Mentira y posverdad

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Los periodistas que tenemos ya cierta edad hemos vivido casi de todo en el mundo de la comunicación. Cuando estudiábamos en la facultad, cuando hacíamos las primeras prácticas de redacción en una Redacción, aprendimos de nuestros mayores que para informar es obligatorio contrastar las noticias con las fuentes con ánimo de buscar la verdad.

Sabemos todos que la verdad pura y absoluta es difícil de encontrar, pero también entendemos que para informar con veracidad es imprescindible trabajar la información, someterla al contraste de pareceres, escribirla con ánimo de trasladar lo que ocurrió tal cual fue, lo más aproximado a la realidad, nunca como nosotros creemos que debió ser y menos aún como nos hubiera gustado que fuese.

Los hechos son los hechos y son sagrados. Siempre hemos creído que la información y la opinión son y deben ser cosas distintas. Primero hay que informar, después en todo caso opinar. Pero nunca mezclar ambos conceptos, pues el resultado es la desinformación y la distorsión.

No somos perfectos y podemos cometer errores al informar, es evidente. Pero siempre serán errores, nunca una manipulación premeditada, con ánimo de crear un estado de opinión determinado. Así nos lo enseñaron en las escuelas de Periodismo y nos lo recalcaron los mejores profesionales de la noticia, de los que aprendimos que para escribir no hay que mentir, y que para informar es necesario buscar la verdad.

Ahora que triunfa la no verdad premeditada al socaire de la irresponsabilidad impune deslizada con amplificación un día tras otro al amparo de algunas redes sociales, hay que recordar que esto que modernamente se llama posverdad siempre existió y que cuando triunfó en los años treinta sus consecuencias fueron nefastas para el mundo.

Le llaman posverdad a lo que otrora fue sencillamente manipulación y propaganda, desprecio por los hechos y por la información veraz, anteponiendo argumentos de pura conveniencia política.

‎La posverdad es en realidad el culto a la mentira, el amarillismo y la contrainformación con ánimo de influir en la vida pública y en los ciudadanos.

No podemos ni debemos caer los periodistas en la degradante expansión de la falsedad y la rumorología simplemente porque hay que lograr más audiencia y así más ingresos y más publicidad.

Y menos aún hacerlo porque se quiere cambiar la opinión de los demás, imponiendo nuestras ideas, anteponiendo el mero resultado crematístico a la ética profesional, retorciendo la realidad hasta hacerla imposible de discernir por culpa de la confusión y la intoxicación.

No me gusta nada la palabra posverdad porque en realidad sólo significa falsedad, mentira barnizada de colores, rumores propagados con apariencia de información.

Algo que es grave para la salud de la sociedad. Y no digamos ya para el prestigio del periodismo.

José Antonio Vera es presidente de la agencia EFE