Alianza en Valladolid de las familias con hijos con dislexia

Elena Mesonero, María Blanco y Ana Sobrino, de la asociación Vallalexia. / GABRIEL VILLAMIL

Nace una asociación que reclama la detección precoz y más atención escolar

Víctor Vela
VÍCTOR VELA

«Esto es como la magia», le descubrió María Blanco a su hija cuando con siete años le dijo que no le gustaba leer, que no le divertía, que no lo entendía, que aquello era aburrido: solo repetir sonidos sin más. Yentonces su madre, psicóloga de profesión, le contó un secreto. «Leer es como la magia», le dijo. «No basta con repetir los sonidos, sino que hay que investigar la idea que encierran las palabras y lo que estas quieren decir». «Es así –cuenta hoy María– como mi hija aprendió que lo más importante de leer es comprender».

La hija de María es hoy adolescente, está en el instituto y tiene un diagnóstico de dislexia, la dificultad de aprendizaje más común, aquella que afecta a las capacidad de lectura y escritura y que, según las estadísticas, está presente entre el 8% y el 15% de la población, según las más comunes investigaciones. La cifra suele ser más elevada en países anglosajones. Tal vez el porcentaje se sitúe en el escalón inferior en España; pero, en todo caso, la estadística dice que, al menos, en todas las clases, de acuerdo con esta prevalencia, hay un niño con dislexia. Un caso en cada aula.

«El problema es que hay mucho desconocimiento sobre esta dificultad, demasiados falsos mitos y los profesores y la sociedad no siempre saben cómo atender a los niños con dislexia». Habla Ana Sobrino, presidenta de Vallalexia, una asociación que reúne a familiares de niños con esta dificultad y que acaba de echar a andar en Valladolid. De momento agrupa a una quincena de socios. Sus objetivos son alcanzar los setenta antes de que termine el año y avanzar en la intervención en el aula, para que los docentes y las autoridades educativas contribuyan en sus clases a crear ambientes propicios para el pleno desarrollo de estos niños.

La asociación celebró hace unos días las primeras jornadas en la provincia, con ponentes y especialistas en dislexia. Este mes convocaron un encuentro en el centro cívico José Luis Mosquera. Son los primeros pasos para «tejer redes de trabajo con especialistas, para informar a las familias y a la sociedad», explican.

Elena Mesonero, logopeda, fue una de las ponentes en esta jornada de mayo. Recuerda que la dislexia entra dentro de las dificultades de aprendizaje («tal vez sea la más común»), que tiene origen neurológico y que es persistente en el tiempo. Por lo tanto, es importante la intervención y el seguimiento, aunque perdurará a lo largo de la vida escolar (y laboral) de la persona con dislexia. Beneficia, por ejemplo, la intervención sostenida en el tiempo de un logopeda.

Por eso, entienden, es vital que sus necesidades especiales se aborden también desde los centros educativos. «La persona con dislexia no puede leer las palabras con un solo golpe de vista, sino que muchas veces se enfrentan a la lectura como si tuvieran que descifrar un jeroglífico. Eso les genera un esfuerzo enorme que les agota, que les hace ir más lentos en clase y afecta a su rendimiento en otros aspectos», asegura Sobrino. «En su caso, la lectura no está mecanizada, no se genera una rápida identificación en el cerebro, lo que interfiere en la comprensión», completa el argumento María Blanco.

Las dificultades de lectura no siempre son dislexia, por eso entienden desde la asociación recién constituida que debería reforzarse el papel (y el número)de orientadores escolares en los colegios, para poder afrontar con celeridad estos casos, que, en ocasiones, pueden terminar afectando a la autoestima de los chavales, que se sienten «inseguros» a la hora de leer en alto en clase o que alimentan una aversión cuando tienen que enfrentarse a un texto. «Ellos mismos se buscan estrategias para disimular, para buscarse la vida. Por ejemplo, si están leyendo por turnos y él sabe qué párrafo le va a tocar, lo preparará o incluso memorizará para leerlo de un tirón», explica Sobrino, quien resalta que el mayor error en estos casos, es decir aquello de: «Si quieres, puedes».

Ella tienen un hijo con dislexia. Diez años. En quinto de Primaria. «Si echo la vista atrás tal vez ya vi algunos signos cuando el niño tenía cuatro años, pero no fue hasta que estuvo en Primaria cuando empezamos a darnos cuenta. En primero le costaba hacer resúmenes de los libros que leía. En segundo ya me dijeron que tenía que hacer ejercicios de lectura durante el verano», resume. Dicen que un aviso puede llevar en el cambio de Infantil («cuando los niños iban encantados al colegio»)a Primaria («cuando empiezan a decir que no les gusta la escuela»).

Por eso, entienden, la necesidad de un rápido diagnóstico, sobre todo, en un sistema educativo que, recuerdan, está construido sobre la base de la lectura y la escritura. «Hay que empezar a pensar en nuevas fórmulas de enseñanza y de aprendizaje», aseguran desde la asociación, que ya ha mantenido encuentros con representantes de los Centros de Formación del Profesorado e Innovación Educativa(CFIE) para que se ofrezcan pauta específicas si existe suficiente demanda de formación por parte de los profesores.

«Los padres damos mucha importancia a lo evidente:si puede ver, si puede oír, si come, si anda bien... pero no siempre nos preocupamos de otra situaciones, como si tiene dificultades para leer o escribir.Yen algo tan básico y prevalente como esto, habría que tenerlo en cuenta», asegura Sobrino. Por eso, defienden que Castilla y León se adhiera a la iniciativa promovida en el País Vasco, donde existe un protocolo de detección precoz por parte de los pediatras en la revisión de los 4 años.

«Además es muy importante trabajar con la motivación de estos niños. A veces se dice que no les interesa nada... pero no es cierto, hay que buscar una motivación extra para que acudan a clase con interés», explica Blanco, quien asegura que es importante no penalizar las equivocaciones, por ejemplo, a la hora de leer. «¿Quién no se ha caído cuando estaba aprendiendo a andar? Si al niño le hubiéramos reñido cada vez que se caía, seguramente nunca habría conseguido mantenerse en pie», agrega la psicóloga.

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