Un libro rescata del olvido fotos abandonadas de Valladolid

Un puesto del mercado del Campillo en las navidades de 1967. /COLECCIÓN LUIS POSADAS
Un puesto del mercado del Campillo en las navidades de 1967. / COLECCIÓN LUIS POSADAS

Luis Posadas publica la segunda parte de un volumen de relatos que acompañan instantáneas recuperadas en rastros y colecciones desechadas por sus anteriores propietarios

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Hoy que todo es clic, borrachera de megas, eterno disparo de flash. Hoy que están de ‘selfis’ las tripas de los teléfonos móviles llenas. Hoy que tan fácil es borrar retrato cuando hay ojos cerrados, sonrisa torcida, pelo sin peinar. Hoy, que hay bebés con más fotos que minutos de vida, que hay niños que crecen delante del objetivo familiar, hoy es tal vez el momento para recordar aquellos tiempos en los que había que prepararse a conciencia para posar delante de la cámara, aquellos años en los que una fotografía era tesoro, cuando los carretes eran escasos y no había que desperdiciar instantáneas. Hoy que tan barato sale el clic habría que reivindicar el valor de una fotografía.

Fotos

«¿Cuántas fotos tienes de tu abuelo, de tu bisabuelo?», pregunta Luis Posadas Lubeiro, coleccionista, poseedor de una riquísima colección de imágenes cotidianas del Valladolid del ayer. «¿Cuántas podía tener un vallisoletano de principios del siglo XX? ¿Diez? ¿Doce fotos? ¿Una? ¿Ninguna?».

Si hacerse una foto era algo extraordinario, «casi mágico», conservarla se convertía en ritual. Había que custodiar ese trocito de papel como si fuera oro. El marco. El álbum. La cajita de hojalata. ¿Y ahora? Ahora nos sacamos fotos a todas horas, a ráfagas, sin freno. Pero muy pocas veces salen de la pantalla. «Piénsalo, de todas las fotos que te haces, ¿cuántas pasas a papel?», pregunta Posadas. Y no es mala cuestión. Piénselo, amigo lector, ¿cuántas fotos de todas las que se ha hecho a lo largo del pasado 2017 ha impreso? ¿Cuántas puede tocar? «La fotografía se ha convertido, por desgracia, en algo de usar y tirar», lamenta Posadas.

Plaza Mayor en 1915, heladeros y barquilleros. / COLECCIÓN LUIS POSADAS

Frente a eso, defiende esa fotografía que permanece y que, años después, es testigo de fiestas, de bodas y entierros, de excursiones familiares, de paseos e inundaciones. Tal vez, en un futuro, no haya coleccionistas como Posadas porque no será fácil rescatar píxeles de las profundidades de un móvil. Porque la mayor parte de las fotos que hoy sacamos se perderán en comandos electrónicos sin que nunca lleguen a ser algo palpable.

Pero hubo un tiempo en que esto no era así y toda foto tenía su traducción al papel. Por eso ha podido Luis Posadas construir una colección que ya suma 15.000 fotografías y postales de Valladolid y sus gentes. Por eso ha podido ordenar ese enorme patrimonio, acumulado gracias a visitas por rastros, a compras en tiendas de segunda mano, en subastas por Internet, en adquisiciones a particulares que quieren deshacerse de unas fotos que cogen polvo en casa y a las que se asoman rostros a los que ya nadie pone nombre. A Luis le gusta conseguir esas instantáneas para ordenarlas, clasificarlas... e inventarse la historia que puede haber detrás de ellas.

Fue así como nació un grupo de facebook (que concita a más de 9.000 participantes) y como se idearon libros como este que acaba de presentar. Se titula ‘Valladolid: recuerdos e infancias. Los territorios de la memoria’, tiene prólogo de Joaquín Díaz y es el segundo volumen de un proyecto que recupera alguna de estas imágenes, acompañadas por los relatos escritos por Luis Posadas y su mujer, María José Velloso. Inventan una historia para esas fotos sin nombre identificable en el recuerdo. ¿Quiénes son esas personas?¿Qué hacían?Ese es el juego que propone Posadas. El libro es un magnífico pasatiempo para descubrir cómo era la vida de un Valladolid «de otra época, donde todo era más lento y uno podía disfrutar en casa de una tarde de manta, fotos y sofá».

«Aunque a lo largo de la historia hayan cambiado las técnicas, los soportes e incluso los fines, los motivos que originaron las instantáneas suelen ser siempre los mismos:recordar, tener memoria de los individuos y de las cosas que los rodeaban o los caracterizaban». Por eso son tan tristes las fotos huérfanas, esas en las que salen personas cuyos nombres ya nadie recuerda, que reflejan momentos que ya tanta gente olvidó, escenarios que terminaron por desaparecer. En muchos casos, ni siquiera hay una fecha en el reverso que permita datar el momento en el que se tomaron esas imágenes.

Plaza de San Juan y un grupo de camareros y albañiles. / COLECCIÓN LUIS POSADAS

Algunas de esas fotos de la colección de Luis Posadas forman parte de este libro en el que se descubre (o se recuerda) un Valladolid que tal vez siga aquí, pero que ya no existe. Como el de ese grupo de hombres que posa entre sonrisas, en el decenio de 1950, frente al coche de línea Valladolid-Yscar (sí, con y). Como esos chavales que juegan al ‘foot-ball’ en el colegio de los padres jesuitas. Como esa treintena de hombres (todos con gorro, muchos con bigote, la mayoría con guitarra) que formaban el Orfeón Pinciano y posaban con orgullo en los años 20 del siglo pasado. Como esos caballeros trajeados (y con sombrero) que paseaban por delante de San Pablo en 1920. O como esos vallisoletanos, con carros y caballos, que sorteaban las inundaciones de la Circular en 1924. Un libro que es Historia y a la vez historias de Valladolid. Y que ya está a la venta en las librerías de la ciudad.

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