Recordar para ayudar a quien no puede hacerlo

Laura Alonso ante su quiosco / Ricardo Otazo

La familia de una anciana con alzhéimer agradece a la quiosquera Laura Alonso su ayuda por atenderla al encontrarla una madrugada que se escapó de casa

JAVIER S. GARCÍA

Cada mañana a las 7:00 desde hace tres años, Laura Alonso comienza su turno en el quiosco del número 32 del Pº Zorrilla. Abre las puertas y espera a los clientes. Sin embargo, el pasado 13 de junio fue algo diferente. Una mujer llamó su atención.

Era la madre de Blanca Yenes; una anciana de 92 años que caminaba sola por la calle y que parecía "desorientada". Que haya gente caminando a primera hora no es nada raro, pero este caso era diferente.

Laura no solo atiende el quiosco, también es auxiliar de enfermería y ha trabajado con personas mayores. Guiada por su experiencia e instinto, acudió donde estaba la nonagenaria. "En cuanto me acerqué a ella supe enseguida que tenía un problema mental", explica Alonso.

En efecto, la madre de Blanca padece Alzheimer, una enfermedad en la que el número de mujeres afectadas duplica al de los hombres. Con mucha ayuda, vivía sola en su domicilio situado en Camino de Cementerio.

Al perecer, había salido de su casa en medio de la noche y había caminado hasta allí después de recorrer una distancia aproximada dos kilómetros y medio. La Organización Mundial de la Salud señala que esta enfermedad copa entre el 60 y 70% de los casos de demencia de todo el mundo. Un síndrome, generalmente de naturaleza crónica o progresiva, "caracterizado por el deterioro de la capacidad cognitiva", es decir, procesar los pensamientos.

De acuerdo con un estudio del 2016 sobre las enfermedades neurodegenerativas en España y su impacto económico y social, realizado por la Universidad Complutense y Neuroalianza, la prevalencia del Alzheimer y otras demencias en el conjunto de la población es del 1'5%. La pérdida de la noción del tiempo y el espacio son dos de las principales consecuencias. La mujer mayor iba vestida y portaba varias joyas envueltas en una prenda.

"Quería marcharse a su pueblo. Traté de tranquilizarla y llamé a los servicios de emergencias", afirma Laura. En pocos minutos, la policía y una ambulancia estaban en el lugar. Los pocos datos aportados fueron suficientes para contactar con su familia y con su hija Blanca. Al día siguiente, esta acudió al quiosco que regenta Laura para agradecerle toda su labor.

De hecho, quiso ir más allá y la misma semana en la que ocurrieron los hechos mandó una carta a El Norte de Castilla. "En estos tiempos en los que todos miramos pero ninguno vemos, esta mujer sí que vio a mi madre y se acercó a ella a preguntarle qué le pasaba, tratándola con mucho cariño", reza el escrito.

Laura tenía muy claro que era su "obligación" ayudarla porque lo importante es que estuviera bien. "Si no hubiera sido por ella, no sé lo que hubiera ocurrido. Estuvo a su lado y le dio mimos hasta que llegó la Policía Nacional y el 112", cuenta Blanca en el texto.

Sin duda, tratar con personas con una enfermedad tan agresiva como el Alzheimer no es una tarea fácil y tampoco es barato. El mismo estudio realizado por la universidad madrileña y la organización afirma que el 60% de los cuidadores no reciben ayuda de otras personas. Al año, el coste asciende a cerca de 21 mil millones de euros según los datos de 2014.

Ahora, la madre de Blanca está en un sitio en el que podrán evitarse situaciones como esta. Fue trasladada a una residencia, casualmente, la misma que Laura inauguró hace unos años. "Dedicarse al cuidado de mayores no es baladí. Es algo que tiene que hacerse por vocación", afirma. Porque además de los costes sanitarios, salariales y de cuidados, requiere atención y tiempo. De todos los cuidadores, solamente el 20% tiene una ocupación laboral remunerada.

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