Los jóvenes vallisoletanos que llegaron de fuera

Red Íncola refuerza sus programas para inmigrantes de segunda generación. En Valladolid hay 5.236 menores de padres extranjeros

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Para empezar, intentemos resolver una curiosidad.

–Si a vosotros os preguntan ‘de dónde sois’... ¿qué es lo que contest áis?

–Que de Marruecos–, dice Muna, quien llegó a España con tres años y hoy tiene 13.

–Que de República Dominicana–, responde Jorge, quinceañero que desde los ocho reside en Valladolid.

–Que de Marruecos–, señala Esmeralda, a punto de cumplir los 21 y ya con más recuerdos de aquí que de su país natal.

–Entonces, en un Mundial de fútbol, ¿con quién vais?

–¡Con España! Aunque si juegan contra Marruecos...

–¿Y para vivir?

–Aquí. Para vivir, aquí. Para estudiar y trabajar también... aunque no me importaría ir a Corea del Sur.

Esta última respuesta es de Darine. Pero también hablan Jorge, Yerandy, Dayana, Pablo, Ruth... Como ellos hay 5.236 chavales en Valladolid. Niños y adolescentes con menos 19 años que han sido bautizados por la sociología como los inmigrantes de segunda generación. Hijos de familias extranjeras que hace años se instalaron en Valladolid y que aquí han pasado ya la mayor parte de sus vidas. Aquí están sus amigos, aquí están sus estudios, sus aficiones, sus intereses... y aquí también está su futuro. De esos 5.236 menores, 2.374 ya nacieron en España. Entidades como Red Íncola subrayan que durante los últimos años se han visto obligados a reorientar sus focos de atención, que gran parte de sus esfuerzos se centran ahora en atender a esta nueva generación de vallisoletanos con raíces en otros países.

«Durante las primeras etapas era importante el refuerzo escolar, el apoyo sobre todo a aquellos niños que llegaban sin conocer el idioma», explica Elena Marín, educadora responsable del área de Infancia y Juventud de Red Íncola. Pero ahora hay que dar nuevos pasos. Muchos de estos jóvenes ya llevan años en Valladolid y requieren nuevas acciones, «como los programas de ocio o de orientación educativa y laboral».

Cuentan desde Red Íncola que es importante acompañarles en un camino que a veces supone ir más allá de la familia, ofrecerles opciones que les permitan descubrir aficiones o compañías que se salgan de su círculo más habitual... y que refuercen además su propia identidad, construida a partir del legado familiar, pero también de las propias experiencias.

«Mi origen no lo voy a cambiar, pero te vas a adaptando. Soy musulmana, hago el Ramadán... y con mis amigas, a la hora de quedar, de salir y divertirme, soy una más. Lo importante es coger lo mejor de cada cultura», asegura Esmeralda. Llegó a España desde Marruecos con 13 años, cuando su padre atravesó el Estrecho para trabajar en la Península. Hoy está a punto de cumplir los 21. Y tiene claro su futuro. Muy claro. «Soy una chica luchadora, trabajadora. Yo sé que si estuviera en Marruecos también habría llegado a conseguir lo que me hubiera propuesto, pero estoy segura de que me habría costado más. Aquí hay más apoyos, más oportunidades... y siempre las habrá para aquellas personas que quieren llegar lejos y tienen la mente abiertas, sin poner etiquetas», explica.

Estudia un ciclo de Comercio y Márketing. Ya piensa en un grado superior o un máster. Su objetivo es abrir su propio negocio. Ser empresaria en España, aunque sin cerrarse del todo las puertas en Marruecos. «Hay que aprovecharse de esa riqueza que nos ha dado la vida:me gusta la paella y el cuscús, adoro el flamenco. ¿Por qué no aprovecharse de todo eso?», dice Esmeralda.

«Son conscientes de la importancia de la educación, de que formarse es la mejor vía de conseguir un futuro» ELENA MARÍN, EDUCADORA DE RED ÍNCOLA

Esmeralda es la mayor de un grupo que todas las semanas se reúne en los programas de Red Íncola. Es la única que ha sentado ya las bases de su porvenir laboral. Pero por detrás vienen otros chavales con las ideas claras, pese al batiburrillo de idiomas que a veces se monta en casa.

«Con mi madre hablo en árabe, pero con mis hermanos ya no», dice Muna, nacida hace trece años en Marruecos;desde hace diez en Valladolid. «A mí ya se me está olvidando. Sé leerlo, pero escribirlo no muy bien», reconoce Darine, 14 años, diez en España. «Más adelante sí que me gustaría estudiar árabe porque me puede servir para trabajar... pero ya me he acostumbrado a hablar en español. Con mis hermanos hablo siempre en español», asegura Darine, quien ve su futuro como profesora de idiomas y tal vez en un país asiático. No le importaría emigrar como en su día hizo su padre.

Ella marcharía a Corea del Sur («me encanta aquella cultura»), en una aventura como la que su padre emprendió hace más de diez años, cuando se vino de Marruecos, primero a Alemania, más tarde a Ávila, luego  a Valladolid. «Cuando ya pudo, nos fue trayendo al resto de la familia. Yo estuve muchos años sin ver a mi padre y el primer día casi ni lo conocí», cuenta.

–Dices de ir a Corea del Sur, ¿no te gustaría vivir en Marruecos?

–No me veo. Aquí tengo mi vida, mis amigos. Hay más posibilidades.

Y aunque cuando le preguntan dice que es marroquí («es donde nací, uno es de donde nace, ¿no?»), asegura también sentirse española:«Este es ahora mi país».

También el de Yerandy, 16 años. Seis en España, aunque su madre ya llevaba tiempo aquí. Durante ese tiempo, Yerandy vivió en República Dominicana con su tía, con la familia materna, esperando el momento para que su madre se hubiera asentado aquí y pudiera reagrupar a la familia. Tres años sin ver a su madre... «aunque hablábamos mucho por teléfono».

–¿Qué te contaba?

–Me hablaba de fútbol. Me decía:‘Ya verás qué bien cuando vengas, que vas a ver los partidos de Messi, de Cristiano Ronaldo. Y yo no entendía nada, no sabía quiénes eran. Allí se juega al béisbol, no al fútbol.

–¿Y ahora?

–Ahora soy del Madrid.

A demás, Yerandy es bueno con los números. Dice que de mayor le gustaría ser profesor de Matemáticas. «En realidad yo querría ser piloto de avión, pero sé que eso es más complicado.Me costó adaptarme al colegio. En mi país hay un nivel de aprendizaje más bajo, la educación no es tan buena y al principio cuesta», reconoce. El idioma, en los casos en los que llenan de países donde no se habla el castellano, suele ser el primer escollo. «Lo que pasa es que en Primaria no se nota tanto. Lo que más noté yo fue el paso del colegio al instituto», dice Darine.

Muna, vallisoletana de Marruecos, lleva una mano de Fátima colgada del cuello («me la regaló mi hermano, trae buena suerte»)y también sueña con ser profesora, en su caso de Infantil.

Jorge (15 años), de República Dominicana, apunta hacia el diseño gráfico. «Siempre me han fascinado los videojuegos y ahora hago bocetos de arte en 3D con el ordenador. Me gustaría trabajar en eso y hacerlo en España. Vivo aquí, la economía es mejor que allí y hay más oportunidades», concluye antes de responder con humor a una última pregunta.

–¿Echas algo de menos de tu país natal?

–¡La fruta! Aquí es más aburrida.

«Son conscientes de la importancia de la educación. De que estudiar y esforzarse es el mejor modo de conseguir un futuro», asegura Elena Marín, de Red Íncola, quien subraya que todavía hay que trabajar contra el fracaso escolar (con clases de refuerzo)y especialmente contra el abandono educativo. A veces las familias no son tan conscientes de la importancia de la formación y prefieren una rápida inserción laboral que lleve dinero a casa.«Son jóvenes que se encuentran en un terreno que se mueve bajo sus pies. No han nacido aquí, pero han adoptado la mayor parte de las tradiciones de España. Muchos de ellos ya han perdido incluso sus idiomas de origen.Me lo comentan muchos jóvenes búlgaros, que cuando van de vacaciones a los países de sus padres, casi no puede hablar con sus abuelos o sus tíos porque olvidan el idioma», asegura Marín.

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