El plan contra los centros gueto empieza con éxito

Dos profesoras atienden a los alumnos de sexto de Primaria/Gabrielo Villamil
Dos profesoras atienden a los alumnos de sexto de Primaria / Gabrielo Villamil

En la región hay 20 colegios con alumnado de minorías étnicas en zonas deprimidas

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

El primer impulso fue cerrarlo. Abandonar. Hasta aquí hemos llegado.

La escena había resultado demasiado estremecedora como para pensar que en ese colegio lleno de desconchones era posible otra solución. Una profesora con años de experiencia rompía a llorar de impotencia ante la mirada atónita del consejero de Educación, recién llegado al cargo, que se encontraba de visita en el CEIP Miguel Íscar, en el Barrio España.

Tras el topetazo de realidad imprevista, sin embargo, llegó el momento de reflexionar. No solo es el Miguel Íscar de Valladolid. Unos veinte centros de Castilla y León componen el panorama de lo que se conoce como «centros gueto». Colegios con pocos alumnos, casi todos de minorías étnicas y en zonas urbanas deprimidas.

«Pero hay otros 80, casi 100 centros, que están entrando en un bucle que les puede llevar a esta situación», advierte Pilar González, directora general de Innovación Educativa yEquidad de la Consejería de Educación.

Así que cerrar un centro no acababa con el problema. De hecho, solo lo parcheaba hasta que brotara el siguiente. Era necesario un plan alternativo. Y el consejero, Fernando Rey, quiso que este colegio, el de las lágrimas de la profesora, fuera el pionero en llevarlo a cabo.

En realidad, el plan resulta sencillo de exponer. Lavado de cara de las instalaciones, puesta al frente de un plantel de profesores especializado, refuerzo del equipo psicopedagogo, cambio en las metodologías educativas y un seguimiento pormenorizado del centro. ‘Et voilá’.

Pero no, claro. En realidad es mucho más complicado que todo eso. La parte más sencilla, quizá la única sencilla, era la de acabar con los desconchones, con el aspecto desaliñado de un colegio que no invitaba precisamente a pasar.

Colores en las paredes, puertas de clase adornadas con motivos alegres, un espacio para realizar un ‘podcast’ de radio, la biblioteca acondicionada... Alfonso García-Salmones ejemplifica la segunda pata. La de los profesores. O por afinar el término, la del equipo docente. Porque en realidad la clave de todo el asunto está en el lema del programa.‘Un equipo, un centro’.

«En el sentido de que es el equipo específico para este centro educativo», aclara Pilar González. ¿Es que los otros profesores no eran buenos? No. Es que no eran los adecuados para enfrentarse a los problemas que plantea un colegio de estas características.

En este caso, con apenas medio centenar de alumnos de Primaria, todos gitanos y residentes en el Barrio España, una zona con una conflictividad elevada con respecto a otras zonas de la capital.

«Lo que escuchas de manera externa no es idílico, pero cuando cruzas por primera vez la puerta del colegio tienes que liberarte de todos esos prejuicios y entrar con otra perspectiva diferente a lo que has podido escuchar. Porque en el fondo son niños», explica Alfonso, el director que ha liderado el cambio drástico de este centro en poco más de un año y que el próximo curso, sin embargo, ya no estará aquí porque ha encontrado plaza cerca de su casa, en Cantabria.

Los alumnos, durante la clase de Educación Física en el patio del colegio Miguel Íscar
Los alumnos, durante la clase de Educación Física en el patio del colegio Miguel Íscar / Gabrielo Villamil

Trabajar con niños que conviven con circunstancias excepcionales implica tomar medidas excepcionales. «Tienes que entender tres cosas básicas en ellos: la valoración de su autoconcepto, porque la autoestima la suelen tener baja; empatizar con ellos, que es fundamental, y acercarse a ese mundo de las emociones, que a veces está un poco revuelto, e intentar entenderlo. A partir de ahí intentas construir un proyecto pedagógico, curricular, con metodologías... Pero sobre todo empatía, autoestima y emociones», señala el director.

Cuesta imaginar el paisaje del centro un par de años atrás. Realmente la imagen que ofrece ahora es como la de un centro rural pequeñito, de esos en los que los alumnos de diferentes edades se entremezclan y los profesores forman parte de la familia. Las instalaciones han mejorado, es evidente. Y aprovechan cada oportunidad para dar otro paso en esa mejora, como demuestra el armario en el que duermen enchufados una veintena de portátiles pequeños, ‘netbooks’, esperando su turno.

En una de las aulas, dos profesoras explican matemáticas a un grupo de seis alumnos. «Hemos dotado al colegio de un mayor número de profesores y además ha venido un director que ha sido un revulsivo, junto con otros docentes que han articulado ese proyecto educativo alrededor de unos postulados pedagógicos que inciden en la mejora de la educación», señala Pilar González.

A la entrada del colegio, una foto muestra cuál ha sido el grupo que mejor lo ha hecho esta semana. La imagen va cambiando, aunque hay algunos que ya han repetido muchas veces en el podio honorífico. Y no es cuestión solo de notas. Se valora el comportamiento. O tareas que parecen sencillas en un colegio sin tantas peculiaridades. «El primer reto era lavar un poco la imagen que traía el centro. Y el segundo es conseguir que adquieran determinados hábitos», explica Alfonso García-Salmones.

«Hay uno que hay que mejorar aún, que es que traigan el material escolar. Están acostumbrados a venir con las manos en los bolsillos y hay que darle una vuelta para que tengan una responsabilidad de traer su material.

Pero el trabajo ahí está con las familias, no solo con los alumnos, de dos maneras casi simultáneas. Por eso el hecho de que haya una PTSC a tiempo completo ha sido clave». En los colegios especiales las siglas son muy importantes.

El PTSC. Profesor técnico de servicios a la comunidad. Un trabajador social, vaya.

El PT. Pedagogía terapéutica. El AL. Audición y Lenguaje.

El ATE. Auxiliar técnico educativo.

Los orientadores. Los psicopedagogos. Los fisios, llegado el caso.

«El equipo psicopedagógico que atiende a la zona tiene psicopedagogos y un profesor técnico de servicios a la comunidad, un trabajador social. Lo que hemos hecho ha sido que en este centro ese trabajador social esté casi todos los días, cuatro días a la semana que trabaja a la par con el equipo directivo pero de otra manera, porque el tema de las familias es fundamental. Conseguir eso ha sido una de las prioridades», explica González.

Por eso se producen escenas peculiares, chocantes si se comparan con otros centros, en las que dos profesoras se ocupan de una clase de sexto de Primaria en la que hay seis estudiantes. EduardoDelgado es el inspector que se ocupa de este centro. Ha vivido de cerca la transformación del CEIP Miguel Íscar. Confirma que esa atención casi personalizada es clave para lograr que los resultados aparezcan.

«Aunque pueda pensarse que las familias no están preocupadas, sí que quieren que sus hijos aprueben. Tienen un grado de preocupación y están muy encima, vienen todos los días, traen a los niños, esperan a que entren, vuelven antes de que salgan... Y como todos los días hay algo, un niño que le ha pasado cualquier cosa, como en todos los centros, hay que llamar aparte a los padres, explicárselo. La atención con las familias es más exhaustiva. Sobre todo en los inicios. Porque las familias tienen que saber que tienen un control, un referente en el centro», señala Delgado.

«Y los PTSC ayudan a los directores en lo que es un trabajo social. Porque no solo está la problemática del colegio, sino que a lo mejor son familias que no tienen recursos, o están en el paro, o acuden al Centro de Acción Social».

La dificultad ahora está en conseguir exportar este modelo a los otros centros de Castilla y León con problemas similares. Para ello hay que adaptar incluso la normativa, algo que se negocia con los sindicatos de enseñanza. «Estamos elaborando una normativa específica para que en centros de determinadas circunstancias pueda haber una flexibilización que permita lo que aquí se está permitiendo», explica la directora general de Equidad.

En Educación ya piensan en el siguiente paso. Porque los niños más mayores, los de sexto, van a dar el paso al instituto, un entorno menos protegido. «Podíamos decir que no es un centro inclusivo porque solo hay niños gitanos y residentes en este barrio. Pero en este centro lo que intentamos hacer es dotar de un equipaje intelectual y humano a estos niños para que puedan llevarlo al instituto, donde conviven niños de distintas procedencias», señala Pilar González.

La intención es que allí tengan «un tutor individualizado que los acompañe, que haga su seguimiento, que se coordine con la familia o incluya recursos de compensatoria si es necesario, para que salgan adelante».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos