450 años de la muerte del obispo Pedro de la Gasca

Monarquía española del siglo XVI

Panteón del obispo en La Magdalena./J. B.
Panteón del obispo en La Magdalena. / J. B.
JAVIER BURRIEZAValladolid

Nadie que pasee por el barrio del Hospital o de La Magdalena en Valladolid, podrá dejar de contemplar el grandioso escudo que campea en la fachada de esta última iglesia parroquial. Aquella magnificencia se contagia todavía más, al entrar en su interior, admirar su arquitectura –necesitada de mayor presupuesto para su conservación– o su retablo de Esteban Jordán. El visitante se topa con un magnífico sepulcro de un personaje de gran importancia en la Monarquía de España del siglo XVI: el obispo Pedro de la Gasca, fallecido hace ahora 450 años. Teodoro Hampe, uno de sus más importantes estudiosos, lo ha calificado como un modelo de «cortesano-diplomático-clérigo-inquisidor», es decir, un funcionario de la administración de lo político y de lo religioso, en lo civil y sagrado, desde el servicio prestado a la autoridad del emperador Carlos V, aunque nunca de manera gratuita.

El ámbito de actuación de La Gasca no solo se encuentra en Castilla aunque su formación fue castellana, desde su localidad natal –hoy diríamos abulense– de Navarregadilla en donde nació en 1493. Una familia de hidalgos, con buena posición y, sobre todo, con relaciones para que este primogénito fuese promocionado en las mencionadas administraciones. La Castilla de Fernando el Católico –ya viudo y con Cisneros–, de la llegada de su nieto Carlos, de las revueltas de las Comunidades –Gasca se mostró «realista»– y de la plenitud del poder del Emperador, necesitaba hombres de leyes, nacidos de las universidades más que de la nobleza, que pasasen por Alcalá, Salamanca o Valladolid y por sus colegios mayores.

Nuestro personaje estudió en las dos primeras, se mostró partidario de la reforma disciplinaria de la Iglesia en la línea cisneriana, con cierta inspiración en el humanismo erasmista que en Castilla conquistaba terreno. Hombre de estudio y con buenos contactos como los propios de la escuela de Salamanca, con fray Francisco de Vitoria –el padre del derecho internacional–, capaz de formarse en esas disciplinas que posibilitaban gobernar pueblos indígenas de América con la presencia de la autoridad de esta metrópoli, en la construcción de un mundo de «razón y justicia» y con un concepto moderno del Estado capaz de cobijar a los sujetos de la República –y no hablamos de una jefatura política–.

La Gasca puso en marcha lo mucho aprendido. Lo hizo en las distintas administraciones, en la Iglesia de la archidiócesis de Toledo con el cardenal Tavera; en la Corte no lejana de Valladolid con el todopoderoso secretario Francisco de los Cobos; como visitador oficial del reino de Valencia, donde pudo entender la complejidad institucional de esta Monarquía y donde confesó que, no solo trató con gentes y oficios distintos, sino también ‘entró’ en ese mar que no había visto nunca. Mucho mar contempló después hasta llegar al Perú, donde para pacificar la revuelta de Gonzalo Pizarro, vencer militarmente a los rebeldes, administrar la victoria, extender la autoridad del monarca y beneficiarlo con los metales preciosos, no pidió soldados, sueldos o armas sino «un poder general tan pleno y absoluto como el que poseía el Emperador».

Fue, como indica Hampe, un hombre «fino» de gobierno, preocupado por el buen trato a los indios, interpretando las propuestas del dominico fray Bartolomé de Las Casas, el cual se encontraba en la cumbre de su Controversia de Valladolid.

La Gasca fue recompensado con el gobierno de las diócesis de Palencia primero –por tanto de los vallisoletanos cuando no se había creado esta diócesis– y de Sigüenza después. Se debía antes a las cuentas de su gobierno en Indias ante Carlos V y, por eso, viajó a Augsburgo. El Emperador le pidió que le asesorase en los problemas del Imperio en Alemania. Desde su efectividad y formación abandonó aquellos principios reformadores cisnerianos.

Ambicionaba honores y reconocimiento, fundó mayorazgo en su hermano, promocionó a su familia e invirtió en la salvación de su alma, en la obra pía y capellanía que constituyó en Valladolid, en este gran mausoleo que es la parroquia de La Magdalena, donde fue trasladado su cuerpo, tras su muerte en Sigüenza un 10 de noviembre de 1567. Setenta y cuatro años y una notable fama de hombre de Estado presentados ante el Juicio, sin escatimar en méritos.

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