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Nunca en esta democracia en España, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante del periodismo por parte del poder, o los poderes. Una agresión tan descarada. Aquel objetivo elemental, que era obligar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vivía, proporcionándole datos objetivos con los que conocer éste, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, está en peligro. Y más en estos tiempos de intenso tráfico de información, no siempre seria, a través de las fácilmente manipulables redes sociales.

El hecho básico es el mismo: el poder y cuantos aspiran a conservarlo u obtenerlo un día, no están dispuestos a pagar el precio de una prensa libre, y cada vez se niegan a ello con más descaro. Saben que el periodismo solvente, lúcido, culto, eficaz, independiente, es garantía de una democracia sana y saludable. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles. Por eso me preocupa la docilidad con la que a veces, en los últimos tiempos, el periodismo se pliega a la presión económica del poder. Nunca se ha visto tan frecuente mansedumbre, tanta complicidad. Y en algunos casos extremos ni siquiera se trata ya de hacer reflexionar al lector sobre esto o aquello. Se trata de imponerle una supuesta verdad. No ayudar al ciudadano a pensar con libertad. Sólo convencerlo, adoctrinarlo.

Así, con frecuencia, asuntos importantes se transforman, no en debate razonado, sino en rifirrafe bajuno del que están ausente el rigor y el sentido común. Diálogos de sordos y demagogia. Destaca significativa y terrible, como he escrito más de una vez, la necesidad de encasillar. En España parece imposible que alguien no milite en algo; y, en consecuencia, no desprecie o ataque cuanto queda fuera del territorio delimitado por ese algo. Aquí, reconocer un mérito al adversario –los españoles no reconocemos adversarios, sino enemigos– es tan impensable como aceptar una crítica hacia lo propio. Eso agota al lector, al oyente, al telespectador de buena voluntad. Lo aburre y lo aparta del debate, desinteresándolo de la política, haciéndolo atrincherarse allí donde las palabras reflexión y lucidez desaparecen por completo, o sumiéndolo en la peligrosa frivolidad de los 140 caracteres de Twitter.

Para cualquier lector atento de medios informativos serios, resulta evidente que el periodismo se ha contaminado de ese virus peligroso. Y tampoco la crisis económica contribuye a la libertad ni la independencia. Los ingresos publicitarios se desploman, lo que aumenta la tentación de cobijarse bajo los poderes establecidos; de modo que el periodismo como contrapoder se vuelve un ejercicio casi heroico. Y así, los partidos, las grandes empresas de la banca, las comunicaciones y la energía, entre otras, aprovechan la dependencia de los medios para dar por supuesta, cuando no imponer, la autocensura en las redacciones. La adscripción disimulada o sin complejos de cada diario a quien lo sostiene o le facilita la vida.

Por eso estoy tan satisfecho de escribir cada semana, desde hace casi un cuarto de siglo, en XL Semanal: la revista dominical que sale con los diarios del grupo Vocento y algunos otros asociados. Porque se trata de un territorio transversal, diverso, no acotado por banderas ni etiquetas ideológicas concretas o comunes. Aquí el conjunto es amplio y los puntos de vista variados; y como tales, enriquecedores. Porque la libertad real ciudadana, la opinión libre y lúcida que de ella proviene, no la hace en este caso un solo periódico, sino la coexistencia respetuosa de muchos de diversa orientación y variados intereses. Voces distintas, respetables y siempre de calidad –se compartan sus puntos de vista o no–, que permiten al lector razonar, elegir, comparar.

Estoy a gusto así, y por eso sigo aquí semana tras semana con mi Patente de Corso, confiando en que todos esos periódicos amigos, cuya compañía dominical me honra, sean capaces de afrontar los nuevos retos y sobrevivir en este mundo cada vez más difícil e incluso hostil. En este territorio donde nunca nadie, en dos décadas y media de artículos no siempre cómodos para quien los alberga, me ha pretendido orientar, influir o censurar jamás. Ni una sola vez. Nunca.

La transición del papel a lo digital, los productos de pago en la red, la eventualidad de que nuevos filántropos, capital riesgo y empresarios particulares unan sus esfuerzos para mantener un periodismo solvente y de calidad, son posibilidades ilusionantes; esperanza para quienes creemos que sólo un periodismo que pide cuentas al poder, en cualquier forma de soporte inventada o por inventar, tiene futuro. Ésa es, y será siempre, la verdadera fuerza del periodismo y de quienes lo practican: pelear por la verdad, la independencia y la libertad de información. La garantía es una prensa plural e independiente que mantenga a raya a los demagogos, a los oportunistas y a los canallas, y sostenga el futuro de los hombres libres. Confío en que los diarios del grupo Vocento sigan siendo, en la medida de sus posibilidades, esa honrosa garantía.

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