La capital pierde 32.530 vecinos jóvenes durante los diez años de crisis económica

La caída de la natalidad durante los años 90, la fuga que hace un decenio se vivió hacia los municipios del entorno, el paro y la recesión, la caída de la inmigración y la marcha hacia otras ciudades han provocado que la capital haya perdido 32.530 vecinos entre  los 20 y los 39 años.

Víctor Vela
VÍCTOR VELA

El declive demográfico en el que se ha entrampado la capital vallisoletana –con una pérdida constante de población desde el año 2003, cuando se llegó a los 321.713 vecinos– se ha cebado con los jóvenes, un segmento de población que se ha estrechado de forma alarmante durante los últimos años en Valladolid. La caída de la natalidad durante los años 90 (que generaciones menos numerosas), la fuga que hace un decenio se vivió hacia los municipios del entorno (a la caza de pisos más baratos), el paro y la recesión, la caída de la inmigración y la marcha hacia otras ciudades (cuando no a otros países)en busca de un puesto de trabajo han provocado que, durante estos diez años de crisis, en el periodo que va desde 2007 hasta 2017, la capital haya perdido 32.530 vecinos entre  los 20 y los 39 años. En 2007 eran 94.186 personas entre esos rangos de edad, lo que suponía el 29,75% de la población total de la ciudad. Los últimos datos del padrón (recién actualizados a 1 de julio de 2017) dice que son 61.656 habitantes veinteañeros y treintañeros, el 20,49%. Un descenso brutal (32.530 menos), sobre todo si tenemos en cuenta que este es el tramo de población demográficamente más atractivo, pues es el momento en el que se suelen tener hijos (la edad media a la maternidad es de 32,9 años) y, por lo tanto, garantizar un posible relevo generacional. Es evidente: el peso de los jóvenes en el padrón ha caído. Y se puede intentar explicar el porqué.

Jóvenes

61.656 vecinos tienen entre 20 y 39 años en la capital vallisoletana, cuando en 2007 eran 94.186. Las razones de este descenso son varias.

■ Los nacimientos en los años 70 fueron mucho más numerosos que en los 80 y 90. Así, se da un envejecimiento natural de la población sin que el relevo posterior sea tan numeroso.

■ El flujo migratorio (tanto a otras provincias como al extranjero)ha sido negativo desde 2007. Han salido más personas de las que han venido a Valladolid.

■ Fuga al alfoz. El encarecimiento de la vivienda desde principios del siglo XXI empujó a muchos jóvenes a buscar piso en el alfoz.

La primera razón es la más evidente. Hay muchas personas que han saltado de decenio. Los treintañeros de 2007 son ahora cuarentones. Esos 94.186 vallisoletanos que en 2007 tenían entre 20 y 39 años, ahora deberían situarse entre la horquilla de 30 a 49. ¿Siguen siendo 94.186? Deberían serlo. La respuesta es no: son 82.195. Osea, 11.991 menos.

Por tramos de edad

20,49% de los vecinos de Valladolid tienen entre 20 y 39 años. En 2007, este porcentaje era del 29,75%.

■ Los barrios más jóvenes son aquellos que han ofrecido opciones de vivienda, comoVilla de Prado, Pinar de Jalón o Los Santos Pilarica.

■ Las zonas de la capital con menos residentes veinteañeros y treintañeros se sitúa en los barrios en los que quedaron padres, hoy con más de 65 años, cuyos hijos salieron para buscar hogar. Paseo de Zorrilla bajo (18,9%), Santa Clara (17,4%) o San Juan (17,6%).  

Aquí habría que establecer una primera diferencia, porque no están en el mismo caso alguien que en 2007 tenía 35 años (y que pudo comprar piso en la capital y se quedó aquí a vivir) que alguien que entonces tenía 20 años y para quien acceder a una vivienda (y un puesto de trabajo) se convertía casi en misión imposible. Ese es el sector de población que más ha menguado en este tiempo. Si en 2007 había 44.090 personas entre los 20 y los 29 años; en 2017, los que se encuentran entre los 30 y los 39 años (y que deberían ser los mismos si no hubieran migrado)son 35.406.

Conclusión. Estos diez años de crisis han dejado una capital vallisoletana con menos población... y, además, más envejecida. La ciudad ha caído en algún momento de 2016 de los 300.000 habitantes. La cifra oficial no se conocerá hasta el mes de diciembre, cuando el Instituto Nacional de Estadística (INE) publique los datos definitivos, después de su paso por el Consejo de Ministros. La última referencia ofrecida por el Ayuntamiento corresponde a principios de julio y cifra el padrón de la capital en 300.824. Los registros municipales todavía dicen que hay más de 300.000 vecinos en la ciudad, pero puede tratarse de un espejismo, puesto que el Gobierno suele depurar estos datos a final de año (extrayendo bajas, dobles registros, irregularidades...) y la experiencia de otros años dice que suele haber una diferencia de más de mil inscritos entre los datos provisionales del Consistorio y los que luego hace oficial el Boletín del Estado.

Así que Valladolid ha perdido –en total– casi 16.000 habitantes en estos diez años de crisis (a un ritmo de más de cuatro vecinos al día). Y sí, es una ciudad más envejecida. En 2007, el porcentaje de mayores de 85 años que residían en la capital era del 2,25%. En 2017, del 4%. Hay una buena noticia, al menos, y es que el porcentaje de menores de 10 años se mantiene intacto en el 7,8%, por una ligera recuperación de la natalidad a lo largo de este decenio, ya que comenzaron a tener descendencia los protagonistas del ‘boom’ demográfico de mediados de los años 70. Pero hay muchos menos jóvenes (32.530).

Migraciones

La primera razón ya está dicha: hay un importante número que ha saltado al siguiente tramo de edad (y se sitúa entre los que tienen de 40 a 49 años). Pero hay más. Entre 2008 y 2016 hubo 51.135 personas (en toda la provincia y sin precisar edad) que salieron de Valladolid para vivir en otras provincias. En el sentido contrario, los que vinieron de otros puntos de España a Valladolid fueron 47.125. Así que aquí ya hay un saldo negativo de 4.010 personas.

Desde el extranjero vinieron 18.496 personas (entre 2008 y 2016) y hacia allí se fueron 18.979 . De nuevo, saldo negativo (483 menos). Y aquí la mayoría son jóvenes.

Pero la mayor fuga no se ha producido ni a otras provincias ni a otros países, sino que se ha registrado con destino a los municipios del alfoz, con un crecimiento importante de población (sobre todo entre los 30 y los 45 años) en estos últimos años.

No es fácil afrontar esta crisis demográfica que ha tenido, desde principios del siglo XXI, una causa fundamental: el precio de la vivienda. El ‘boom’ del ladrillo empujó a muchas familias jóvenes a buscar un nido fuera de la capital, donde el acceso a un piso era misión casi imposible. Un informe inmobiliario de marzo de 2004 concluía que comprarse un chalé de 200 metros cuadrados en la provincia costaba lo mismo que un piso de 90 metros cuadrados en la capital. El precio medio de un piso en el centro de la ciudad era de 3.143 euros por metro cuadrado, cuando en Arroyo estaba a 1.706 euros, de La Cistérniga a 1.600, en Laguna a 1.594 y en Zaratán a 1.506.  

Por barrios

Este papel de la vivienda se convierte en fundamental si nos fijamos en cuáles son (con cifras de julio) los barrios con mayor porcentaje de vecinos entre los 20 y los 39 años. Se trata de aquellas zonas que han incrementado el parque residencial durante los últimos años. Así, a la cabeza de todos ellos se encuentran barrios como Argales (29,26%), Pilarica (27,2%), Las Flores (26,9%), Páramo de San Isidro (25,74%), Caamaño-Las Viudas (24,97%)y Girón-Villa del Prado (22,86%), gracias al tirón de promociones y planes parciales como Pinar de Jalón, Zambrana, el entorno del hospital Río Hortega o el propio Villa del Prado.

«Querría asentarme en mi ciudad, pero no a cualquier precio»

Álvaro García Ruiz, trabaja en un medio digital en París.

«En el periodismo lo más lógico es tenerlo más fácil en casa: conoces el entorno y te desenvuelves en tu lengua. Sin embargo, nunca he trabajado allí». Álvaro estudió Periodismo en Valladolid, su ciudad natal, pero sus primeras prácticas ya fueron en Madrid, donde trabajó en distintos medios hasta que llegó a París. «Me llamó conocer otro país, mejorar mi currículum y seguir creciendo profesionalmente. Nunca pensé que acabaría en Francia, pero las circunstancias me trajeron aquí, y la verdad es que no he perdido nada y he ganado mucho». Su caso es paradójico, «me resulta muy extraño que se me valore más en un país donde no hablo la lengua materna que en mi propia ciudad, y más si tenemos en cuenta que mi herramienta de trabajo es el lenguaje». La cuestión de alargar su estancia allí no es fácil, «por un lado, te apetece crecer profesionalmente y, por otro, me gustaría construir mi vida en Valladolid. Pero hay que ser realistas: necesito un trabajo que me permita vivir. No puedo volver a cualquier precio», informa Mara González.

«De Valladolid echo de menos a los amigos y hacer cosas con mi hermano»

Rodrigo Ayuso Veterinario en Orduña (Vizcaya).

Se fue de Valladolid con 18 años a León para estudiar Veterinaria. Al acabar envió su currículum por toda España hasta que le salió una oferta en el País Vasco. «La cosa tiene que cambiar bastante para que pueda volver a Valladolid, no hay trabajo. El gremio de los veterinarios está mal. Lo que más echo de menos es a los amigos y hacer cosas con mi hermano. Me gusta ir con él a todos lados, especialmente al cine; lo tenemos como una pequeña tradición, además de ver al Real Valladolid, soy muy del Pucela».

Rodriguo Ayuso aprovecha para ver a la familia en su pueblo, así que a Valladolid va poco. «La veterinaria es un mundo difícil, las cosas tienen que cambiar. Si se redujese el IVA veterinario la gente acudiría más y poco a poco se irían demandando más veterinarios y por ende, se crearía empleo. Es difícil volver a Valladolid sin posibilidades y en las condiciones actuales», indica a Javier A. Santamaría.

«Dicen que uno nunca es profeta en su tierra, pero con tener un trabajo digno y que sea de lo se ha estudiado es la meta, hoy, inalcanzable, a la que aspiramos los jóvenes. No pido mucho, solo trabajo digno», añade.

«Intento ampliar mis conocimientos para adquirir experiencia»

Luis Garrido, enólogo en California.

«Decidí irme de Valladolid porque me llegó una buena oferta de Estados Unidos. Pensé que sería una muy buena oportunidad para aprender inglés y ampliar horizontes a nivel profesional. Soy enólogo, intento ampliar mis conocimientos para tener más experiencia. Es importante conocer diferentes variedades, regiones vitivinícolas y técnicas de producción». «Con una base amplia seguro que seré un mejor enólogo», seála Luis Garrido, quien asegura que echa de menos a sus amigos, salir con ellos, ver el fútbol y, obviamente, a la familia. «Te puedes adaptar a casi cualquier situación, pero se hace raro estar sin ellos», explica a Javier A. Santamaría.

«Al ser de Valladolid puedo decir que tengo la fortuna de pertenecer a una ciudad importante en el sector vitivinícola. En la provincia tenemos cinco DO y, claro, con esto mi futuro podría estar ligado a mi ciudad. Sin embargo, tendría que contar con una buena oferta de trabajo. Para los jóvenes no es sencillo encontrar empleo estable. Ese es uno de los principales motivos por el que emigramos y, si no puedo vovler, no descarto irme a Nueva Zelanda en un futuro».

«En un futuro no me planteo volver a España»

Diego Alonso Martín, trabaja en Disneyland

Diego se fue de Valladolid hace un par de años y en seguida se adaptó a lo que él mismo define como «modelo de vida europeo». Cuando acabó la carrera de Periodismo –que cursó en la UVA– no vio claro su futuro laboral en España, así que decidió irse a Francia donde vive parte de su familia. Al principio, solo «quería probar nuevas experiencias, ahorrar algo de dinero y aprender un idioma». Sin embargo, parece que la aventura se ha convertido en algo definitivo: «No me planteo volver a España, a no ser que me ofrezcan un trabajo con las mismas condiciones que tengo aquí. Siendo realistas, se hace muy difícil volver sabiendo que en España la mayor parte del empleo es precario», informa Mara González.

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