Un hogar en una casa de acogida

Necesitaba un hogar y lo halló en la casa de su madre de acogida, en un programa que busca familias para menores con dificultades

Eloísa Bartolomé, asomada a una ventana de la sede de Cruz Roja en la calle Pólvora.
Eloísa Bartolomé, asomada a una ventana de la sede de Cruz Roja en la calle Pólvora. / V. Vela
VÍCTOR VELAValladolid

«Mis padres se fueron», dice Eloísa Bartolomé (Valladolid, 1992) cuando recuerda aquellos años vacíos de abrazos, de parques sin risas, de días que acababan sin el besito de buenas noches. Se fueron:sus padres. Sin avisar. Sin explicaciones. Sin razones ni porqués. Cogieron las cosas y dejaron a los hijos.

«Mis padres se fueron», dice.

Eloísa no había cumplido los doce. Su hermano tenía un año más. Empezaban una vida sin padres. Aunque no sin familia.

Ella es una de las decenas de menores que desde 1989 han encontrado un hogar gracias al programa de acogimiento familiar no preadoptivo emprendido por la Junta de Castilla y León con la gestión de Cruz Roja Española. La institución recuerda que siempre hay niños (aún los hay) que buscan, más que techo, cariño. Eloísa fue uno de esos menores que hallaron nuevo hogar cuando más lo necesitaban.

Porque sus padres se fueron.

–¿Dónde?¿Por qué?

–Ni idea. Mi hermano y yo nos quedamos en casa de mis abuelos paternos, pero ellos no podían cuidarnos, dijeron desde la Junta.

Eloísa pasó el primer año de Secundaria en un piso tutelado, con monitores y habitaciones compartidas, «cada vez con alguien diferente, a medida que entraban y salían niños». «Siempre supe que aquello no era para mí. Además, iba mal en el instituto. Yo veía que aquello como que no». Hasta que se topó con un anuncio en la marquesina. O tal vez fue un cartel en la calle. O un folleto de esos que hojeas sin interés cuando estás de visita en Servicios Sociales. «El caso es que vi que Cruz Roja tenía este programa de familias de acogida y se lo comenté a mi técnico de referencia».Que si ella quería. Que si ella podría. Vamos a mirarlo, le explicaron. Lo miraron. Ya los pocos días le avisaron de que tal vez.

El programa gestionado por Cruz Roja busca más familias para acoger a menores en Valladolid

–Hay una mujer–, dijeron.

Y Eloísa soñaba con que ojalá.

«Hay un sentimiento de abandono que no se me va a ir nunca en la vida. Hay un miedo que siempre va a estar ahí: ¿Y si me los encuentro ahora? Hay una incertidumbre de pensar qué hubiera pasado si...». Pero el sentimiento, el miedo, la incertidumbre se apaciguan cuando Eloísa habla de Ana, su madre de acogida, su otra familia, la mujer que le ofreció su hogar [su hermano se mudó a Asturias para seguir los estudios].

–¿Recuerdas la primera vez que os visteis?

–En septiembre, cuando iba a empezar el segundo curso en el instituto. Dimos un paseo por Delicias. Fuimos a llevar a la tintorería el traje de novia de su hermana. Luego me enseñó la casa, la que iba a ser mi nueva habitación. Yo me fijé en que aquello era un cuarto con ascensor, que había mucha escalera...

Atención y cuidado por un tiempo determinado

No es ni una adopción ni un paso previo para ella. Eso debe quedar claro desde el primer momento. El acogimiento familiar es un programa del Sistema de Protección a la Infancia de la Gerencia de Servicios Sociales que proporciona a los menores una atención familiar sustitutoria o complementaria a la de sus propios padres durante un tiempo determinado. Cruz Roja colabora con la Consejería de Familia e Igualdad de Oportunidades en la gestión de este programa para ofrecer a estas familias información, apoyo, asesoramiento, formación, acompañamiento y seguimiento a lo largo de todo el proceso de acogida. En la actualidad, hay 35 menores acogidos en Valladolid, aunque siempre son necesarias nuevas familias dispuestas a cuidar en sus casas a menores con necesidades. Los interesados pueden informarse en los teléfonos 983 33 67 77 y 902 10 60 60. «En 2015 entró en vigor una nueva ley estatal para procurar que todos los menores de tres años (en Castilla y León se busca que sean los menores de seis) no pasen por centros tutelados y sean acogidos por familias», explica Monge, quien resalta por eso la necesidad de disponer de una bolsa de familias dispuestas a acoger. «El estado civil no tiene que ver, pueden ser familias monoparentales; se busca estabilidad emocional, disponibilidad de tiempo... y se sigue un proceso de información, formación y valoración para facilitar el encaje entre las familias y los menores», añade.

Eloísa sonríe cuando habla. Agita mucho las manos, los dedos se mueven como rutina de natación sincronizada. Y, a su lado, Mónica Monge, trabajadora social de Cruz Roja, responsable del programa de familias de acogida, subraya lo que para ella, que tanto las conoce, parece evidente:después de tantos años de convivencia, hay gestos compartidos, expresiones comunes, giros que comparten al moverse y al hablar. «¡Es verdad!Yo me doy cuenta. La gente nos dice que hasta nos parecemos», comenta Eloísa.

–¿Qué más has aprendido de ella?

–La importancia de los estudios (si no hubiera sido por ella, no sé yo), los valores, a tener una vida social activa, a disfrutar de la Seminci, del TAC, de que hay cosas que son importantes en la vida y otras por las que no hay que preocuparse, lo que es una familia bien estructurada.

–¿Qué es una familia?

Eloísa calla unos segundos. Tal vez por su cabeza pasan ahora las imágenes de los padres que se fueron, de los abuelos con los que comparte los veranos, del hermano al que –ya de vuelta en Valladolid– ve todas las semanas, de la madre de acogida que le brindó una oportunidad, de la pareja con la que ahora sale y planea irse a vivir. Eloísa calla. Piensa. Y después de unos segundos dice:«Creo que una familia es alguien que está para lo bueno y para lo malo. Que da sin pedir nada a cambio. Con la que aprendes. Con la que creas un hogar. Mis abuelos son familia. Ana y sus hermanos y los hijos de sus hermanos (mis primos)también son familia. Comemos juntos todos los sábados. Lo más importante es que creo que ya he encontrado mi lugar. Tengo mi lugar en el mundo.Soy la hija, la nieta, la sobrina, la prima mayor, la hermana... Tengo un puesto en Fasa, he trabajado en Plena Inclusión con personas con discapacidad, estudio Educación Infantil a distancia». La primera vez que se vieron fue en septiembre. Una semanas después, ya estaban viviendo juntas. El 26 de octubre hará once años... «y siempre celebramos ese aniversario». Cuenta Monge, de Cruz Roja, que su caso fue muy sencillo. Que encajaron a la perfección. Desde el primer momento. «Lo habitual es que haya un periodo de adaptación;primero encuentros, luego salidas de fin de semana. Y al final, la acogida completa», asegura la trabajadora social, quien comenta que estas situaciones suelen ser un poco más delicadas en el caso de adolescentes, como fue Eloísa. «Yo creo que las dos nos lo pusimos muy fácil. Ella quería acoger –entonces tenía 34 años– y yo quería ser acogida. Hizo además algo que para mi fue muy importante, y es que me presentó muy pronto a su familia, a sus amigos. Me hizo sentir una más desde el primer momento. Yeso lo agradecí muchísímo. Las dos somos muy cariñosas. Y siempre le agradeceré que me abriera las puertas de su vida por completo».

Eloísa sigue viviendo con Ana. El programa de acogimiento llega, en principio, hasta que el menor cumple 18 años, aunque en Castilla y León existe un plan complementario hasta que el joven alcanza los 21. En este caso concreto, el compromiso llega más allá. Ahora Eloísa sueña con volar sola. «Ella es la que más me anima. Me dice: 'Inténtalo. No tengas miedo. Vete a vivir con tu pareja. Y si por lo que sea sale mal, ya sabes que aquí me tienes, que aquí estaré, que nunca te dejaré'».

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