De ruta por Tudela

En un recorrido por sus calles nos adentramos en la historia de la villa

Puerta de una de las bodegas de la muralla de Tudela de Duero / Lidia Recio Santos
Lidia Recio Santos
LIDIA RECIO SANTOS

Con siete años a sus espaldas, el Ayuntamiento de Tudela de Duero aprovecha las semanas previas al empujón de las fiestas para realizar una vez más de la mano de la técnico de turismo Marta Vázquez la visita histórica 'De ruta por Tudela'.

El objetivo es adentrarse por las calles del casco histórico, esa zona de la villa cobijada por el Duero gracias al meandro que forma, para contemplar su historia.

La presencia de seres humanos en Tudela se remonta en el tiempo. Por sus tierras se han encontrado restos líticos prehistóricos como hachas pulimentadas, buriles y raederas. Tras ello, milenios más tarde, se encontraban en la península los vacceos, que aprovechaban el amparo de los ríos para levantar sus asentamientos; por ello surgió el asentamiento de Acontia dentro del término municipal de Tudela.

Senda de los Aragoneses / Lidia Recio Santos

Tudela de Duero también contó con la presencia romana. De ellos apenas quedan indicios de que alguna vez estuvieran aquí más allá de una calzada romana, que se terminaría convirtiendo en la Senda de los Aragoneses y la planta de una iglesia. Sin embargo, ninguna de esas cosas son las más importantes para Tudela de Duero. El 'resto' romano que mejor se conserva, aunque como todo se haya desgastado con el tiempo, no es otro que su nombre. Tudela viene de la mano de una mansión romana a la que se llamó Tela. No obstante, debido a la función que adquirió, el nombre de aquella mansión cambió para ajustarse a la acción que desempeñaba: la mansión protegía a los habitantes de la zona, tutelaba. Tutela. El nombre ya enfilaba a lo que finalmente ha sido: Tudela, con el apellido 'de Duero', porque no podía ser de otra forma.

No es hasta la Edad Media cuando Tudela empieza a cobrar relevancia, llegando a obtener durante algunos periodos de tiempo el título de villa realenga.

Virgen de la Guía / Lidia Recio Santos

Arranca el recorrido en una de las dos puertas, ya inexistentes, de la muralla que estaba construida en tiempos de Alfonso X. Ahora, a escasos pasos de donde se alzaba la entrada de acceso en dirección a Valladolid, está la escultura de madera policromada de la Virgen de la Guía. Una talla que enmarcaba la puerta y bajo ella, el escudo de la villa.

El recorrido continúa. Bajamos por una de las rondas de la muralla, en lo que ahora es el paseo del río. Bordeamos la fortificación de la que apenas quedan restos. Uno de los detalles que destacan de ella son las puertas de las bodegas. En un momento en el que el mercado se regulaba rígidamente y solo se podía comprar y vender dentro de las murallas, no tardó en aparecer la picaresca. De este modo, las bodegas sirvieron durante los siglos XIV y XV para la venta ilegal en el exterior de la muralla.

Priorato de Santa María de Duero / Lidia Recio Santos

Algo que siempre suele ir asociado a las murallas, son los castillos. Durante nuestro recorrido, no podemos acercarnos al castillo porque, en el caso de Tudela, esa creencia de que dentro de cada muralla hay uno se desmorona. Pese a que sí que existe, este se construyó alejado de la villa, bordeando el Duero en dirección Villabáñez. Originalmente se trató de un priorato construido en el siglo X. Durante la Reconquista, la reina Isabel I vendió el priorato para poder financiar la guerra. Sin embargo, el Priorato de Santa María de Duero no se puede considerar un castillo hasta 1893, cuando lo compró el Conde de la Oliva y lo reformó para que aparentase serlo.

Seguimos bordeando el río. Aquí volvemos a retomar la imagen del escudo de la villa para que nos sirva de ayuda. Dejando de lado toda la información que pueda proporcionar el escudo, únicamente hay que fijar la atención en la corona, apuntada y no redondeada, lo que indica que se trata de la corona real y no la condal. Esto indica que Tudela ha sido durante determinados periodos históricos una villa realenga; es decir, que dependía directamente del rey. Por ello, no es de extrañar que la realeza hiciera sus apariciones en la villa a lo largo de la historia.

Juan II pasó temporadas en Tudela de Duero y con él su valido, Álvaro de Luna. Felipe el Hermoso también se reunió en Tudela de Duero antes de partir a alguna batalla. Así como Juana I, durante el traslado de la corte de Segovia a Burgos, se negó a hacer noche donde estaba previsto y tuvieron que parar a descansar en Tudela. Cuentan las crónicas que aquella noche pasó un comenta de grandes proporciones que se consideró como un mal presagio, tiempo después murió Felipe 'El Hermoso' y llegó la peste a España.

Escudos de la Chancillería / Lidia Recio Santos

Durante la peste, Enrique IV trasladó la Real Chancillería a Tudela, en lo que hoy es la calle Antonio Machado. De este momento tan solo quedan los escudos, expuestos en el interior de lo que fue el edificio. En la fachada del mismo se puede ver una reconstrucción de los mismos.

Seguimos avanzando por la villa y por su historia hasta uno de los momentos más importantes para Tudela de Duero. Durante el reinado de Felipe III, su valido, el duque de Lerma, tenía el mando de España. Durante una visita a la villa, debido a su situación estratégica y a la fama que tenía en aquel momento tanto el paisaje como el huerto tudelano, al duque se le antojó la villa. De este modo, cuando la Corte se trasladó a Madrid, el duque de Lerma planteó que se donase Tudela al Rey. Y así se hizo.

Dado que el Rey no tenía un interés real en Tudela, no mostró ningún reparo en entregársela al duque de Lerma que, en 1609, hizo su entrada en la villa. Con la llegada del duque, los tudelanos fueron exprmidos con los nuevos impuestos. Situación que se mantuvo hasta que el duque comenzó a caer en desgracia (a causa de las conspiraciones de su propio hijo). Este fue el momento en el que surgió un dicho popular: «para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado». Y así fue como el duque de Lerma, para esquivar la horca, se convirtió al cardenalato.

La villa quedó entonces en manos de su hijo. En esos momentos la corona española estaba sumida en campañas bélicas y, para pagarlas, Felipe IV decidió recuperar Tudela de las manos del duque y venderla. Pese a que ya tenía un comprador, antes de seguir adelante con las negociaciones debía ejercer el derecho de tanteo. De tal forma que Felipe IV tenía que comprobar si los tudelanos querían comprarse a sí mismos.

Se tasó la villa y se pidieron 6 millones de maravedíes por ella, que fueron pagados por los habitantes de Tudela. A partir de diciembre de 1636, Tudela consiguió gobernarse a sí misma.

Puente de Tudela de Duero / Lidia Recio Santos

¿Vuelve a tener en mente el escudo de Tudela? Esta vez debemos fijar la vista sobre el puente, un puente románico que nada tiene que ver con el que existe hoy. La relevancia de ese primer puente se manifestó durante la Guerra de la Independencia. En 1812 los ingleses, con el comandante Wellington a la cabeza, se encontraban huyendo de las tropas de Napoleón en su camino de Burgos a Salamanca. En aquel momento poco se podía hacer, así que los tudelanos optaron por la única opción viable y tras el paso de las tropas inglesas hundieron el puente para que los franceses no pudieran pasar. Por aquel entonces el Duero era un río de aguas turbulentas y el puente la única forma de atraversarlo de manera segura y rápida, lo que hizo que las tropas francesas se retrasasen y los ingleses pudieran aumentar la distancia. Debido a este incidente, Tudela de Duero estuvo sin puente hasta 1855, cuando se terminó de construir el nuevo, que a día de hoy sigue siendo el único enlace entre un lado y otro del río para vehículos motorizados. En conmemoración a la finalización del punte existe una piedra tallada con la fecha del final de la obra.

Placa conmemorativa de la inundación de 1860 / Lidia Recio Santos

La posición estratégica que siempre ha tenido Tudela, esa que la protegía y dotaba de un micro clima que propició la fama de su huerta, gracias al río Duero, a veces ha tenido sus pegas. No han sido pocas las veces que el Duero se ha desbordado a su paso por la villa.

La crecida más antigua de la que se tiene constancia es del siglo XVI. Se sabe de ella gracias a un pleito en el que se hace alusión a la riada. Otras crecidas dieron lugar a nombres de calles, como la calle del 29 de diciembre que recuerda el día en que el río llegó hasta dicha calle, del mismo modo el río también llegó hasta la iglesia del pueblo, donde existe una placa que indica hasta dónde llegó el agua (y al trazar la línea imaginaria esta llegaría hasta el altar).

El recorrido toca a su fin, de nuevo en el mismo sitio en el que empezamos, pero ahora con todo el conocimiento que hemos adquirido durante la visita. Porque Tudela cuenta con más historia de la que muchos podrían pensar.

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