El asesino Valentín Tejero se hacía llamar 'Benito' y realizaba chapuzas en Madrid

Valentín Tejero, el día de su detención por la muerte de Olga Sangrador./R. G.
Valentín Tejero, el día de su detención por la muerte de Olga Sangrador. / R. G.

El asesino de Olga Sangrador se presentó como un profesor asturiano en paro para encontrar refugio en una comunidad cristiana desde su salida de la cárcel en 2013

J. Sanz
J. SANZValladolid

Juan Manuel Valentín Tejero, el asesino de Olga Sangrador, que obtuvo la libertad el 27 de noviembre de 2013 y que la perdió el 7 de noviembre de 2017, hace poco más de una semana, consiguió pasar desapercibido durante los cerca de cuatro años que permaneció alojado en un cuartucho de alquiler del populoso barrio madrileño de Delicias y consiguió integrarse «como uno más» en una comunidad cristiana de ayuda a los desfavorecidos. Y lo hizo recurriendo a la mentira. El violador multirreincidente se presentó con una identidad falsa, consiguió trabajar con ellos haciendo chapuzas –pintura, fontanería...– y acudía regularmente a las reuniones de este grupo católico que nunca, hasta el martes de la semana pasada, sospechó «nada de él».

«Nos contó una historia creíble, dijo que se llamaba Benito, que era asturiano, que estaba viudo y que tenía dos hijos –esto último es cierto– y que ahora se encontraba en el paro después de trabajar durante muchos años como profesor de lengua», relatan algunas de las personas que convivieron durante los últimos años con un hombre que califican de «absolutamente normal» e, incluso, como «extremadamente amable, trabajador y voluntarioso».

Juan Manuel Valentín Tejero, a su salida de la cárcel de Herrera de la Mancha en 2013.
Juan Manuel Valentín Tejero, a su salida de la cárcel de Herrera de la Mancha en 2013. / M. C.

Un «fenómeno en el tajo»

Un buen tipo, en definitiva, este Benito. Y eso mismo debió pensar la mujer que acogió en su propio domicilio del barrio madrileño de Delicias, situado en el entorno de las estaciones de autobuses Sur y la de Atocha, en pleno corazón de la capital, a un emigrante ‘asturiano’ al que, incluso, «se le saltaban las lágrimas cuando contaba los golpes que le había dado la vida y cómo había perdido recientemente a su esposa». La casera, que tiene un hijo menor, arrendó una de sus habitaciones a ‘Benito’ por 250 euros mensuales, que el inquilino abonaba regularmente gracias al subsidio que recibía desde su salida de la prisión. Él explicó que recibía la renta básica (400 euros) en su condición de parado con más de 53 años (56 tiene).

Acudía cada semana a la reuniones del grupo y residía en un cuarto de alquiler por 250 euros

Y fue precisamente a través de su casera como llegó a conocer a la comunidad cristiana de amistad, que le acogió en su seno y con la que compartió prácticamente el grueso de su tiempo en libertad durante su estancia en Madrid. «Parecía una buena persona», insisten las fuentes consultadas. Así que estuvo trabajando con ellos, y en eso era «un fenómeno», como «manitas para pintar casas o realizar algunas chapuzas de fontanería». Así conseguía incrementar ligeramente sus exiguos ingresos económicos cada mes. Cobraba en negro, como si se tratara de una suerte de voluntariado social, y por eso su nombre real nunca salió a relucir en documento alguno.

‘Benito’ era disciplinado y acudía regularmente cada semana a las reuniones de la comunidad cristiana que le había acogido y que, en apariencia, podía haber logrado reconducirle hacia la senda de la reinserción social, contraviniendo así todos los informes penitenciarios y psicológicos que advirtieron antes de su regreso a la sociedad en 2013 de que era literalmente «irrecuperable» debido a una pedofilia galopante, unida a un trastorno antisocial de la personalidad (léase psicopatía), que le hace «sentir un impulso sexual irrefrenable ante las niñas pequeñas que desemboca en comportamientos muy violentos».

Reacio a las fotografías

Pero nada de todo esto parecía encajar con el perfil de este profesor asturiano, viudo y ahora en paro. Hasta el martes de la semana pasada. ‘Benito’ ya no contestaba a la llamada y su ausencia preocupó a sus amigos. Así que acudieron a su domicilio y allí la propia casera, que había entablado también una gran amistad con su inquilino, les informó de que le habían detenido y encarcelado. Aún no sabían por qué y por eso al día siguiente, cuando la jueza le había enviado ya a la prisión madrileña de Soto del Real, acudieron con la arrendadora a llevarle algo de ropa. Fue entonces cuando descubrieron que su nombre real era Juan Manuel, y sus apellidos Valentín Tejero. «Un monstruo», en definitiva, según pudieron comprobar después tecleando su verdadera identidad en ‘Google’.

«Hablaba con niñas y nunca dio muestras de nada extraño, ni sospechamos de él»

Así que ‘Benito’, en realidad, eran Juan Manuel Valentín Tejero, de 56 años, condenado a 63 años, 9 meses y un día de prisión por la muerte de la niña de 9 años Olga Sangrador (1992) y por abusar sexualmente de seis menores más entre los años ochenta y noventa. Tampoco era profesor, sino quiosquero –hasta su detención por el crimen de la pequeña de Villalón regentaba un quiosco y unos recreativos en La Victoria–, y por descontado no era asturiano, sino vallisoletano. Y si llegó a Madrid fue para fundirse en la vorágine de una gran ciudad después de cumplir 21 años y cinco meses en prisión por sus graves delitos.

«Nunca dio muestras de nada extraño, estuvo con niñas pequeñas y jamás sospechamos nada raro de él», confiesan sus amigos. Solo ahora, una vez descubierta la identidad real de ‘Benito’, echan la vista atrás y descubren el por qué de comportamientos un tanto extraños, como su llamativa poca disposición a salir en fotografías, o sus críticas a que «no podía acudir al banco a pedir un préstamo porque saltaban las alarmas».

El asesino de Olga Sangrador permanece ahora en prisión acusado de abusar sexualmente de la nieta (menor) de un amigo con el que habría pasado el día de Navidad de 2016.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos