Yusupha, el joven artista que salió de Gambia para pintar

Yusupha, con una de sus obras, en el bar Puerto Chico de Valladolid.
Yusupha, con una de sus obras, en el bar Puerto Chico de Valladolid. / ALBERTO MINGUEZA

Se marchó de África para vivir del arte y llegó a Valladolid por amor. Ahora expone su obra, dedicada a las madres, en el bar Puerto Chico

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Hasta en los pasajes más oscuros de su vida –el éxodo por África, las pateras desde Marruecos, la espera a los pies de la valla de Ceuta, los meses eternos en un centro de inmigrantes–, Yusupha no ha dejado de pintar. Las imágenes que rondaban su cabeza hallaban acomodo en hojas cazadas al vuelo, en papeles abandonados, en folios que se convertían en tesoros cuando podía volcar allí su inspiración. Luego, si había suerte y móvil cerca, sacaba una fotografía para que el trabajo no se olvidara. Hasta en aquellos momentos de tenebrismo y expresionismo feroz, Yusupha encontraba consuelo en la pintura.

Porque el arte –como vacuna y lucha contra la corrupción– le e mpujó a salir de Gambia, su país.

Porque después una chica, hoy su mujer, se convirtió en el motivo por el que ahora vive en Valladolid.

Sus obras, porque tampoco en este capítulo dulce ha dejado Yusupha de pintar, pueden verse hasta septiembre en las paredes del bar restaurante Puerto Chico, en la calle Nicasio Pérez. Son una quincena de cuadros bautizados ‘Mama África’ que muestran el estilo de Yusupha Gai (Serrekunda, Gambia, 1991). Al principio, basado en un solo color (mucho azul, a veces ocres y marrones). Ahora, con sobredosis cromática. «Me lo piden. Desde Europa se tiene una imagen colorida del arte africano...». Por eso en sus últimas creaciones hay mucho amarillo y mucho verde. Y rojos. Y rosas. Y morados.

Una mesa en la escuela

Había una mesa grande, enorme, de madera, en la escuela a la que Yusupha iba en su ciudad natal. Cuenta que esa mesa era su calle y su patio de recreo. Que allí se pasaba horas dibujando sueños y pintando futuros. «El arte es a lo que siempre me he querido dedicar... Cuando pasé a la escuela secundaria tuve un profesor, el señor Yalta, que vio mi talento, que me apoyó, que me ofrecía su casa y material para que pudiera pintar. Nunca he ido a una academia. No me he podido formar. Todo lo que hago lo he aprendido por mi cuenta», explica. Su técnica es el fruto de horas sin sueño en las noches de Gambia.

Por el día trabajaba con sus hermanos en una tienda de reparación de teléfonos móviles. Al caer el sol, se sumergía en lienzos y pinceles. Aprovechaba los meses con viajeros para vender sus cuadros a los turistas. Con 21 años, plegó óleos y salió de su país.

«Algunos amigos ya se habían marchado. Uno de ellos tenía una novia de Suiza que cuando vio mis cuadros me animó a continuar. Yo sabía que en Gambia tendría pocas posibilidades de seguir pintando. El arte no es necesidad, no está allí valorado porque hay otras prioridades. Y había tanta corrupción... Los artistas no pueden expresarse con libertad. Pensé que si quería dedicarme a la pintura, debía salir de allí. Si tenía algún tipo de talento, lo tendría que desarrollar fuera». Y se marchó. Lo hizo junto con cinco amigos a bordo de un minibús que los llevó hasta Dakar. Desde Senegal pasaron a Mauritania. «Allí pasamos tantísimo frío. Trabajábamos de lo que podíamos:jardineros, en la construcción... Intentábamos conseguir dinero para continuar con el viaje. Algunos llamaban a su familia en Gambia por si podían enviarles algo. Nuestro objetivo era Europa», dice.

«Y no queríamos abandonar».

Yusupha muestra dos de sus obras. / ALBERTO MINGUEZA

Cuenta que el vaso siempre ha estado medio lleno, que ha afrontado la vida desde un punto de vista positivo, con un flujo de optimismo que no ha perdido ni en los momentos más difíciles, en esos en que la esperanza parecía a punto de morir ahogada a bordo de una patera. No cayó en el desánimo la primera vez que la Guardia Civil interceptó la balsa con la que intentaba entrar en Ceuta desde aguas de Marruecos. Tampoco se hundió a la segunda. Ni a la tercera. Ni a la cuarta. Hasta en diez ocasiones lo intentó. Hasta en diez ocasiones las autoridades interceptaron su patera. «Veía España tan cerca... Ysabía que lo iba a conseguir. Te sientes mal porque hay quien lo consigue a la primera, quien lo intenta una vez y llega. Yo pensaba: ‘Bueno, será que mi tiempo no ha llegado. Ya vendrá’».

Al final, llegó. Pasó una noche escondido en un agujero, en un punto ciego de la vigilancia aduanera que un amigo llegado de Nador le chivó. Cuando vio el momento oportuno, salió de la trinchera, escaló la valla, pensó en un futuro lleno de arte al otro lado de la verja... y saltó.

Estuvo seis meses en Ceuta. En un CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes). Cuenta que la gente con la que allí se cruzó le cambió la vida. Gente como Juanma, aquel trabajador de Cruz Roja que le volvió a colocar un pincel en la mano. «Me preguntó a qué me dedicaba y yo le dije:‘Soy pintor’». Juanma quiso comprobarlo. Le compró un lienzo.Le suministró material. Le dijo pinta y Yusupha pintó. «Cuando vieron aquel primer cuadro que hice en España la gente me decía que les recordaba a Picasso. El ‘picasso’ negro, me llamaban», recuerda con una anchísima sonrisa. «Yo había oído hablar de él, pero tampoco lo conocía mucho. Así que me puse a buscar en Internet».

Aquella impresión de los trabajadores y voluntarios del CETIde Ceuta tal vez se debía a esas composiciones casi cubistas, a esa descomposición de los planos, a esas figuras eternas de madres que sufren y luchan por sus hijos. Porque las madres adquieren un protagonismo fundamental en la obras de Yusupha. «He querido reflejar la fuerza, el valor y el coraje de tantas mujeres africanas que sacan adelante a sus familias. Como mi madre, que vendía verduras en el mercado». En sus cuadros hay mujeres que amamantan a sus crías. Mujeres embarazadas que esperan. Mujeres que bailan, que aman, que abrazan y viven y disfrutan la música.

Hasta Valladolid

También en la vida de Yusupha hay una mujer... y es la razón por la que vive en Valladolid. Conoció a Irene y a Pablo en aquellos tiempos de intentonas frustradas para llegar a Europa. «Ellos vivían en Ceuta y pasaban a Marruecos para llevarnos algo de comida y ropa. Me dijeron:‘Cuando consigas llegar a España, nos llamas’». Así lo hizo. «Vivía muy cerca del CETI. Les iba a visitar a su casa». Y allí conoció a una joven vallisoletana, amiga de la pareja, que bajó a Ceuta a pasar unos días con sus amigos y se volvió al Pisuerga con la imagen de Yusupha grabada en la retina. Hoy son pareja. Están casados. Viven en Valladolid desde febrero de 2016, donde Yusupha llegó después de pasar un año y tres meses por un centro de Miraflores de la Sierra, cuando junto a otros compañeros fue enviado a la Península, y a un piso en Vallecas después. También allí siguió pintando. También allí consiguió montar exposiciones.

Su obra puede verse ahora en Puerto Chico. Del 15 al 30 de septiembre en el centro cívico Zona Este. ¿Y después? Yusupha sonríe. Después habrá que ver con qué nuevos colores pintar la vida.

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