El parapente, un deporte de altos vuelos

Levantamiento de la vela para efectuar la salida. / H.S.

La asociación Paraclub Pucela, a punto de cumplir 21 años, explica el manejo y riesgo desde el Pico del Águila

CLARA RODRÍGUEZ MIGUÉLEZ Valladolid
Miércoles, 4 octubre 2017, 20:59

Volar ha obsesionado al ser humano desde siempre, y se ha reflejado en el prototipo de la máquina voladora de Da Vinci, pero también en los sueños personales y en los diseños de los ingenieros aeronáuticos. El Paraclub Pucela, un grupo aficionado que practica este deporte por ocio y alejado de las competiciones, extiende velas para tratar de explicar la sensación que produce volar en parapente y clarificar los riesgos reales en torno a una modalidad aérea emocionante, pero tristemente célebre. Este verano ha dejado tras de sí varios accidentes mortales, como los de dos parapentistas en Ávila que murieron respectivamente en julio y a principios de septiembre; el primero, pocos días después de la muerte de otro hombre en Badajoz.

El club vallisoletano cumplió ayer 21 otoños, aunque la mayor parte de miembros, que son entre 30 y 34 en la actualidad, se han unido después a la aventura. «El parapente está calificado como un deporte de riesgo», reconoce Roberto Soto, uno de los parapentistas, «pero es como todo, la peligrosidad va en función de a qué niveles lo practiques», añade. «Este año está resultando especialmente fatídico, pero los accidentes mortales se dan casi siempre en un planteamiento de competición o con vientos muy turbulentos». Roberto Soto refiere cómo, a menudo, un factor de riesgo es la prueba que realizan los más experimentados de velas no homologadas para medir su respuesta. Los peligros a los que se enfrenta un principiante casi nunca pasan de una rozadura o un esguince.

Mientras el parapentista explica esto, algunos de sus compañeros ya sobrevuelan la zona, y otros alzan el vuelo o aterrizan, al tiempo que unos pocos preparan el equipo para lanzarse desde los más de 800 metros de altura que proporciona el Pico del Águila, al lado de Valoria La Buena. Se trata de una de las mejores laderas para la actividad del club, por su orientación oeste, acorde con el viento predominante en la provincia.

Sin sistema montañoso

Esta vez se han reunido siete, aunque van y vienen: José Antonio ‘El Churrero’, José Luis Nieto, José Suco, Jesús Rodríguez, Alfredo Martínez, Nicolás Diez... Sergio Martínez es el novato en esta ocasión. Comentan entre risas y refunfuños que, aunque Castilla y León es muy buena para hacer cross (o vuelo de distancia) ya que no se encuentran obstáculos, Valladolid es la única provincia sin ningún sistema montañoso del que tirarse.

Aquí se practica la modalidad del vuelo dinámico. «Aprovechamos las burbujas térmicas de las que se forman luego las nubes», explica Roberto, que utiliza una comparación para explicar sencillamente el funcionamiento del parapente: el vuelo de los buitres. El aire caliente que viene desde el suelo, cargado de humedad, asciende y se enfría hasta que se condensa y forma una nube. Cuando este aire choca con la ladera, encuentra fuga hacia arriba, y es esa masa de aire ascendente la que aprovecha el parapente para volar. La dinámica es la misma que la de las mencionadas aves carroñeras, que giran dentro de la burbuja térmica para ganar altura. Un parapentista puede llegar hasta la base de la nube, pero no se mete dentro de ella. «Dejaríamos de ver y es muy importante porque este deporte es muy visual», razona Roberto.

Los parapentistas del grupo vuelan sin material técnico de vuelo, únicamente con un ‘walkie’ para comunicarse entre ellos y un variómetro, que mide la velocidad vertical y pita con agudos al subir y con tonos más graves al bajar. Llevan también un paracaídas por si las cosas se ponen feas, pero una altura mínima es necesaria para que sea efectivo. En competición se añade un GPS, pero no en vuelos como estos. José Luis ‘El Churrero’ cuenta que se utiliza una vela u otra (catalogadas con letras de la A a la D según sea el nivel del usuario) en función del peso, de modo que es vital tener en mente el intervalo en el que puede volar un parapente:la suma del peso del pasajero o pasajeros y el resto del equipo debe estar dentro del mismo, no por debajo ni por encima.

La cometa se extiende todo lo larga que es sobre el terreno para impedir que las cuerdas se enreden. Unos arneses, colocados con pericia antes de que se vayan las últimas rachas de viento del atardecer, culminan la preparación de dos biplazas o tándems para correr hacia el borde de la montaña con casco y guantes. Estos parapentes para dos permiten que el asiento delantero sea mero espectador y el ‘piloto’ del parapente, por su parte, controle la dirección y el manejo de la vela con dos cuerdas conectadas a la misma, como haría en un monoplaza. Los parapentistas parecen tortugas:toca echarse una carrerita con la silla-bolsa a cuestas y lanzarse cuando se consigue que la vela colabore. Y de pronto, los pies ya no están en el suelo, sino colgando del caparazón de tortuga sobre el que se asienta el aprendiz de ave. El vuelo, que parte del pico del Águila como toda una experiencia para los sentidos, no es vertiginoso, ni hace que se experimente sensación de ‘caída libre’, ya que los ascensos y descensos suelen ser graduales. Antes de aterrizar se empieza a correr, para tomar tierra. El contacto resulta mucho más suave de lo esperado, y las ganas de repetir reclaman ya su derecho a expresarse.

El viento marca cuándo se vuela y cuándo no, y los miembros del Paraclub Pucela se unen cuando pueden o quieren. Pero, ¿cada cuánto tiempo quedáis? Alfredo Martínez y El Churrero responden rápidamente, después de enrollar el parapente y meterlo al maletero. «Si se puede, volamos todos los días», confiesan alegres. Parece que esto engancha: la sensación de sobrevolar los campos es impagable y el que prueba suele repetir.

El viento amaina

El vuelo de los dos biplazas del día se ha convertido en un planeo, ya que el viento ha amainado demasiado, y los dos deportistas hablan sobre ello: «Al principio, levantábamos dos metros del suelo y era ya genial, ahora, hasta los vuelos que a nosotros nos parecen una mierda, un principiante no los olvida jamás», concluyen. Convertirse en pájaro no es cosa de capricho: el precio, como en tantas cosas, varía, pero el precio de un monoplaza a estrenar oscila en torno a los 2.000 euros, y puede llegar a duplicarse con la compra del resto del equipo.

De momento aquí no cuentan con escuela de vuelo, quizás por el propio planteamiento del club y las posibilidades que ofrece la plana tierra de campos. Sí que está disponible en otros sitios como Madrid, los Pirineos o Ávila, que ha sido recientemente sede del Campeonato de España. El récord de distancia español lo ostenta desde apenas hace un par de meses Blay Olmos Jr., un parapentista de Arcones, Segovia, con 288 kilómetros recorridos en casi ocho horas. Aunque fuera de competición se minimiza muchísimo, la peligrosidad está ahí. Sin embargo, no en vano el parapente es nombrado a menudo el menos extremo de entre los deportes extremos. Existen precauciones y situaciones muy distintas, que cada cuál debe valorar y respetar. El Paraclub Pucela lo sabe bien:el parapente es adrenalina y plenitud al alcance de las manos... o de unas alas hechas de «un trozo de tela con cuerdas», como define una de las bromas de la tarde en Valoria.

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