Primeros días del archiduque Carlos en Valladolid (III)

Las rutas de Carlos V

Dedicó su tiempo a visitar la villa y a numerosas recepciones de nobles

La imposición del capelo cardenalicio a Adriano de Utrech se celebró en la iglesia de San Pablo./Ricardo Otazo
La imposición del capelo cardenalicio a Adriano de Utrech se celebró en la iglesia de San Pablo. / Ricardo Otazo
JOsé luis Chacel
JOSÉ LUIS CHACELValladolid

Cuando el infante Carlos hizo su entrada en Valladolid, el 18 de noviembre de 1517, el Sacro Imperio Romano Germánico estaba presidido por su abuelo paterno, Maximiliano I. Por las venas de este emperador, nacido en Wiener Neustadt (Austria), corría sangre portuguesa y aragonesa ya que era nieto del rey Duarte de Portugal y de su esposa Leonor de Aragón. A Maximiliano I se le atribuye la frase 'Hagan otros la guerra, tú, feliz Austria, cásate, porque los reinos que Marte da a los otros, a ti te los concede Venus'. Demostrando tener una gran mano izquierda, se mantuvo alejado de contiendas ya que se dedicó a establecer acuerdos y alianzas con los dirigentes de las más importantes casas reales europeas de España, Borgoña, Portugal y Hungría. Con fines exclusivamente políticos, concertó la doble boda de sus descendientes con los de los Reyes Católicos: su hija Margarita se casó con Juan, el heredero castellano, mientras que su hijo Felipe se desposó con la infanta Juana. Lamentablemente, la parca truncó en muy pocos años ambos matrimonios; a los seis meses murió el infante Juan y poco antes de cumplir los diez años de matrimonio falleció Felipe. Los contradictorios informes de los galenos que analizaron el cadáver de este último sembraron grandes dudas sobre los verdaderos motivos de su muerte y sumieron a Maximiliano I en una profunda depresión. No obstante, el emperador austrohúngaro continuó en su empeño, y con el correr del tiempo planificó otra doble boda entre sus nietos Fernando y María de Habsburgo y los dos hermanos descendientes de la familia real húngara de los Jagellón. El varón alcalaíno se desposó con Ana, mientras que María lo hizo con Luis.

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Los primeros días de estancia del infante Carlos en Valladolid transcurrieron sin incidencias. Los nobles que habían apoyado al infante Fernando y le consideraban el más idóneo para reinar en Castilla habían sido apresados, y sus seguidores se difuminaron socialmente al ver las muestras de júbilo que exhibía la ciudadanía con el futuro monarca. Carlos dedicó su tiempo a visitar la villa, sus calles y plazas, sus principales edificios, sus alrededores y los cazaderos próximos. Compartió esas horas de ocio con las recepciones oficiales de numerosos nobles que se acercaron a saludarlo y expresarle su apoyo. Entre ellos don Fadrique Enríquez, almirante de Castilla; don Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar; don Antonio Manrique, duque de Nájera; don Luis Fernández Manrique, marqués de Aguilar, y don Álvaro Pérez Osorio, marqués de Astorga.

Copioso banquete

El 25 de noviembre, día de la festividad de Santa Catalina, se celebró en la iglesia de San Pablo, perteneciente a la Orden de los Padres Dominicos, la recepción e imposición del capelo cardenalicio a Adriano de Utrech, obispo de Tortosa. A la singular ceremonia asistió el archiduque Carlos y cerca de una veintena de prelados, entre cardenales, arzobispos y obispos, además de un gran número de príncipes, señores y grandes maestres. Con posterioridad tuvo lugar un copioso banquete, en el que pudieron disfrutar de los exquisitos manjares y excelentes vinos que por entonces se servían en Valladolid.

«Adriano de Utrech jugó un papel fundamental en las conversaciones que Carlos mantuvo con el Rey Fernando el Católico en los días previos a su fallecimiento»

La tía de Carlos, Margarita de Austria, regente de los Países Bajos, cuando falleció su hermano Felipe el Hermoso asumió la educación y formación de los cuatro sobrinos que residían en Flandes y nombró al teólogo Adriano de Utrech, por entonces rector de la Universidad de Lovaina, tutor de Carlos. Él y Guillermo de Croy, señor de Chievres, se convirtieron en los consejeros espirituales y asesores políticos del archiduque durante su juventud, y a ellos se debe, sin duda, gran parte de la estrategia adoptada para conseguir que fuera aceptado por las Cortes castellanas como Rey de Castilla.

De hecho, Adriano de Utrech jugó un papel fundamental en las conversaciones que Carlos mantuvo con el Rey Fernando el Católico en los días previos a su fallecimiento. Con sus argumentos y capacidad de persuasión, consiguió que modificara su primer testamento, en el que nombraba a su nieto Fernando –hermano pequeño de Carlos– heredero de la corona de Castilla, por un último documento en el que se reconocía al primogénito como legítimo sucesor.

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