El convento riosecano de las clarisas cerrará el día 7 tras cinco siglos de historia

Sor Aurora, sor Isabel y sor María Concepción observan el patio del convento. / Henar Sastre

Las tres hermanas recogen estos días sus pertenencias para trasladarse al monasterio de Santa Isabel una vez que el cardenal arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, las despida el día 6 con una misa

Lorena Sancho Yuste
LORENA SANCHO YUSTE

Hay en el torno de las clarisas una nota escrita a mano y dirigida a uno de los panaderos que cada día despacha a los municipios de alrededor. ‘Hoy no queremos pan. Gracias’, reza el papel. Cada dos días, sor María Concepción coloca la nota en la antesala al ‘Ave María Purísima’. Un día adquieren la barra de riche y otro apuran la pieza del día anterior. «Somos tres hermanas y con una barra nos da para dos días», especifica la abadesa.

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La reducción de alimentos es nueva en este convento. Tanto que solo se aplica desde hace un mes, cuando sor Piedad, el pilar de esta comunidad de clarisas, la cuarta pata de esta familia de monjas y, además, la más joven (51 años) falleció víctima de una enfermedad y dejó huérfanas de futuro a las más longevas de este convento con cinco siglos de historia. «Ese día cambió todo», dice entre sollozos la abadesa. En la mochila de ese ‘todo’, sor María Concepción carga los 64 años que ella lleva habitando el convento de Santa Clara; los 51 que comparte sor Aurora y los más de 13 que sor Estrella, enferma, lleva bajo su cuidado. Un ‘todo’, como se refiere la abadesa, que cambió en octubre y terminará el próximo 7 de diciembre, jueves, cuando estas tres religiosas echen definitivamente la llave a la puerta de un convento del siglo XVI y se trasladen para siempre al de Santa Isabel de Valladolid, con una comunidad de clarisas. «Sabemos que allí vamos a estar mejor, que allí vamos a estar más cuidadas por las hermanas jóvenes, pero nos da tanta pena dejar nuestra casa, nuestra ciudad...», se lamenta entre lágrimas sor María Concepción.

El cambio de ese ‘todo’ era la crónica de una muerte anunciada desde que la comunidad se quedara con solo cuatro hermanas, víctimas de la sequía de vocaciones. Desde julio pasado, un grupo de religiosas del convento vallisoletano de Santa Isabel decidió empezar a ayudarlas, con visitas periódicas en las que colaboraban con sus labores, en el pan nuestro de cada día de este convento: los rezos de 6:30 a 10:00 horas, el trabajo en jardines, lavandería y plancha hasta las 13:00 horas, los rezos vespertinos y las labores de la tarde.

La decisión, por votación

Con la muerte de Sor Piedad todo se aceleró, hasta el punto de que unos días después, el 1 de noviembre, las tres hermanas votaron por capítulo conventual que abandonarían el convento y que se trasladarían al de las clarisas de Santa Isabel. «Nos conocemos, nos hemos ayudado mucho desde hace cincuenta o sesenta años, y cuando han quedado desvalidas les ofrecimos nuestra ayuda», se apresura a especificar la abadesa de Santa Isabel, sor Isabel Ferreras, estos días en Rioseco.

La adhesión a la comunidad de Santa Isabel implica además que las pertenencias de las religiosas riosecanas pasen a la comunidad que las acoge. Y aunque en un primer momento fue una de las grandes preocupaciones de los riosecanos, la abadesa de Santa Isabel advierte de que será un proceso meditado y largo. «No se hace una mudanza de un día para otro». Nada del patrimonio de este cenobio entra en el traslado inmediato de las monjas. «Quizás porque confiamos en que alguna comunidad de hermanas jóvenes vengan finalmente a habitarle», dice sor María Concepción.

Ni la biblioteca de la sala capitular con cientos de libros, ni las numerosas tallas que ornamentan largos pasillos, ni cuadros, bancos y aparadores que separan las distanciadas estancias se moverán de momento de aquí. Tampoco muebles de unas celdas con capacidad para acoger a 30 religiosas. Solo bienes personales y objetos como vajillas o utensilios de cocina se apilan en cajas para su traslado el día 7. «Siempre pensamos en morir en Rioseco pero todo cambió hace un mes, y en la vejez nos tenemos que marchar», relata sor María Concepción, con la mirada fija en el jardín en el que ha paseado durante 64 de sus 79 años de vida.

Un carpintero se afanaba ayer por la mañana en colocar cerrojos en las puertas del que desde el día 7 será un deshabitado monasterio. Cajas, botes de conserva, escobas y fregonas ocupan lugar en los pasillos, que aun conservan el calor de las únicas horas de calefacción que se activan al día. «Nos gastamos cerca de un millón de pesetas (6.000 euros) en calentar el edificio», se lamenta la abadesa, prácticamente todo el trabajo de un año. «Y eso es inviable».

Un día antes de marchar, el 6 de diciembre, el cardenal arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez, despedirá a las hermanas. Una misa de agradecimiento, «porque Rioseco siempre estará con nosotras». Y sor María Concepción vuelve a llorar.

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