DESAFÍO INDEPENDENTISTA

Dura represión del separatismo catalán en nombre de la República

Portada de El Norte de Castilla del 10 de octubre de 1934.

La reacción del Gobierno ante la insurrección proclamada por Companys el 6 de octubre de 1934 se cobró 46 muertos y más de 3.000 detenidos. Según El Norte, el movimiento separatista alentó el patriotismo español

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Era también un 6 de octubre, en medio también de un clima social más que tenso y en el marco de una crisis política y económica cada vez más galopante, cuando el presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluís Companys, salió al balcón y proclamó el ‘Estat Catalá’ dentro de la República Federal Española. Pero ese golpe de efecto independentista, ocurrido tal día como hoy de 1934, no terminó bien para sus promotores. En aquella ocasión, la represión del Gobierno republicano, presidido por Alejandro Lerroux, resultó tan rápida y eficaz como contundente: casi medio centenar de muertos, numerosos heridos, miles de detenidos, el Gobierno catalanista encarcelado y el Ejército, con el general Domingo Batet al frente, adueñándose de las calles de Barcelona.

Cualquier comparación con la situación actual sería ciertamente suicida, pero no está de más recordar aquel antecedente histórico del actual desafío independentista. El Norte de Castilla, como otros tantos periódicos del momento, hubo de afrontarlo bajo el yugo de la Ley de Orden Público de 1933, que, entre otras medidas, facultaba al Gobierno para establecer la censura previa. Esta se justificaba por la doble amenaza que entonces se cernía sobre la República: la huelga general revolucionaria, impulsada fundamentalmente por los socialistas, y la proclama independentista del Gobierno de Lluís Companys en Cataluña.

Aducían los impulsores de ambas movilizaciones el previsible giro autoritario que acompañaría a la victoria de las fuerzas de centro-derecha en las elecciones de noviembre de 1933, y, sobre todo, la entrada de tres ministros de la CEDA en el Gobierno el 4 de octubre de 1934. Y es que la Confederación Española de Derechas Autónomas, liderada por José María Gil Robles, no ocultaba su carácter monárquico y sus preferencias por un sistema político de corte corporativista y con ribetes autoritarios, al estilo del ‘Estado Novo’ de Portugal. Este hecho, en un contexto europeo de amenaza antidemocrática, con los casos recientes de Hitler en Alemania y Dollfus en Austria, puso en guardia a una izquierda socialista y republicana cada vez más radicalizada, alarmada por la «traición» que suponía «el hecho monstruoso de entregar el gobierno de la República a sus enemigos».

Lo mismo opinaba el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, militante de Esquerra Republicana, convencido como estaba de que con la CEDA en el ejecutivo, este no tardaría en suspender tanto la Ley de Contratos de Cultivos como el Estatuto de Autonomía aprobado dos años antes. Eran las siete de la tarde del 6 de octubre cuando Companys anunciaba desde el balcón de la Generalitat que su Gobierno rompía toda relación con «las instituciones falseadas», denunciaba el secuestro de la República por las «fuerzas monarquizantes y fascistas» y proclamaba «el Estat Catalá dentro de la República Española». Cuentan que momentos después de su intervención, Companys murmuró: «Ya no dirán que no soy catalanista».

La respuesta del Gobierno de Lerroux no se hizo esperar: envió al general Domingo Batet, catalanista pero leal a la República, a sofocar la insurrección al frente del Ejército formado por no más de 400 hombres. En apenas 10 horas, Batet desbarataba todos los preparativos armados del consejero de Gobernación, el independentista Josep Dencàs, y de Miquel Badia, jefe de los servicios de orden público, que trató de dirigir a algunos francotiradores desde las terrazas. A las seis de la mañana del 7 de octubre, Companys anunciaba por radio su capitulación y se rendía al comandante del Ejército, que se había personado en el Palacio de la Generalitat para arrestarle, a él y a todo su Gobierno. La represión del movimiento se cobró 46 muertos (8 soldados y 38 civiles), 117 heridos y más de 3.000 presos, incluyendo al Gobierno catalán en pleno. El Estatuto de Autonomía fue suspendido y la Generalitat reemplazada por un capitán general, el coronel Francisco Jiménez Arenas. Una vez juzgados por el Tribunal de Garantías Constitucionales, Companys y su Gobierno fueron condenados a 30 años de prisión; el movimiento insurreccional fracasó por la falta de previsión y por la infravaloración que hicieron sus líderes de la reacción del Gobierno central.

Elogios al Gobierno

El Norte de Castilla, que regresó a la calle el día 10 –después de 72 horas de censura–, celebró la contundencia del ejecutivo central con un titular más que expresivo: «El Gobierno español, recientemente constituido bajo la presidencia del ilustre español D. Alejandro Lerroux, aplasta el movimiento revolucionario y separatista. Autoridad, serenidad y energía». Su argumentación editorial, encabezada por un explícito «¡Arriba, España!», tachaba la proclamación de Companys de alta traición a la República y a la integridad de la patria, reclamaba una reacción «proporcionada a la ofensa», elogiaba la «muestra de autoridad serena y de fuerza bien medida» del Gobierno, «sin apelar a crueldades y sin otra asistencia moral que la de la razón y la justicia», y ensalzaba a las fuerzas de orden público, «Ejército, Guardia Civil, Carabineros, Asalto, Seguridad y Policía», por haber «respondido a sus deberes derrochando fidelidad y heroísmo».

La crónica enviada desde la capital de España por Mariano Martín Fernández incidía en el «entusiasmo desbordado en las calles» por la derrota de la insurrección, lo cual, unido a la alegría que demostraba la mayor parte del pueblo catalán, vendría a corroborar que «Cataluña no es enemiga de España, como intentaban hacer creer las constantes declaraciones separatistas de los hombres afectos a la Generalidad catalana. Por el contrario, desde el fracaso de la revolución, de la cual era número preferente la actitud de Companys excitando a la lucha a los catalanes contra España, menudean en Barcelona y en otras ciudades catalanas las demostraciones en favor de la unidad nacional, con vítores a España y a su Ejército».

En el Parlamento, el propio Lerroux prometió que cumpliría su deber manteniendo «la unidad de la Patria y el orden social amenazado, respetando las libertades de las leyes concedidas a Cataluña» pero exigiendo a esta «cumplir la Constitución española», al tiempo que Santiago Alba, presidente de las Cortes y propietario de El Norte, ensalzaba la unidad republicana con estas palabras: «Es admirable este espectáculo en nombre de diferentes regiones españolas, de sentimientos y de ideas contrapuestos, que en un instante se funden en el amor a la Patria y en la defensa de una civilización. El Parlamento es la garantía, es el valladar contra la violencia. Debemos estar todos unidos en defensa de la libertad y la República».

Al día siguiente, este periódico felicitaba irónicamente a los separatistas catalanes por haber excitado, sin quererlo, el patriotismo español: «España está dando muestras en estos momentos de un imprevisto resurgir. Providencialmente ha revivido una fibra que creíamos muerta: la del patriotismo. La Esquerra catalana ha hecho en unas cuantas horas la campaña españolista más eficaz que pudiéramos soñar».

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