Valladolid vuelve a rendirse a los pies de La Oreja de Van Gogh

Leire Martínez, solista de La Oreja de Van Gogh desde hace ya nueve años./Ricardo Otazo
Leire Martínez, solista de La Oreja de Van Gogh desde hace ya nueve años. / Ricardo Otazo

Los de San Sebastián convencieron con un repertorio repleto de sus grandes éxitos

Víctor Vela
VÍCTOR VELAValladolid

Hay esta noche ración de oreja para todos en la tasca de la Plaza Mayor. Bocados de pop en cazuelita de barro: con estribillos gelatinosos, su salsita bailable, y picantón para darle gusto a una noche de llenazo total. Oye, y pan, que no falte el pan. Pan que pide el público para untar bien, pan para pringarse los dedos sin miedo, pan para disfrutar del rollo desenfadado de un grupo que, glups, está a punto de cumplir dos decenios, como si veinte años no fueran nada más que vértigo y canción. «Aquí estuvimos hace un tiempo y es de nuevo increíble ver esta plaza llena», dicen antes de empezar el concierto, con un recuerdo a aquel recital de 2006 en el que marcaron el récord de una gala de ferias en la Plaza Mayor (40.000 personas, otorgan los registros históricos).

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Retornan ahora, en 2017, sin alcanzar el tope de entonces, pero con enorme poder de convocatoria. No hubo anoche baldosa libre y volvieron a llenarse las farolas. Regresan después de afianzar una colección potente de hits; más que álbum de álbumes, perfil de Instagram (filtro Donosti) para colgar selfies de sus mejores estribillos, esos zumos de canción con glucosa en los acordes, pegajosos como borracho de discoteca. Las letras naif love total de sus principios (que aún hoy perviven, marca de la banda) han dejado que se cuelen también himnos contra la violencia machista, que suenan rotundos en este concierto de Valladolid que comienza con ‘Estoy contigo’ y que consigue despertar gargantas cuando a continuación suena ‘El último vals’.

Llega luego ‘Cuídate’, uno de los pelotazos de su vida anterior, antes de que Amaia Montero dijera adiós muy buenas y le cediera el micrófono a Leire Martínez, quien ha hecho suyos los clásicos del grupo sin que duelan las comparaciones. Demuestra la cantante –hoy con borrachera de flecos y guante lentejuelas ‘billy jean’– poderío en ‘París’ y ‘Muñeca de trapo’, con esos giros que uno no termina de saber si eran ‘amaiescos’ (el ataque a las primeras notas, las extrañas eses, el contorsionismo vocal)o son pinceladas Van Gogh. En fin, el grupo es una demostración palpable de que se puede sobrevivir al cambio de cantante (hace ya de nueve años de esto)sin tener que renunciar a canciones pretéritas, como ‘Rosas’ o ‘La playa’.

Los fans, entregados a los donostiarras.
Los fans, entregados a los donostiarras. / Ricardo Otazo

Hay quien para cabalgar prefiere los pura sangre del indie, quien apuesta por los caballos árabes bendecidos por cualquier gurú de radio3, quien elige el galope salvaje del metal o el trashdance. Pero también mola a veces montar en los jamelgos de plástico y colorido barniz de un carrusel. Es un viaje el del tíovivo que tal vez no lleve a ninguna parte... pero bien que se disfruta durante el trayecto. Así es una canción de La Oreja de Van Gogh, como una vuelta en los caballitos, como un paseo por el Real de la Feria, con sus luces desbordantes e irreales, algodón de azúcar, mucho neón en el estribillo y un cambio de tono milimetrado cuando llega ese momento de la montaña rusa en el que el estómago se encoge y el vagón coge nuevo impulso.Y entonces, durante la caída, las manos se escapan del arnés de seguridad para volar al aire, brazos en alto, mientras se grita que qué corto fue el amor y que qué largo el olvido.

Parecen los miembros de la banda –que se presenta en un escenario lleno de lámparas, como si le hubieran vaciado el almacén al Ikea– esos niños que esperan turno en su atracción con las manos llenas de fichas para que el viaje (de Copperpot)dure un poquito más. Echan una y el tíovivo se mueve al ritmo de ‘Diciembre’. Meten otra y estamos a ‘20 de enero’. Una más y llega ‘Verano’. Yla fiesta sigue hasta que suena la sirena, hasta que acaba el viaje y toca bajar del carrusel con esa sonrisa tonta que se te queda después de disfrutar del trayecto. Ysolo quedan ganas de pedir una más, una nueva ración de oreja para que la fiesta no muera tan pronto.

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