Dos expertos en bodegas subterráneas catalogan las de Rueda

José Manuel Rodríguez y Pablo Sánchez, durante una de las visitas a las bodegas subterráneas / Rodrigo Ucero

Se reúnen dos días a la semana para realizar estudios históricos, artísticos, antropológicos y técnicos

Laura Negro
LAURA NEGROValladolid

La provincia de Valladolid atesora un importantísimo patrimonio arquitectónico. Nuestro paisaje está jalonado de soberbios castillos, sobrios edificios civiles y una gran colección de templos y ermitas. Son reliquias que denotan un importante pasado histórico y connotan riqueza y esplendor de otros tiempos. Pero en la provincia hay también otros grandes tesoros arquitectónicos que permanecen ocultos ante nuestros ojos. Hablamos de las bodegas subterráneas, joyas de nuestro patrimonio, las cuales, muchas de ellas, permanecen en el más triste de los olvidos. Kilómetros y kilómetros de túneles discurren bajo nuestro suelo. Son obras de ingeniería construidas con rudimentarias técnicas de antaño, algunas de las cuales, El Norte ha visitado en compañía de Pablo Sánchez Gatón y José Manuel Rodríguez Rodríguez, dos amantes de estos grandes tesoros soterrados.

Estos dos amigos se conocieron el pasado año y pronto se dieron cuenta de que les unía una gran pasión por las bodegas subterráneas. Pablo, que es natural de Rueda, es ingeniero en Diseño Industrial y recientemente ha creado Irzón, un escáner que permite recrear tridimensionalmente todo tipo de entornos reales bajo tierra. Por su parte, José Manuel, es de Nava del Rey y es historiador del arte y doctor en antropología de Iberoamérica. Desde hace cuatro meses, dos días por semana los dedican a realizar un estudio histórico, artístico, antropológico y técnico de las bodegas tradicionales en la Denominación de Origen Rueda. Ya han recorrido más de 100 y cada día se siguen sorprendiendo con lo que van encontrando. «El número de bodegas en Castilla y León es incalculable, por ello, nos hemos centrado en la D.O Rueda, que es la que mejor conocemos», explica Rodríguez. «Cada localidad que visitamos es un descubrimiento. La mayoría están en desuso o abandonadas y, cuando entramos en ellas, tenemos la sensación de pisar lugares en los que hace decenios que no entra nadie. La catalogación que estamos realizando está siendo muy enriquecedora para nosotros y esperamos que sea un documento de investigación y consulta. Éste es un patrimonio muy desconocido y que está abandonado y que corre el riesgo de perderse para siempre», añade.

En algunos casos, buscar la entrada de la bodega, se convierte en una tarea dificultosa. Dada la oscuridad que reina en estos lugares, Pablo y José Manuel van provistos de potentes equipos de iluminación para facilitar el recorrido del subterráneo y descubrir el estado de conservación. Esta es una afición que no está exenta de peligros. «Hemos entrado en bodegas con accesos muy complicados y con peligro de desprendimiento. Hacemos una visión general del conjunto, realizamos mediciones, tomamos fotografías de la bodega, de los depósitos, materiales de construcción y hacemos la planimetría para representar sobre papel lo que hay bajo tierra», explica Pablo.

La oscuridad es protagonista en las grandes superficies de estas bodegas subterráneas / Rodrigo Ucero

La primera bodega que visitamos con Pablo y José Manuel data del siglo XVII y está situada en el casco urbano de Foncastín, bajo un antiguo caserío ya desaparecido que fue propiedad del Marqués de las Conquistas. Ocupa cerca de 600 metros cuadrados, y tiene 100 metros lineales de cañón. Su entramado antiguamente albergaba más de cincuenta cubas que descansaban en otros tantos pohínos de gran envergadura, todos excavados en la roca. Se trataba de una bodega destinada a la producción industrial de vino para exportar, de la que existe documentación fechada en el siglo XVIII. Una verdadera joya, según estos investigadores y que está en perfecto estado de conservación. «Es la bodega más alta que hemos encontrado hasta el momento. En algunas zonas, sus cañones llegan a los 6 metros de altura, que es el doble de lo normal», indican.

Reconstrucción de los investigadores

«Nuestra hipótesis es que aquí guardaban los tinos en posición vertical. En esta bodega se aprecia muy bien el proceso constructivo que se seguía antaño, de hecho, hay zonas que están a medio construir, seguramente porque la producción de vino descendió por la llegada de la filoxera o por el avance de las explotaciones cerealistas. Esta bodega pertenece a la junta de parceleros de Foncastín y está en venta. No existe nada parecido en el mercado y tiene una gran potencial», expone Juan Manuel. Sobre la superficie se encuentra el antiguo lagar, un espacio muy amplio que más tarde fue reconvertido en majada para las ovejas. Durante la inspección, estos dos investigadores descubren un segundo caño que les hace concluir que realmente en aquel espacio antiguamente había dos lagares con dos canalizaciones sobre la piedra. La mayoría de los lagares han desaparecido, ya que al estar en la superficie, con la mecanización del campo, solían ser reconvertidos en naves para albergar maquinaria. «En Nava del Rey hay 421 bodegas, pero tan sólo se conservan en pie 3 lagares. En Rueda, en cambio, hay 250 bodegas de las cuales sólo 2 conservan su lagar», informan.

La segunda bodega que visitamos se encuentra bajo un caserío abandonado en el Valle de Trabancos. Se trata de una cueva cuya entrada está oculta entre la maleza y que da paso a una impresionante galería. Es emocionante vivir con estos dos expertos la experiencia de descubrir un lugar que durante tantos años ha permanecido oculto. Es un peculiar ejemplo constructivo, del que prefieren no difundir su ubicación exacta. «Tiene un vano de 8 por 8 metros cuadrados, algo impresionante para la época», informan.

Estas construcciones bajo tierra eran el principal sustento para muchas localidades y el lugar de almacenamiento de su producto más importante, el vino. Sin embargo, según estos dos expertos, no han recibido el reconocimiento arquitectónico que se merecen. «El mayor patrimonio de Castilla y León lo constituyen sus bodegas, y lo lamentable es que ni siquiera estén catalogadas ni reconocidas como patrimonio».

Conservación por parte de las instituciones

Los investigadores indican que su objetivo con este estudio es «buscar la implicación de la administración y de los ayuntamientos de estas localidades, para que en sus proyectos urbanísticos promuevan la conservación de estas construcciones». Además añaden que «esto no es sólo vital desde el punto de vista histórico, turístico o patrimonial, sino también desde el punto de vista técnico para la gestión del tráfico rodado o para el diseño de la red de saneamiento», exponen.

La última parada de esta emocionante jornada con los investigadores la hacemos en la localidad de Pollos, donde hay numerosas cuevas excavadas en la roca, que en su día estuvieron destinadas a la elaboración y conservación del vino.

Actualmente la mayor parte de ellas se han convertido en excepcionales lugares de reunión para cuadrillas de amigos, como la que nos muestran con orgullo Guillermo, Ignacio y César. Decoradas a capricho, estas profundas cuevas sirven para juntarse a diario y disfrutar de forma tranquila del caldo que cada uno elabora particularmente. “Lo hacemos de forma artesanal. Aquí elaboramos el auténtico albillo sin conservantes. Hacemos 32 cántaros cada uno para consumo propio y para las amistades que nos visitan”, explican entre brindis y brindis.

“Estas obras constructivas, son auténticas catedrales bajo tierra. Solemos dar prioridad a la arquitectura de la superficie, que es la que vemos, mientras que la subterránea pasa totalmente desapercibida. Aquí es donde está la verdadera esencia de la cultura del vino y la identidad de nuestra comarca. En muchos pueblos hay más construcción bajo tierra que en la superficie, pero como no lo vemos, no lo valoramos”, concluyen estos amantes de los tesoros arquitectónicos subterráneos.

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