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Inquieta escuchar al primer mandatario mundial pronunciarse acerca de que «algunos periodistas están fuera de control». Es de suponer que se refiere a quienes no ejercen la aquiescencia ante sus dicterios y se limitan a desempeñar el elemental papel de contrapoder en sus respectivos medios, un rol que resulta consustancial a la propia esencia del oficio. Lo suyo, pese a que pueda y deba escandalizar al tratarse del actual presidente de la nación que consagró constitucionalmente la libertad de prensa, no es sino un síntoma inquietante del signo de los tiempos ante el desempeño libre de la información. Cuando Maduro «apaga» la señal de la cadena televisiva CNN en Venezuela porque no le gusta su línea editorial, se comprueba que ese enemigo periodístico que es la censura continúa estando presente en las sociedades del siglo XXI.

Y todo esto en medio de un ruido ensordecedor proveniente de un uso inapropiado de las redes sociales. Internet, el más importante instrumento de comunicación global de todos los tiempos, es malbaratado a diario por una caterva que parece haber sustituido los antiguos desahogos de pared por 140 caracteres llenos de odio. Frente a ello existe, no perdamos la esperanza, una utilización fascinante que convierte a instrumentos como Twitter o Facebook en poderosas herramientas para difundir noticias veraces de manera instantánea.

Para hacer frente al lado peligroso de estos nuevos canales se revela más necesario que nunca el trabajo honesto de los profesionales de la información, al objeto de dotar la conversación global de la profundidad necesaria y el rigor que únicamente puede conseguirse con la aplicación de estrictos protocolos de comprobación y contraste periodísticos. Discriminar, jerarquizar, apartar lo inexacto de lo fundamental; en eso consiste básicamente el papel de los periodistas, un colectivo que ha visto cernirse sobre su cabeza la tormenta perfecta en forma de pérdida de seguidores, reducción dramática de anunciantes y un desprestigio social del que seguramente todo el colectivo debemos de hacer autocrítica.

La solución pasa forzosamente por volver a los orígenes, aplicando estrictamente la ética y la deontología profesional en el convencimiento de que trabajamos con material sensible y ello exige todo nuestro mejor saber hacer en beneficio de la colectividad. Sin unos medios de comunicación libres no es posible la democracia. Enredados en una maraña de términos como posverdad o realidad alternativa, que enmascaran el desprecio por el oficio y buscan mantener adormecida la conciencia colectiva, el periodismo, ahora más que nunca, está obligado a reivindicarse con una apuesta decidida por la excelencia. Un periodismo que tenga como único objetivo la firme voluntad de mejorar la sociedad a la que sirve consciente de su función imprescindible para los ciudadanos.

Antonio San José es periodista y director general del canal NSP (Non Stop People)