Cuando la reja de la Catedral cruzó el charco y se instaló en Nueva York

Cuando la reja de la Catedral cruzó el charco y se instaló en Nueva York

Vendida por el Cabildo al tratante de William Randolph Hearst por 500 pesetas, en octubre de 1957 se instaló definitivamente en el Museo Metropolitano

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZALValladolid

Pocos se acordaban del sorprendente paradero de la gran reja de la Catedral de Valladolid, finalizada en 1763 por Rafael y Gaspar de Amezúa, unos de los mejores herreros de la época, cuando El Norte de Castilla, obviando la mancha que aquel episodio suponía para la historia de la diócesis, publicó la noticia. Era el 24 de octubre de 1957, hace ahora 60 años: aquel día, los lectores del decano de la prensa supieron que en caso de que desearan contemplar el imponente elemento decorativo que sirvió para cerrar el coro de la seo vallisoletana, deberían trasladarse ni más ni menos que hasta el Museo Metropolitano de Nueva York. Allí lo estaban preparando todo, incluida una base de piedra caliza similar a la que en su día existió en el templo de Valladolid, para darle su emplazamiento definitivo.

¿Cómo había sido posible tamaño viaje? ¿En qué momento y por qué razón la reja de coro de la Catedral vallisoletana cruzó el charco y recorrió más de 5.600 kilómetros hasta su destino definitivo en la ciudad de Nueva York? La explicación, desvelada a mediados de la década de los años 80 por el catedrático de Arquitectura José Miguel Merino de Cáceres, hay que buscarla en la voracidad acaparadora del potentado magnate norteamericano William Randolph Hearst, el mismo que inspiró la célebre película ‘Ciudadano Kane’, de Orson Welles.

Calificado certeramente como «el gran acaparador» en la monografía que en 2012 le dedicaron el citado Merino de Cáceres y la profesora de la Universidad de Valladolid María José Martínez Ruiz (‘La destrucción del patrimonio artístico español’), este magnate de la prensa norteamericana soñó con erigir su propio Versalles en las posesiones que tenía en San Simeón (California), más de cien mil hectáreas de terreno de las que finalmente vio construidas unas 50, presididas por un monumental complejo arquitectónico al estilo español, con tres palacetes y un gran castillo, aparte de jardines, estanques, pistas de tenis, fuentes y zoológico.

Fue allí donde comenzó a acumular todo el arte y la arquitectura que pudo a través de una eficaz red de anticuarios y tratantes de arte en Europa, artífices de un expolio tan aberrante como consentido por autoridades civiles y eclesiásticas. Solo así se explica, por ejemplo, que por medio del célebre Arthur Byne, arquitecto norteamericano establecido desde 1914 en Madrid, Hearst fuera capaz de hacerse con todo el conjunto del Monasterio cisterciense de Santa María de Sacramenia, o con el de Santa María de Oliva, que desmontó piedra a piedra para instalarlo en su mansión de Wyntoon.

A través de la correspondencia cruzada por el magnate con el citado Byne y la arquitecta Julia Morgan, depositada en la Robert Kennedy Library de San Luis Obispo, en California, Merino de Cáceres tuvo constancia del deseo de Hearst, expresado en 1927, de hacerse con una «bella reja de hierro»; también, del fallido intento de Byne de satisfacerle comprando la del convento de San Francisco de Palencia, que no era del gusto del magnate por estar construida en madera, o la de la catedral de Oviedo.

Venta aurotizada

Fue en abril de 1929 cuando, por fin, el arquitecto norteamericano escribía a Morgan informándole de la adquisición de una imponente «reja de cincuenta pies de ancho y cuarenta de alto» al Cabildo catedralicio de Valladolid. En ese momento, como ha escrito María José Martín Ruiz en el libro ‘La enajenación del patrimonio de Castilla y León (1900-1936)’, editado en 2008 por la Junta de Castilla y León, regía la sede vallisoletana el arzobispo Remigio Gandásegui y Gorrochátegui, quien en última instancia autorizó la venta.

Para ello, los miembros del Cabildo recurrieron a la tasación del «herrero cerrajero Señor Cid», quien fijó el valor de la reja en 80-90 céntimos el kilo. Esta yacía abandonada en una huerta cercana después de una reforma emprendida en el interior de la Catedral. El acuerdo se firmó de manera fugaz y discreta, acordándose finalmente en una peseta y quince céntimos el kilo: 500 pesetas en total. La operación, que tenía por objeto recabar fondos para emprender diversas obras de reforma y modernización del templo, incluyó «los dos púlpitos de lectura del antiguo presbiterio (…), una colección de hierros sueltos e inservibles, [y] (…) el zócalo de piedra de Campaspero en que se encontraba la verja», escribe Martínez Ruiz.

«Demasiado severa»

Una vez concluida la compra, Byne envió la pertinente información a Morgan, acompañada de una fotografía de la pieza y un texto que incidía en la «extraordinaria obra de arte» y lo barato de su precio. Acto seguido, sin cerrar aún la operación con Hearst (así solía actuar Byne, a fin de evitar un cambio de opinión en su cliente), desmontó la reja y la distribuyó en varios paquetes para embarcarlos desde Valencia. Fue entonces, sin embargo –mayo de 1929–, cuando el magnate le hizo saber que no estaba interesado en el negocio, pues consideraba la reja «demasiado severa y no del tipo que quiero».

Lejos de arredrarse, el tratante achacó el problema a la mala calidad de la fotografía y reiteró por escrito la enorme calidad del objeto, obra «de uno de los grandes rejeros españoles (…). Los balaustres están forjados en hierro macizo de cuatro pulgadas de diámetro en los nódulos, los capiteles están bellamente labrados y las cresterías son ciertamente floridas». Finalmente, la insistencia de Byne dio fruto: «De acuerdo, nos quedamos con la reja», escribió Hearst a Morgan el 13 de mayo de 1929.

Sin embargo, como bien señala Merino de Cáceres, lo más probable es que el magnate ni siquiera llegara a verla, pues nunca estuvo interesado en ella. Almacenada en sus depósitos del Southern Boulevard del Bronx junto a otras miles de piezas, cuando en 1942 la mala marcha de sus negocios forzó la liquidación de sus colecciones de arte la reja no tuvo la salida esperada. Fue en 1956 cuando el Metropolitan Museo decidió adquirirla con el fin de canjearla al gobierno de Franco por el ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña, en Segovia. En las negociaciones, el director de la pinacoteca neoyorkina incluyó también los paneles de San Baudelio de Berlanga, un cuadro de El Greco y cuarenta platos hispano-moriscos de la colección de Hearst. Las autoridades franquistas, sin embargo, se decantaron únicamente por las pinturas sorianas, a cambio de la cesión temporal del ábside. En octubre de 1957, como informaba El Norte de Castilla, la reja de la Catedral de Valladolid quedó definitivamente instalada en el Metropolitano de Nueva York, aunque desprovista de seis balaustres originales y del escudo episcopal que figuraba sobre la puerta de acceso.

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