La feria de 1917, enturbiada por un accidente de tren cerca de Pozaldez

La Acera de Recoletos, en el decenio de 1910 /A. Municipal
La Acera de Recoletos, en el decenio de 1910 / A. Municipal

Se cumplen cien años desde el accidente que ensombreció unas fiestas repletas de actividades y con un amplio cartel taurino

ENRIQUE BERZAL Valladolid

Aquella iba a ser la ‘Feria de Septiembre’ más espectacular de las vividas hasta el momento en Valladolid, la de mejor cartel de toros de toda España, acompañada por un sol radiante desde la inauguración y repleta de actividades meticulosamente preparadas por la comisión de festejos del Ayuntamiento. Nadie presagiaba, sin embargo, que a mitad de recorrido festivo ocurriría lo peor, un brutal accidente ferroviario que sembró de horror y sangre las inmediaciones de la ciudad, entre Matapozuelos y Pozaldez, tocando también a Medina del Campo para incrustar su luto en la provincia y saltar a las portadas de la prensa nacional.

Ocurrió hace cien años en medio de las fiestas Valladolid, adelantadas en las fechas por «conveniencias particulares de la empresa de la plaza de toros», pues no debemos olvidar que el cartel taurino era el principal reclamo de visitantes, y que precisamente la «atracción de forasteros», como decía El Norte de Castilla, constituía el objetivo primordial de los festejos, pues gracias a ellos «el comercio y la industria tienen unos días de copioso ingreso».

Lo cierto es que todo parecía inmejorable aquel 18 de septiembre de 1917, mientras el mundo seguía en guerra y desde Rusia llegaban los ecos revolucionarios de Lenin y compañía. Amaneció el día con un sol radiante; el madrugador disparo de cohetes y bombas anunciaba la feria, mientras la banda de música del Regimiento de Isabel II recorría las calles tocando diana. Así se haría todos los días, hasta el 26, a las ocho en punto de la mañana.

El programa oficial no tenía desperdicio. La exposición canina, celebrada en la plazoleta del Cisne del Campo Grande, en casetas de maderas convenientemente instaladas, atrajo a miles de curiosos y alentó los elogios hacia la Sociedad de Cazadores y Agricultores de Castilla la Vieja, su principal organizador. Algo similar sucedió con ‘el coso blanco y rosa’ del día 22, singular desfile de carrozas y carruajes engalanados con todo tipo de adornos que abarrotó la plaza de toros.

Uno de los salones del Ayuntamiento albergó el segundo Certamen del Trabajo, una suerte de exposición que reproducía en pequeña escala edificios relevantes de la actividad económica de la ciudad, ente los que sin duda destacó, según el decano de la prensa, la «descripción de la estación de radiotelegrafía» a cargo de Mariano Roda y Francisco Rodríguez, estudiantes ambos del último año de la Escuela de Ingeniería. El lado caritativo corrió a cargo de dos eventos: la Tómbola de la Caridad, a base de aportaciones de comercios e instituciones diversas, y la Fiesta de la Flor o ‘Garden Party’ celebrada en La Rubia el día 21, cuya recaudación, más de 11.124 pesetas, iría destinada a la fundación de un dispensario antituberculoso.

Si el aliciente cultural vino de la mano de las ponencias que Ángel María Álvarez Taladriz impartió en el Museo (Palacio de Santa Cruz) sobre «los tres memorables escultores castellanos, Berruguete, Juan de Juni y Gregorio Fernández», el pulso popular latió intensamente en el Campo Grande, donde se instalaron casetas y barracas repletas de «juguetes y baratijas», dos circos, salones de tiro y carruseles, sin olvidar las sesiones de cinematógrafo del Pradera. Especialmente llamativa fue la iluminación del Paseo del Príncipe, a base de un frontispicio plateresco repleto de bombillas y arcos con luces de colores a modo de «túnel luminoso».

Los eventos deportivos consistieron en una carrera ciclista por el Paseo Central del Campo Grande y otra de mayor envergadura, pues recorría los cien kilómetros de ida y vuelta entre Valladolid y Palencia, organizadas ambas por el Moto-Club Ciclista que presidía Gillardi, y una «carrera pedestre» de tres kilómetros en el Campo Grande, a cargo de la Sociedad Gimnástica Deportiva. Pero el principal reclamo era, sin duda, el cartel taurino de los días 18, 19, 20 y 23, que El Norte de Castilla consideraba el más imponente del país. Junto a las ganaderías de Vicente Martínez, Santa Coloma, Parladé y Saltillo, destacaron los diestros Rodolfo Gaona, José Gómez ‘Gallito’, Juan Belmonte, Félix Merino y Luis Frey. La crítica fue elogiosa, la reventa de entradas resultó «escandalosamente lucrativa» y el único reproche que hizo este periódico fue que se cobrara las entradas de sol como si fueran de sombra.

Fuegos y tragedia

Hubo fuegos artificiales en la Plaza Mayor y en el Campo Grande hasta el último espectáculo, el día 26, consistente en unos «fuegos artificiales japoneses» que pusieron el broche final a las fiestas, la «Ferial de Ganados» del Paseo Bajo de las Moreras se saldó con importantes transacciones y tampoco faltó el órgano oficial de la feria, ‘El Pardillo’, de 32 páginas, con publicidad de comerciantes e información relativa a los festejos. Salvo la lluvia del día 25, que deslució el Concurso Hípico, el tiempo acompañó a los miles de «foráneos» que llegaron a Valladolid, atraídos sobre todo por las corridas de toros.

El resultado estaba siendo «magnífico», a decir de El Norte de Castilla, cuando en la madrugada del día 23 saltó la triste noticia: un espantoso choque de trenes entre Matapozuelos y Pozaldez sembró de espanto la provincia dejando 14 muertos y 35 heridos. El encontronazo, terrible, entre el tren correo ascendente número 26 que hacía el trayecto Irún-Madrid y el número 84 que había salido de Santander hacia el mismo destino ocurrió en la subida de la cuesta del sitio llamado de los Valles, poco antes de llegar a la estación de Pozaldez. Fue allí donde el tren 84, obligado a parar por falta de presión, terminó brutalmente embestido por el 26, que circulaba a gran velocidad para compensar su retraso. El ambiente, descrito por el periódico, era desolador, con cadáveres mutilados entre las astillas de los vagones y un amasijo de hierros indescriptible.

Al mal estado de las máquinas, la deficiente calidad de los carbones y la aglomeración de mercancías, principales responsables de las paradas y retrasos, se vino a sumar el despiste de un empleado de la estación de Matapozuelos, que dio salida al tren procedente de Irún sin acordarse de preguntar a Pozaldez si había llegado el 84 de Santander. Cuando se dio cuenta ya era demasiado tarde. Un testigo de los acontecimientos relataba así lo vivido a El Norte de Castilla:

«El tren 84 salió de Valladolid con notable retraso. Entre Matapozuelos y Pozaldez, dos kilómetros antes de esta estación, el tren se paró. Algunos bajamos a la vía y se nos dijo que la inesperada detención obedecía a la falta de presión de la máquina por la mala calidad de los carbones. La noche era hermosa (…). De pronto, se oyeron voces angustiadas que decían: ‘¡Un tren, viene un tren! ¡Que nos alcanza! ¡Abajo todo el mundo!’ (…) Fue todo en cuestión de unos instantes. El tren correo, que para compensar su retraso llevaba buena marcha, chocó bruscamente con el mixto. El efecto fue terrible. (…) Varios coches quedaron convertidos en un montón de astillas, del que salían desgarradores lamentos». Al día siguiente, 24 de septiembre, en plenas ferias, la ciudad asistió a un imponente funeral para dar sepultura a seis de las catorce víctimas; más de dos mil personas participaron en la «doliente comitiva» que a las siete de la tarde partió de la estación. Entre los fallecidos, El Norte de Castilla destacó la presencia del médico titular Teodoro Díez Sangrador, que hasta el último minuto no dejó de atender a los heridos, la esposa y la sobrina de Mariano Carballedo y la mujer de Venancio Polanco, todos de Medina del Campo. Valladolid se volcó en la suscripción caritativa abierta a favor de Toribia Recio, viuda a causa del accidente, embarazada y madre de cuatro hijos, sin medio alguno para sostenerlos.

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