«El día que aquel camión nos arrolló volví a nacer y ahora veo la vida como un regalo»

Aitor Martínez, ayer a la puerta de los Juzgados/J. Sanz
Aitor Martínez, ayer a la puerta de los Juzgados / J. Sanz

Aitor Martínez, Policía local atropellado en la VA-30 hace dos años

J. Sanz
J. SANZ

La vida de Aitor Martínez, un policía municipal de 45 años, cambió para siempre a las 14:34 horas de aquel 25 de febrero de 2016, una fecha que ahora luce en un colgante, junto a la de su nacimiento (30 de marzo de 1973), para recordar «el día en el que nací y en el que volví a nacer después de ser arrollado en bici junto a mi amigo Jesús (fallecido) por un camión en la ronda». Aquel impacto le dejó gravísimas secuelas físicas de las que poco a poco, y «con muchísimo esfuerzo», ha ido recuperándose después de «siete días en la UCI, un mes ingresado –salió del hospital en silla de ruedas– y dieciocho meses de rehabilitación» que le han permitido volver a andar, volver a coger la bici y volver a su puesto de trabajo este mismo año, aunque «ahora destinado en labores de oficina». De las secuelas psicológicas, lamenta, posiblemente no se recuperará ­nunca.

Pero la vida continúa para este deportista de raza, aficionado a las ultramaratones de ciclismo aficionado, que ayer estaba citado a primera hora de la mañana para enfrentarse a sus fantasmas durante el juicio contra el camionero luso que hace más de dos años sesgó la vida de su amigo Jesús Negro, un vigilante del Clínico de 35 años, y le causó lesiones muy graves al propio Aitor. No pudo ser. Un fallo en el sistema de videoconferencia con el país vecino, donde iba a declarar el transportista, Andrés D. S. C., obligó al juez a suspender la vista y aplazarla a los días 21 y 22 de septiembre, cuando el acusado de un delito de homicidio por imprudencia y otros de lesiones graves tendrá que sentarse físicamente en el banquillo. El fiscal pide para él tres años de cárcel y las dos acusaciones particulares solicitan cuatro y cinco años.

«Creo que fue una distracción, supongo que por mirar el móvil o manipular el GPS, no lo sé, pero el caso es que invadió el arcén de la VA-30 (a trescientos metros de la salida del Camino Viejo de Simancas) y nos llevó por delante», relata el ciclista aficionado, quien reconoce que apenas recuerda nada más allá de que salió «despedido» y de que después vio a su amigo Jesús tendido junto al quitamiedos. Murió en el ­hospital.

«El día que aquel camión nos arrolló volví a nacer y ahora veo la vida de otra forma, creo que cada día es un regalo y que hay que vivirla a tope con tus seres queridos», explica el policía, quien destaca que no solo ha podido volver a trabajar sino que también ha vuelto «a coger la bici, aunque voy por el pinar y no por carretera para evitar que me mate un coche». Ahora colabora con la asociación de víctimas Stop Accidentes y con la DGT: «Voy a los colegios en mi tiempo libre a intentar enseñar seguridad vial a los niños desde cosas tan sencillas como no que no distraigan a sus padres cuando vayan en el coche hasta la importancia de que vayan atentos al cien por cien cuando ellos mismos conduzcan o circulen con sus bicis».

Aitor reconoce que el camionero que aquel 25 de febrero de 2016 cambió su vida para siempre «no quería matarnos, eso lo sé, pero tampoco es de recibo que en este país las penas por las muertes en carretera sean tan leves y resulte tan barato ­matar». El juicio se celebrará en septiembre.

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