Don Santiago, el cura que desde Tudela de Duero llevó su misión a Brasil

Santiago Milán en Brasil
Santiago Milán en Brasil / EL NORTE
  • El sacerdote Milán, nacido en Torrecilla de la Abadesa, ha acompañado durante 44 años las reivindaciones económicas y sociales de comunidades campesinas

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«Yo podría ser ahora un respetado agricultor jubilado», cuenta Santiago Milán (Torrecilla de la Abadesa, 1940) desde el otro lado del océano, desde esa comunidad en el noreste brasileño en la que ha plantado nuevas simientes. Porque hay lazos invisibles que suturan toda una vida. Santiago no siguió el futuro que su padre quería para el mayor de sus tres hijos: el campo, las cosechas, una existencia sencilla en el pueblo. Pero algo de aquello ha quedado en su labor. Desde aquel rincón del planeta, demuestra a diario que por sus venas «corre sangre con olor a tomillo y retama». Por eso, dice, de aquella infancia de adobe y arados ha heredado «una deuda con las realidades rurales». Por eso, una de sus preocupaciones ha sido siempre «intentar liderar las reivindicaciones relacionadas con los derechos del campesino».

Esas son las huellas que ahora dejan los pasos brasileños de este camino de Santiago, ruta que emprendió en su localidad natal, cuando «un cura joven llegó a Torrecilla, allá por los años 50, para abrir puertas, senderos y horizontes». Con trece años recién cumplidos, el 16 de septiembre de 1953, su abuelo materno le acompañó hasta las puertas del seminario diocesano. «Nuestra sociedad castellana, en aquellos años, era rehén de un nacionalcatolicismo de muy bajos vuelos». Eran tiempos, recuerda, «de silencios obligados junto con las censuras de nuestra posguerra». La etapa del seminario concluyó y Santiago se posó en Tudela de Duero. «¡Qué felices fueron aquellos cinco años!», recuerda hoy desde Brasil, cuando rememora aquellos tiempos de lateral derecho «en un equipo de fútbol federado en no sé qué categoría». Su implicación con la vida social de Tudela llegó hasta las fiestas («con los monaguillos y algún otro simpatizante fundamos la peña ‘Los pillos’») y la cultura local, con la revista ‘Calle mayor’.

Pero «el perfil misionero» reclamaba su atención. Llenó su maleta con ilusión, fe y «lo imprescindible». A saber, la Biblia, las obras completas de Tagore, algunos libros de teología pastoral, una radio de pilas, algo de ropa... Y así, el 16 de febrero de 1973, llegó a Brasil. Junto a Jesús Villacé (hoy en Laguna) aceptó el reto de trabajar en las periferias de Jeriqué, un núcleo en expansión que asumía la llegada de migrantes que huían de zonas rurales abandonadas. «Hubo que lanzarse a la piscina sin pensarlo». Y con aguas turbulentas, en un país estrangulado por una dictadura militar «que se resistía a abrir las puertas a la democracia».

«Las sinrazones del sistema»

Recuerda Santiago cómo la Iglesia lo intentó girando varios picaportes. Por eso, para «enfrentarse a las sinrazones del maldito sistema», apadrinó grupos de reflexión política, comunidades eclesiales de base, animadores laicos, cuadrillas de voluntarios para construir salones, capillas, centros comunitarios, guarderías, pequeños puestos de salud, casas para los sin techo. Todo ello, con una idea clave:«Las mudanzas de arriba para abajo no ofrecen muchas garantías. Sin el aporte de la base de la pirámide social, los avances no se sustentan», asegura. Y eso se hace más palpable en comunidades como las que él ha atendido, donde «las condiciones de supervivencia no son las más idóneas para una vida digna». Las calles sin desagües, las casas sin agua, los puestos de salud sin salud.

«Como agua parada produce bichos, había que moverse». Y ese movimiento se comenzó a concretar con «un carro tirado por un borriquillo, un pequeño aparato de sonido y una multitud de gente del barrio que se dirigía entonando canciones reivindicativas al salón de plenos de los concejales para exigirles que mejoraran las condiciones de vida de los habitantes». Había que espolear la conciencia social de que era posible una vida mejor.

Después de 14 años, giró su mirada hacia nuevos territorios necesitados y halló destino en el noreste profundo del país, en un territorio «cargado de historia, pero sin agentes que la ayudasen a interpretar». Llegó a Nuevo Canudos el 19 de marzo de 1987 con un primer reto claro: «Ayudar a recuperar la autoestima de un pueblo» que había sufrido mucho por los enfrentamientos entre las élites militares, políticas y religiosas». ¿Cómo recuperar esa autoestima? «Con grupos de jóvenes y de liturgia, catequistas, de alfabetización de adultos, asociaciones de vecinos y de mujeres, sindicatos de trabajadores rurales, colonias de pescadores, colectivos de pequeños propietarios de tierra y de criadores de cabras y ovejas». Otorgar autonomía a los ciudadanos para incrementar sus derechos y mejorar sus condiciones vitales.

Vuelta temporal a Valladolid

La vida le llevó a formar en Paolo Afonso a los nuevos aspirantes al sacerdocio, a crear grupos de jóvenes laicos cristianos encargados de «asesorar en los conflictos sociales, laborales relacionados con la propiedad de la tierra», a regresar por un tiempo a Valladolid para acompañar a sus padres y a los fieles de Barrio España-San Pedro Regalado y Boecillo.

A su regreso a Brasil, desembarcó en la diócesis de Juazeiro da Bahía para «atender una zona rural muy extensa con núcleos muy dispersos, en la parroquia de Curaçá». Carreteras no asfaltadas. Una economía centrada en la ganadería ovina y caprina. En una zona semiárida. «Muchas veces, los campesinos se conformaban con algunas lluvias para que la tierra produjera el pasto suficiente». Con eso les bastaba. Con eso y, sobre todo, con la paz. Algo no siempre sencillo de conseguir. «En la zona situada en la margen derecha del río San Francisco, la violencia todavía es muy grande. Hay varios cultivos de macoña, una droga que engancha a los jóvenes. La policía combate estos cultivos, pero sus intervenciones son pobres en resultados, porque no consigue llevar a la cárcel a los responsables de las plantaciones y el comercio de la droga. Esta violencia provoca agresiones y muertes».

Dice que ahora, a sus 76 años, en la sede de la diócesis de Juazieto de Bahía, está «preparando el relevo». «Estoy dispuesto a entregar el testigo». Pero antes de hacerlo, todavía tiene ganas y fuerzas para seguir trabajando. Porque aún hay mucho camino. «En estos barrios no hay alcantarillado, la higiene es muy precaria. Por eso hay que seguir trabajando».