El colegio Jesús y María celebra su aniversario como el más antiguo de Castilla y León

Instantánea de 1883 que muestra el colegio al fondo, la Plaza de Santa Cruz y el Colegio de San José en construcción/
Instantánea de 1883 que muestra el colegio al fondo, la Plaza de Santa Cruz y el Colegio de San José en construcción

Comenzó con tan solo cinco mujeres para enseñar gratuitamente a la clase obrera

Enrique Berzal
ENRIQUE BERZAL

Eran solo cinco mujeres, cinco hermanas carmelitas de la caridad que, fieles a la vocación y al mandato de Joaquina Vedruna, llegaron a Valladolid en 1867 para hacer realidad su íntimo deseo de «remediar las necesidades de todos los pueblos», en especial de las clases más desfavorecidas, a través de una innovadora acción educativa. De eso hace ahora 150 años, los mismos que cumple el Colegio 'Jesús y María', el más antiguo de los colegios religiosos de Valladolid y Castilla y León.

Ubicado desde 1883 en la Plaza de Santa Cruz, el Jesús y María fue durante mucho tiempo conocido como el 'Colegio del Museo' o 'las Carmelitas del Museo', por estar situado junto al Palacio de Santa Cruz, antigua sede del Museo de Escultura. Para conmemorar este siglo y medio de vida, el equipo directivo, encabezado por Domingo Cano Urdiales, ha decidido desplegar un buen número de actividades -conferencias, exposiciones, conciertos, visitas teatralizadas…-, que culminarán el 27 de mayo de 2018 con un acto de clausura en el Teatro Calderón.

La ausencia de religiosas en el centro, que en 2012 estrenó director seglar y desde entonces forma parte de la Fundación Vedruna, no obsta para que siga basando la razón de su existencia y actividad en el carisma inculcado por Santa Joaquina, fundadora, en febrero de 1826, en la localidad barcelonesa de Vic, de la Congregación de Hermanas Carmelitas de la Caridad. Viuda del aristócrata Teodoro Mas y madre de nueve hijos, Joaquina tenía un buen conocimiento de los problemas cotidianos de las familias de su entorno, lo que le permitió desarrollar un modelo educativo basado en la fidelidad a la Iglesia y en «la fuerza irresistible del amor», atento a las necesidades de los más pobres y marginados -también, por supuesto, de la mujer-, dando luz así a un estilo pedagógico de alcance revolucionario.

En efecto, en aquel contexto decimonónico, educar como lo hacían las Carmelitas no dejaba de chocar con el esclerotizado modelo vigente, pues frente a la severidad y el castigo oponían el amor y el cariño; frente al rigorismo de la autoridad, optaban por una relación horizontal y humilde; y frente al memorismo y dogmatismo, se inclinaban por una educación activa y motivadora. A todo ello habría que sumar la insistencia en la formación de las maestras, principio realmente innovador al no existir aún las Escuelas Normales, y una concepción de la enseñanza como proceso que comienza antes incluso de nacer.

Alumnas de Jesús y María en la segunda mitad de los años 30.
Alumnas de Jesús y María en la segunda mitad de los años 30.

Con estas premisas llegaron en julio de 1867 las cinco Hermanas Carmelitas a Valladolid, siguiendo las indicaciones de Paula Delpuig, sucesora de Santa Joaquina al frente de la Congregación. El Norte de Castilla no dejó escapar la noticia, , y el día 6 informaba «hace unos días han sido definitivamente instaladas en esta ciudad (barrio de San Andrés) las Hermanitas terciarias, que han de encargarse de la educación de la juventud de las clases menos acomodadas de nuestra sociedad».

Revolución y traslado

En efecto, meses antes, concretamente a principios de abril de 1867, el arzobispo Ignacio Moreno Maisonave, previamente asesorado por el auditor y asesor de la nunciatura, José María Ferrer, buen conocedor de Paula Delpuig, había solicitado al Ayuntamiento la cesión de un edificio donde las Carmelitas pudieran desarrollar su labor educativa, de forma gratuita, para la clase obrera. Consiguió así el uso de la llamada Casa-Pósito del Barrio de San Andrés, plagado entonces de población trabajadora, concretamente las dos plantas de su lado izquierdo, los patios y corrales, así como el agua necesaria para desarrollar con garantías su actividad. Tras dos meses de obras de rehabilitación, el 5 de julio de 1867 las Carmelitas, lideradas por la superiora Teresa Fabregat, comenzaban a trabajar asistidas en todo momento por Víctor Laza Barrasa, arcediano de la Catedral. Lo cierto es que las nuevas inquilinas de San Andrés no tardaron en ser «queridas y respetadas» y en adquirir «justa fama y generales simpatías» en la ciudad, según le indicaba, por carta, el citado Laza a Paula Delpuig.

Poco después, sin embargo, el afán secularizador de la Gloriosa Revolución las obligó a trasladarse a un convento de clausura (octubre de 1868) para, seguidamente, alquilar un local en la calle del Obispo (hoy Fray Luis de León) donde proseguir su actividad. Aquí permanecieron hasta 1883, cuando, gracias a un generoso donativo de Rosa Cavero y Álvarez de Toledo, condesa viuda de Fuentes, pudieron adquirir el histórico Palacio de los Vitoria, que entonces era propiedad del marqués de Valdegama, por algo más de 38.000 pesetas. El imponente edificio, que había sido fundado junto al Colegio de Santa Cruz por Luis de Vitoria en 1615, precisaba de una importante obra de acomodación.

El edificio en la actualidad, con la pancarta que anuncia su celebración.
El edificio en la actualidad, con la pancarta que anuncia su celebración.

Así hicieron las Hermanas, que ya entonces gozaban de gran prestigio en la ciudad gracias a una acción educadora bien considerada y en franca expansión: ya en 1877, por ejemplo, tenían a su cargo otros dos centros (el Dulce Nombre de María, fundado en 1873 en la calle del Salvador y trasladado al año siguiente al Colegio de Huérfanas Nobles del Barrio de San Ildefonso, y el de Nuestra Señora de la O, en la calle Mantería, desde 1877) y contaban con cerca de mil alumnas.

Para las primeras obras en el Palacio recibieron una importante ayuda del sucesor de Maisonave, el cardenal Benito Sanz y Forés, autor, por cierto, de una conocida biografía sobre Joaquina Vedruna. Además de construir una capilla y de convertir su extensa huerta en patio colegial, levantaron un pabellón complementario, ampliaron el edificio y el colegio incrementó considerablemente su número de alumnos, especialmente de primera enseñanza, donde se admitía a niños y niñas. El Archivo Municipal custodia los sucesivos expedientes de obra y reforma del Colegio hasta su aspecto actual. Por las aulas del Jesús y María han pasado profesores y alumnos de gran renombre en la ciudad, como Calixto Valverde, eminente canonista que llegó a ser rector de la Universidad, el poeta y periodista Francisco Javier Martín Abril, la escritora Rosa Chacel, la actriz Concha Velasco, el arquitecto Juan Agapito y Revilla y los hermanos Segundo, Santiago y Catalina Montes, entre muchos otros.

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