Las vallisoletanas sacan a la luz sus «espacios del miedo»

Dos mujeres caminan por la calle Mantería de noche. /Rodrigo Jiménez
Dos mujeres caminan por la calle Mantería de noche. / Rodrigo Jiménez

La ciudad esconde trampas que se perciben de distinta forma si eres hombre o mujer

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

Muchos hombres han descubierto estos días, en las redes sociales, una realidad soterrada y terrible. La de las experiencias vividas por miles de mujeres que abarcan desde el momento desagradable en el transporte público hasta la violación en el ámbito familiar, en una gradación de afrentas que han padecido solo por el hecho de ser mujeres.

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Pero hay más realidades escondidas a la vista.

María Patiño-Díe habló en 2015, en TEDxValladolid, de los espacios del miedo. «Ciertos comportamientos se repiten. A la hora, por ejemplo, de pensarse los recorridos. Las mujeres elegían unas calles y no otras, aunque el recorrido sea más largo, porque sabían que esa calle tendría más gente o estaría más iluminada, sobre todo por la noche. Son comportamientos que tenemos naturalizados y no nos damos cuenta de que los llevamos a cabo», contaba entonces, mientras abogaba por sustituir esos espacios del miedo por espacios de convivencia.

El Norte ha preguntado a las vallisoletanas cuáles son esos espacios del miedo que afrontan en su rutina en la ciudad. Y las respuestas descubren, como la etiqueta #cuéntalo, un escenario que puede resultar sorprendente a los hombres pero que conforma un mapa inquietante de temores.

Un hombre, por ejemplo, puede recorrer distraídamente una calle poco transitada en la que hay un bar con un grupo de tipos en la puerta. M., sin embargo, cuenta que evita «pasar por calles donde hay grupos de tíos». Y enfatiza.«Hazme caso. Me cruzo de calle. Evito pasar por medio de grupos de chicos si voy sola. Me siento incómoda». ¿Exagerada? Pues la respuesta no sorprendería a N., que comparte algo que le ocurrió a las tres de la tarde, al evitar una calle «que tiene un bar que no me gusta nada». Decidió ir por la paralela. «Fue peor el remedio que la enfermedad. Pasó a mi lado un chico alto, con pinta normal, y sin mediar palabra me dio una bofetada y siguió su camino».

Lo de la «pinta normal» oculta matices. Cualquier hombre sentiría temor ante alguien con 'pinta amenazante'. O en un barrio con altos índices de delincuencia. El caso es que en el caso de esta mujer, o de tantas, la amenaza puede resultar indetectable porque cualquiera puede serlo. Algún escéptico arqueará la ceja. Para esos está el testimonio de B. «La calle Mantería de noche. Parece una tontería pero no tienes escapatoria, no hay bares donde meterte y he vivido situaciones jodidas, con un grupo de tíos persiguiéndome».

Los túneles son el gran punto negro. El lugar común en el que se concentra la desconfianza y se agudizan los sentidos. «Un espacio trampa es el túnel de las Delicias, porque tiene tres accesos diferentes y da la sensación de que te pueden emboscar si pasas sola por la noche. Aunque tampoco el túnel de la Circular se siente mucho más seguro», cuenta R. Esa sensación de angustia la corrobora E.:«Sin lugar a dudas mi espacio del miedo o más bien del terror fue durante toda mi adolescencia, y aún hoy no me hace gracia a ciertas horas, el túnel de las Delicias. No solo por su estructura, con ese codo que le resta visibilidad, sino por el estado lamentable que siempre ha tenido. El túnel peatonal de Arco de Ladrillo no es mejor pero es más corto y lo he usado menos», confiesa.

P. añade otro. «El túnel del apeadero de la Universidad y todo su entorno». Zonas desiertas, especialmente a ciertas horas o en invierno, suponen una pesadilla recurrente. «El túnel del apeadero me pilla mejor pero es una ratonera. Y lo de sucio se queda corto, es el meadero y cagadero de Valladolid. Ahora lo limpian casi todas las semanas porque antes, sobre todo en verano, a un kilómetro de distancia ya olía de forma apestosa», dice.

Y apoya sus sensaciones sobre los túneles otro testimonio, el de E. «Para ir a casa de mi madre puedo ir por el túnel del Arco Ladrillo o por el túnel de Labradores. El túnel del Arco Ladrillo es corto pero va a dar a unas zonas poco iluminadas, vacías, desasosegantes por la noche tanto de un lado como del otro del túnel. Pasar el túnel de las Delicias de Labradores también es inquietante de tarde-noche, porque día sí y día también tiene la iluminación rota por el vandalismo año tras año (doy fe). No se ve el final del túnel y hay una entrada o salida a mitad de camino por donde escapar, pero también por donde te pueden abordar», relata.

El Ayuntamiento sopesa la posibilidad de incluir paradas a la demanda en el bus búho para menores y mujeres. Las ciudades que lo han probado detectan un uso muy bajo, 5 por cada mil viajeros, y priorizan las zonas con «iluminación más escasa o donde las condiciones del entorno puedan dar sensación de inseguridad», explica un informe de la Asociación de empresas gestoras de Transporte Urbano Colectivo.

Los taxis, a veces, cumplen ese papel de aliado. L. cuenta que su marido, taxista, «cuando lleva a altas horas de la madrugada a alguna chica, se queda esperando fuera en el coche hasta que la ve entrar en el portal. No se va hasta que comprueba que ha entrado y que todo está OK. Dice que muchas chicas cogen el taxi para trayectos muy cortos por miedo. Algunas se lo piden, que por favor, no se vaya hasta que no hayan entrado, pero... aunque no se lo pidan, él lo hace».

Y en el portal no acaba el miedo. A N. le da pavor «entrar en los portales de las casas». Tiene un porqué. «En la época del violador de los portales a una compañera la atracaron en un portal y yo vivía cerca, y siempre he tenido esa psicosis».

Reclaman más seguridad. Más iluminación, un diseño de los pasos más limpio, que permita atisbar qué hay al otro lado. Y más ahora que la ciudad afronta una integración ferroviaria que deberá pensar también en ellas. Porque erradicar el miedo pasa, primero, por concienciar y educar en la empatía a la parte que lo provoca, y eso sí que se antoja una tarea compleja.

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