, reunió fuerzas el miércoles para reabrir el negocio.

Como a gran parte de su generación, la falta de oportunidades llevó a Leticia a aceptar un contrato en un laboratorio en Leatherhead, un suburbio de Londres. Una aventura en la que ya le acompañó su novio, David. «Le llegaron a dar carta blanca para hacer y deshacer», recuerda Santiago Fresno. Pero, nadie la conocía mejor que su amiga Gemma cuando dijo que «se iba para volver».

Choni Casado, delante del Ayuntamiento de Tábara
Choni Casado, delante del Ayuntamiento de Tábara / Gabriel Villamil

Llegó la oferta de la planta de Láctea Cobreros en Castrogonzalo para un puesto de 'quality manager'. Apenas necesitó una videoconferencia para que la pareja decidiera hacer la maleta y regresar a casa. Igual que hizo con su vida, a la factoría le abrió fronteras. «Tan pronto estaba en China un día y volvía, como viajaba por medio mundo abriéndoles mercados», se asombra Gemma de Dios.

Familiares y amigos tratan de definir la personalidad de Lety, esa joven que «estaba, aunque no estuviera... y que ahora ya no estará nunca». Entre Santiago, Gemma, José y Choni llegan al consenso de que la joven era «pura química y no solo por su profesión», juega con el sentido de las palabras su tío. Una aleación de «genio, perfeccionismo...¡Y dura!, en eso sí era alistana», remarca su amiga Gemma.

En el recuerdo de todos resuenan aún las palabras de su futura suegra, Clari Feliz, cuando gritó en el camposanto que «Lety no puede ser una más». Desde luego, eso no pasará nunca en Tábara.

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